AMOR NO HAY MÁS QUE UNO

Por Juan Muñoz Flórez

Allí estaban los dos, muertos. Dejó caer distraídamente el cuchillo de cocina en el suelo y se apretó el antebrazo con la mano izquierda. Le dolía horrores. ¿Cuánto rato había pasado desde la primera cuchillada hasta ahora? ¿Cinco, diez minutos? No lo sabía. Había sangre por todas partes y el brazo derecho lo tenía completamente entumecido, así que no debía de haber sido cosa de un momento. Es normal, pensó, se  lo merecían. Sobre todo ella.

Se sentó en el sofá. Poco a poco, el cansancio fue remitiendo, los pulmones se llenaban de aire, el pulso volvía a su ritmo de siempre. Tampoco la muñeca derecha le ardía ya como antes. Apartó la mirada de los cadáveres. Estaban uno encima del otro como muñecos de trapo despanzurrados y abandonados sin remedio. En especial trataba de evitar los ojos aún abiertos de ella. Parecían observarlo atentamente, y su brazo, extendido en posición de súplica o de auxilio, ese brazo que tantas veces él había besado con extrema ternura, le perturbaba sobremanera. En el fondo sentía pena. Por ella y por sí mismo. La había querido muchísimo. Tanto como para odiarla con toda su alma.

Y para su desgracia siempre la querría. Mi único y gran amor, se dijo. Tiempo atrás había albergado la esperanza de poder superarlo, pero ahora, ahora que ella ya no podía hacerle más daño, ahora que ella era todo pureza, que la muerte la había redimido, comprendía que la fuerza de aquel sentimiento jamás se desvanecería. Se levantó del sofá. Lágrimas del tamaño de granos de arroz rodaban por sus mejillas mientras se acercaba a ella. Se sentó a horcajadas en el suelo y cogió la mano que ella le ofrecía. Aún estaba blanda y caliente. En un rapto de violenta cólera, empujó al otro hombre, que, tendido encima de ella, daba la impresión de haber muerto en un último y patético intento por acapararla. Dios mío, que dejaras de amarme, de adorarme, por esta basura… Se enjugó las lágrimas y le besó la mano con desesperación. Descubrió que llevaba las uñas pintadas de rojo y la apartó de sí repugnado. A él nunca le gustó que se las pintara. Y menos de rojo.

No tardó en volver a sentarse junto a ella. Luego se tumbó a su lado. Pronto estuvo tan lleno de sangre como los dos muertos. Recordó una anécdota acerca de los espartanos que le habían contado una vez en clase, hacía ya muchos años. El profesor les aseguró que los espartanos iban a la batalla embadurnados en pintura roja para no desfallecer ante la visión de sus propias heridas. Desde entonces había pensado muchas veces en ello. Le resultaba impresionante la escena, llena de grandeza y hombría. Sin embargo ahora era completamente distinto; lloraba abrazado a ella y se sentía miserable y débil. La sangre le era del todo indiferente.

Sólo la visión del otro le devolvía parte del vigor y la energía derrochados en la matanza. No quedaba de él más que un enorme colgajo de carne abierta en canal, pero aun así podía apreciarse la expresión estúpida y animal de su rostro, la tosquedad de su cuerpo, los miembros tostados por el sol. Un deportista al aire libre, murmuró,  sonriendo para sí. Y de qué te ha valido, ¿eh? Pero no se engañaba; él mismo conocía muy bien la dolorosa respuesta. Poco le faltó para gritar de rabia. No había día que no se la imaginara aprisionada en aquellos brazos, bajo aquellas piernas torneadas por el ejercicio constante, rota entre gemidos de placer entrecortado, culpable. Ella siempre se lo negaba, siempre. Incluso un rato antes, cuando se los encontró desnudos haciendo el amor en el dormitorio, había ocurrido así. Fue ver el cuchillo en su mano, la determinación de su mueca, y ella jurar y perjurar que le quería, que nada había cambiado, que por favor le creyese. Se dobló a punto de vomitar, vencido por el recuerdo tan vívido de su voz. Durante unos instantes, con su mejilla pegada a la de ella, le susurró al oído maldiciones y bendiciones en un incontrolado y confuso torrente de pasión.

De todos modos, indicios ya tenía antes de hoy. Las miradas huidizas, las excusas para salir a cualquier hora, el creciente y evidente desinterés hacia él… Estos últimos meses había comprendido algunas cosas hasta entonces sin sentido. No las que hubiera esperado, sin embargo. Nada le decían las canciones de desamor, ni los poemas de amantes desesperanzados. Nada le aliviaba escuchar experiencias semejantes de boca de amigos o parientes. Él encontró la perfecta expresión de sus pensamientos en algo  tan prosaico como las noticias de sucesos. “Mía o de nadie” resumía a la perfección aquel sentimiento salvaje que le nacía de muy dentro. Se sorprendía de ello, pues siempre se había creído incapaz de violencia alguna. Pero no se culpaba ni se arrepentía de lo que acababa de suceder. Le había dado más de una y de dos oportunidades, había sido paciente. Había tratado incluso de entenderla, de averiguar las causas de aquel abandono, de aquella violación de todas las promesas eternas otrora contraídas. La traición, eso era más de lo que podía soportar. Apretó los dientes con furia hasta  hacerlos rechinar. Por qué, murmuraba enfebrecido, por qué me has obligado a hacer esto…

Se extrañó de la tardanza de la policía. Era imposible que los vecinos no hubiesen oído nada. Quizás estaban demasiado acostumbrados a los gritos de ella y ya no distinguían cuándo iba en serio y cuándo no. Ella no era una persona fácil, él lo sabía mejor que nadie. Incluso dañina, también lo admitía. De hecho, más de una vez había tratado sin éxito de alejarse de ella. Sus amigos le decían que la naturaleza de aquella relación, tan absorbente, no era sana, y él se mostraba de acuerdo con ellos. Pero no funcionaba. Terminaba siempre por volver, en ocasiones derrotado por su propia e insoportable soledad, en ocasiones por los mil y vanos propósitos de enmienda de ella. Por eso mismo había llegado a odiarla tanto, porque tenía la sensación, más bien la certeza,  de  que  cuando  la  mujer  ya  había  logrado  su  objetivo  de  hacerle depender absolutamente de ella, después de muchos años, era cuando se había aburrido de él y lo había reemplazado por otro. Y para mí entonces ya no había escapatoria ni salvación, se dijo. Era ella o la nada. Y había salido la nada.

Tendría que llamar a la policía él mismo. Intuía que si no reaccionaba pronto no lo haría ya nunca y terminarían por pudrirse los tres juntos en aquel horrible salón. Besó los labios de ella por última vez. Mientras lo hacía le susurró que le perdonara, que él ya la había perdonado a ella. Movió la cabeza en dirección al cadáver del otro. Su  presencia se le hacía cada vez más difícil de soportar. No tenía más significado que el  de corromper el cadáver de ella tal y como había corrompido su cuerpo cuando aún vivía. En realidad, comprendió, tenía ganas de volverlo a apuñalar. No lo hizo. Si alguien descubría unas cuchilladas infligidas post-mortem quizá le encerraran para siempre en un psiquiátrico y él no estaba dispuesto a pasar por eso. Homicidio por enajenación mental transitoria. Y en unos pocos años, fuera. Porque no estaba loco. Sólo desesperado.

Con paso vacilante caminó hasta el dormitorio. La cama aún estaba revuelta y  las ropas que no les había dado tiempo a ponerse descansaban desordenadas sobre la silla. No recordaba dónde había dejado su móvil, así que rebuscó en el bolso de ella. Se le ocurrió la mala idea de leer los últimos whatsapps intercambiados con el otro. Todo  el delito estaba allí explicado en detalle. Tuvo la tentación de estampar el móvil contra  la pared, pero logró contenerse. El olor del perfume de ella, aún dueño y señor del cuarto, le sumió en un nuevo y súbito estado de depresión. Jamás podría olvidarla. El recuerdo de su risa, de sus caricias, de sus besos, le asaltaría sin piedad hasta el último día de su vida. Eso le convertiría en el ser más infeliz y oscuro sobre la faz de la tierra. Estaba completamente seguro de ello.

Se echó en la cama bocarriba, con los ojos clavados en el techo blanco. Por un momento perdió la noción del tiempo y el espacio y a punto estuvo de quedarse dormido. Luego marcó el número de emergencias y se llevó el móvil a la oreja. Enseguida desviaron la llamada.

  • Policía, ¿dígame?

Se sorprendió de lo vieja y triste que sonaba su propia voz de  veinteañero cuando por fin contestó:

  • Vengan enseguida, por favor –y cogió aire para decir-: Acabo de matar a mi madre.

FIN

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