ROSAS RODIAS

Por Juan Muñoz Flórez

Me despertó el impacto de las ruedas del avión contra el suelo al aterrizar. En algún lugar al fondo de la nave alguien aplaudió tímidamente la maniobra del piloto. Clapclapclap. Las luces se encendieron. Bajé mi maleta del compartimento para equipajes de mano y encendí el móvil: 3.57 a.m. Varios mensajes de Vodafone.gr invadieron mi teléfono con sus tarifas y sus buenos deseos. Sólo ellas eran de corazón, corazón negro. Los borré todos sin apenas leerlos. Cuando me tocó el turno de comenzar a caminar hacia la salida, miré durante un instante hacia atrás, hacia las últimas filas, con la esperanza de adivinarla entre los pasajeros que aún quedaban en el avión. Pero no la vi.

Me senté en una silla de metal junto a la cinta de equipajes del vuelo Barcelona-Rodas VY1016. Allí volví a releer el mensaje de whatsapp que me había enviado un par de días antes: “si no m reconocs x la foto, seguramnt llevare un vstido azul. Ah! tngo el pelo un poco mas largo ahora! ”. Sonreí estúpidamente al terminar su última frase, en respuesta a la felicidad amarilla y facilona del emoticono. Pulsé en la foto de su perfil y la estudié con la misma devoción con la que llevaba haciéndolo las últimas dos semanas, desde que nos diéramos los números por mail. Se llamaba Lucía. Eché un rápido vistazo a un pequeño grupo de pasajeros españoles entre los que no se encontraba y volví a ocuparme de la foto.

Por más que la mirara y la remirara, aún no había logrado identificar qué era lo que más me atraía de ella. ¿Tal vez la expresión de su rostro, ingenua, despreocupada, aislada, como si en el mundo en el que ella habitaba no hubiera enfermedad, decadencia y muerte? No sé. Pero me gustaba tanto aquella foto en la playa que incluso me entretenía imaginando que era yo quien se la tomaba. Luego ella me besaba, nos besábamos. Se hacía de noche, pero donde nosotros estábamos era siempre de día, una luz lateral que aureolaba sus labios, sus ojos y su pelo y la transformaba en una especie de criatura maravillosa y ambigua, capaz de provocar en quien la contemplaba un respeto sagrado por su cuerpo, casi un escrúpulo religioso, y al mismo tiempo el ansia feroz, pagana, por poseerlo… ¿Es eso posible? ¿Esa doble cara del deseo? Entre mi mirada soñadora y el suelo se interpusieron unos pies. Las uñas pintadas de azul. No tuve que moverme ni un centímetro para comprender que era ella.

– Perdona –dijo, titubeante-, ¿eres Alberto?

Contesté que sí. Me puse de pie con la mayor despreocupación que pude impostar y nos dimos dos besos. Mientras retiraba mi mejilla de la suya, aproveché para observarla de reojo, sin que se diera cuenta. Era mucho mejor aún de lo que me esperaba. Y era mucho mejor aún porque era real. Sencillamente. Su voz penetraba en mis oídos, su olor en mi nariz y su mirada en mis ojos. Di gracias a un dios en el que no creía por ese regalo veraniego y me ofrecí a llevarle las maletas. Aceptó. Me contó que desde su ciudad hasta Madrid había viajado en autobús, de Madrid a Barcelona en AVE, y de Barcelona a Rodas en el mismo avión que yo, un par de filas por delante de las puertas de emergencia. Pero no estaba cansada, ni un poquito. Yo asentía y asentía sin parar, mudo, con la mente empeñada en levantar prematuras fantasías de amor eterno.

Hablaba y hablaba y yo notaba casi asustado cómo el corazón me golpeaba con fuerza en las costillas y cuánto me costaba mantener bajo control la respiración. Traté de calcular los años que hacía que no me sucedía algo así. ¿Diez? ¿Doce? ¿Quince, igual? Qué más daba, me estaba sucediendo ahora, en ese preciso momento. Ella no parecía notar nada extraño en mí y seguía con el relato de su primera y última experiencia con Ryanair. Me fijé en que las aletas de su nariz bailaban bajo sus ojos grandes y redondos a medida que el enfado bullía en ella. Me encantó. Nada extraño. Todo en ella me encantaba: su cara, su cuerpo, su vestido, su voz, su acento… Mi papel era el de porteador de maletas y silencioso interlocutor. No me importaba. Todo estaba bien.

Salimos del minúsculo aeropuerto. El ambiente cargado de sal y humedad se adhirió violentamente a nuestros cuerpos como una costra imposible de arrancar. Comencé a sudar. Quizá de calor. De camino al taxi cambiamos unas pocas palabras acerca del seminario de traducción: de dónde veníamos, cuántos años llevábamos con el griego, cómo nos había dado por ahí… Protocolo. Lucía me contó que había estudiado Traducción e Interpretación en Valencia y que el griego había sido su tercera lengua, tras inglés e italiano.

– No sé por qué, pero desde el principio me atrapó… No sé, las letras, que eran diferentes, el país… Di algo de griego antiguo en el instituto, pero bah, eso no sirve para nada…

Me guardé mi opinión. No concordaba con la suya, pero expresarla me haría quedar como un pedante de mierda (“al menos ya estabas familiarizada con el aoristo” y cosas por el estilo…). Nos metimos en el taxi. Yo me senté delante. Le dimos la dirección al conductor: ΔΙΕΘΝΕΣ ΚΕΝΤΡΟ ΣΥΓΓΡΑΦΕΩΝ ΚΑΙ ΜΕΤΑΦΡΑΣΤΩΝ ΡΟΔΟΥ, en Andipliarju Lascu, una callecita subiendo desde la playa de poniente por Papalucá a mano derecha. Murmuró un equivalente griego de “ajá” y arrancó.

El sonido monocorde del motor, la carretera recta y despejada desde Paradisi hasta Rodas, la noche sin luna, tan negra… todo invitaba a dormitar. Miré hacia atrás y la encontré con los párpados cerrados y la boca entreabierta. Me acomodé en el asiento. Los coches que venían en sentido contrario emergían de la oscuridad semejantes a instantáneos y amenazantes fantasmas de enormes ojos amarillos. Me giré hacia el taxista y le dije:

– Kimízike i kopela…

El hombre dejó escapar una risita sorda y añadió:

– Orea ine…

– Ne, ine.

Clavó sus pupilas en las mías y sonrió de una manera que, por algún motivo, no terminó de gustarme. Pero tenía razón el hombre: Lucía era guapa, muy guapa… Ninguno de los dos volvió a abrir la boca hasta que llegó el momento de apoquinar los veintidós euros de la carrera.

II

Era un edificio de aspecto señorial, de vagas reminiscencias neoclásicas. Dos pisos de fachada roja y ventanales de madera azules. Acurrucado en una penumbra mitad noche mitad higueras, dominaba la costa desde el monte Smith, a unas pocas decenas de metros bajo la acrópolis de la antigua Rodas. Las olas batían al pie de la colina sin descanso ni alegría. Todo estaba impregnado del olor empalagoso de las buganvillas y del maullido hambriento de los escuálidos y roñosos gatos callejeros. La costra de humedad y salitre seguía ahí, dificultándonos cada movimiento. Tiré de nuestras maletas hacia la casa y ella me acompañó como un autómata. Caminaba con la cabeza vencida sobre el pecho, adormilada. Tecleé la contraseña que nos habían mandado al mail y la puerta cedió. En las cerraduras, las llaves de nuestras habitaciones. En nuestras habitaciones, una nota de Andrés, el director del seminario. Que durmiéramos tranquilos, que aún quedaban más asistentes al seminario por llegar y que el curso comenzaría pasado mañana. Ya recuperaríamos el día perdido con un par de sesiones extra el próximo fin de semana.

– Qué majos, ¿no? –dijo Lucía.

Yo contesté que sí, que muy majos. Lástima que aquel día perdido no se fuera al limbo. Nos dimos las buenas noches. Ella ocupaba la habitación 3 y yo la 1, ambas en el piso bajo, frente a la cocina y entre el comedor y la sala donde iba a celebrarse el seminario las próximas dos semanas. Me dio las buenas noches y en sus ojos, en la forma en que los volvió hacia mí, brilló algo mientras me las daba. Lo sé porque no pude sostenerle la mirada. Ni me lo imagino ahora ni me lo imaginaba entonces. Ese algo tenía sustancia, existencia. Un “…ches” por toda respuesta. Me dejé caer en la cama presa del agotamiento y de la emoción. Pasó un rato antes de poder hacerme una idea de la distribución del cuarto. Una cama (¿un catre?), una mesa de estudio con una silla de oficina de respaldo reclinable, una nevera de medio metro y un armario viejo y de dimensiones exageradas para el tamaño del resto de la habitación. Aparte, a la derecha según se entraba, un baño sin cortinas y con la advertencia en la puerta de tirar el papel higiénico usado a la papelera en lugar de por el inodoro. Me miré en el espejo. Un hombre joven, un joven viejo. El sudor corría por todo mi cuerpo con tanta abundancia que por un momento tuve la impresión de estar descongelándome. Me desnudé. A los cinco minutos de acostarme, la cama estaba empapada. Le di la vuelta a la almohada y me puse de lado, pero no funcionó. Intenté lo mismo dos, tres veces más. No quería abrir la ventana. Una noche en Perea, cerca de Salónica, tuve que ponerme yodo en las picaduras de los mosquitos. Qué dolor insoportable. Hubo otra parecida en Egina, un verano parecido. Pero me levanté y abrí de par en par las ventanas, derrotado por el calor y por el sueño que no llegaba. Respiré aliviado cuando descubrí que unas mosquiteras tan rudimentarias como eficaces recubrían toda la superficie del marco. Subí las persianas hasta dejarlas a la mitad de su recorrido. El aire pasaba, los insectos no. Me tumbé de nuevo en la cama y sonreí al percibir la suave caricia de la brisa del mar sobre mis pies. Cerré los ojos. Y nada. Quería dormir, lo quería con todas mis ganas… pero no. Era imposible. Había demasiada luz en la habitación. Demasiada incluso para que mi antebrazo sudoroso colocado de antifaz pudiese funcionar. Miré hacia mi izquierda, hacia la pared que daba al exterior. La callejuela estaba bien iluminada y cualquiera que se parase junto a la ventana podría verme en pelotas tirado encima de la cama a través de la mosquitera. También a Lucía. No supe cómo sentirme. Creo que me entró una mezcla de acojone y repulsión. De cualquier forma no debió durar mucho, porque no tengo más recuerdos de aquella primera noche. Seguramente me quedé dormido enseguida.

III

Me desperté poco después de las nueve, las ocho en España. Si no miro el móvil, las dos de la tarde, tal era la intensidad de la luz que se derramaba por la habitación. Un huevo frito de gigantesca yema, el sol. Los ojos me ardían, los músculos sesteaban, entumecidos, flojos. Poco a poco, los sonidos: el mismo oleaje reventando contra las mismas rocas, los mismos árboles empujándose con furia los unos contra los otros… La visión de un agua de un azul más pálido que el propio cielo removiéndose agitada por el viento. Frente a mí, las montañas turcas delineadas en el horizonte brumoso, encerrando al Egeo en un estrecho canal, al alimón con Rodas. Me quité el sarro de los dientes y las legañas de los ojos. Camiseta, pantalón corto y chanclas de calle. Esperé hasta asegurarme de que no hubiese ruido alguno en el Centro y salí de la habitación. Pongámosle 32 grados y 60% de humedad. Diminutas gotas de sudor brotaban en mi frente y allí se quedaban; de los sobacos bajaban otras.

Caminé entre hoteles baratos y tavernes de clientela y fachada ruinosas hasta que me senté en una cafetería de día -karaoke de noche-, a dos pasos de la playa. El menú en griego, inglés y ruso. El camarero un tío del este que a duras penas comprendía mi griego. Jornadas de doce horas, sueldos de cuatro. Y date con un canto en los dientes. ¿Días libres? Eso qué es.

– Celo… ne… ena Nes me ligo gala, ena tost sambón ke tirí, ke ligo neraki, endaxi?

– Yes, yes. Efjaristó.

Desayuné con parsimonia. Escandinavos, eslavos y anglosajones comenzaban a ocupar las tumbonas y a desplomarse pesadamente sobre ellas, como si nunca en su vida hubieran dormido o como si nunca en su vida hubieran acabado realmente de despertarse. Volví la mirada hacia lo alto de la colina, donde descansaba la casa. Entorné los ojos y pude distinguir con mayor nitidez la fachada, los balcones del primer piso y los ventanales del bajo. Me vino a la mente la idea inquietante de la noche anterior. Me invadió la preocupación. Luego el asco: ¿habría visto a Lucía dormida alguno de aquellos lechones rubios y adiposos que salpicaban la playa como morsas moribundas? Y si la habían visto, ¿qué, exactamente? Dios… No pude resistir la imagen. Dejé el desayuno a medio comer y solté los cuatro euros que costaba sin oír apenas el tosco “thank you” que masculló el camarero.

Regresé a Papalucá. Empecemos de nuevo el día, me dije. Una señora bajaba en mi dirección cargada con bolsas del Carrefour. Me acerqué a ella. Le pregunté por la ciudad antigua con mi mejor sonrisa. I paliá poli? Eso mismo, kiría. Apó do ola efcían, pedí mu. Vagué por el empedrado durante horas. Recorrí las murallas de los Cruzados, el palacio del Gran Maestre, el hospital, las posadas, las iglesias bizantinas, la mezquita de Suleimán, la biblioteca de Mehmet Agá, los baños turcos… minaretes y cruces, un pueblo bizco de tanto mirar a izquierda y derecha al mismo tiempo, alfabeto árabe, griego y latino… un mundo de cuento, una sueño ajado por suvenires, turistas y restaurantes llenos de exclamaciones y fotos del basto rancho del día. En cada esquina, tus ojos, Lucía; en cada almena, tu mirada; en cada bastión, tú y tus brazos abiertos. ¿Es a mí? Es a ti. Anocheció. Aún hoy no comprendo cómo pudo pasar el tiempo tan deprisa. No tengo constancia de nada, como si aquel día no hubiera amanecido. O fuera yo el que no hubiese amanecido… Imágenes borrosas del anillo amurallado, del puerto de Mandraki, alguna tienda aquí y allá… eso es todo. Tenía muchísima hambre. Pedí un suvlaki en Afgustinos y volví a la residencia. Soplaba el viento. Ése es mi recuerdo.

IV

A la mañana siguiente conocí al resto del grupo. Parecían buena gente, pero no me sentía capaz de interesarme por ellos. Soy de aquí, yo de allí, vivo en Kalamata hace dos años, me casé con un griego, doy clases de español, traduzco folletos de electrodomésticos, ¿de verdad? Jajajá… Me dolía la cabeza. Alguien con mi rostro y mi voz conversaba educadamente con todos ellos, ahí fuera, pero mi yo real bostezaba y lanzaba miradas de rastreo en busca de Lucía sin pronunciar una sola palabra. Pero Lucía no estaba. Pregunté por ella con el tono más casual del mundo. Al fin y al cabo lo único que habíamos compartido era el precio de una carrera de taxi…

– Nos acostamos tarde –dijo un chaval-. Estuvimos dando una vuelta por la ciudad vieja. Supongo que vendrá ahora.

Ah. Gracias. Me repantingué en uno de los sillones orejeros de la recepción. No me tenía en pie. Me había acostado relativamente temprano, pero había dormido como el culo. Tenía la sensación de no haber pegado ojo. Además ese ruido… como si un ratón hubiese estado royendo las patas de la cama toda la noche. Ratones no había y las patas eran de metal, pero ése era el ruido, más o menos. O de morder arena. También.

Me daba pánico el que fuese un principio de acufeno, esa lesión del tímpano o de alguna parte del oído que se manifiesta mediante un sonido constante, eterno, enloquecedor. Y que uno percibe especialmente de noche, cuando el mundo se detiene, cuando todo se detiene excepto el zumbido que aúlla dentro de tu cabeza. Me había levantado de la cama a las dos, a las cuatro y a las siete. Por favor que sea una causa externa. Por favor que no sea yo. Pero… En algún punto a mi derecha, Andrés, el director, concentró nuestra atención.

– A ver, vamos pasando adentro.

Tomamos asiento en una sala con mesas dispuestas en forma de herradura. Yo lo más lejos posible. Y que no vean que la mitad del tiempo me lo fumo leyendo el Marca y el As. La chica de mi lado echándose un solitario. Apareció Lucía. La busqué con la mirada y ella me correspondió. Me devolvió una sonrisa cansada. Tenía ojeras. Aun así estaba espectacular. Llevaba unos shorts blancos y una camiseta roja medio ceñida y el pelo le caía sobre los hombros en ondas doradas, sedosas. De nuevo la ninfa que pone el bosque patas arriba en cuanto lo pisa. La que todos los seres de la tierra quieren para sí. Apolos y Panes, lo mismo da. Todos era todos. Se sentó frente a mí al final de la otra media herradura. Agudicé de mirada y… no eran sólo ojeras. Seguía la presentación del curso con fingido interés. Respondía cuando le interpelaban o asentía levemente cuando era otro el interpelado, pero a mí me recordaba a esas personas de inglés medio-alto autoevaluado y que asienten con cara de póker cuando se les habla en ese mismo inglés medio-alto, sin tener en realidad ni repajolera idea de lo que se les está diciendo. Eso es. Yo lo veía: su rostro estaba marcado. Las señales del insomnio, de la preocupación… ¿del miedo? No podía dejar de mirarla, de tratar de adivinar qué le sucedía, qué era lo que le había absorbido la vitalidad. Esa vida que anteanoche lo inundaba todo. ¿Alguna mala noticia de España? Improbable: habíamos llegado anteayer mismo. Y no, yo sabía –intuía, más bien- que no era eso. Entonces… ¿Qué es lo que te pasa hoy, Lucía?

Terminó la jornada y el Madrid sin fichar a Bale. Ella se demoraba. Como Bale. Yo me demoré también. Nos quedamos solos en la sala. Le pregunté qué tal.

– Bien… Un poco cansada –pareció vacilar. Luego añadió-: He dormido un poco mal.
¡Ella también! Me alegré. Eso significaba que tal vez, ojalá, mi problema de sueño fuera de otra naturaleza y no un terrible acufeno que me precipitara hacia la demencia. Le comenté que podía ser la presión, la cercanía del mar, la humedad asfixiante… No se mostraba muy convencida. Yo menos aún. Me propuso bajar a la playa. Acepté.

Quedamos en diez minutos en la entrada. Me sobraron nueve para meter la toalla en la mochila y ponerme el bañador. Mientras esperaba repetí en mi cabeza tropecientas veces la escena de la foto y el beso final. Me pesaba el pecho. Emoción, emoción violenta. Por fin apareció. Salimos de la casa sin decir nada. Me sobraba todo, me sobraba la gente, me sobraban las palabras.

En la calle del Antipliarju Lascu. Alli abajo el mar, partido en dos: los primeros veinte metros desde la costa, un azul celeste, amable, acogedor; después oscuro, crestas blancas, fieras marinas acechantes, hambrientas. De la nada surgió un viejo. Derecho hacia nosotros. Vestía una camisa blanca raída, chaleco negro y pantalones de vestir llenos de agujeros. Gorro y bastón. Una barba espesa y un pelo igualmente poblado no ahogaban por completo el destello enigmático de unos ojos aún llenos de energía.

Sostenía un ramo de rosas en la otra mano. Rosas mustias, de un rojo desvaído, llenas de pulgas. Le tendió una de ellas a Lucía. Ella la cogió como si en lugar de una rosa le estuviesen ofreciendo la mano de un leproso. Toda la escena resultaba patética y conmovedora al mismo tiempo. El viejo parecía estar pasándoselo bien. Nos miró alternativamente. Tuve la desagradable sensación de que me estaba midiendo. El enigma de su mirada se fue despejando poco a poco. Para ella, lascivia; para mí, envidia. Una forma menor de odio. Habló en plural. Concesión a las leyes no escritas de la cortesía, porque yo para él ya había dejado de existir.

– Calimera, pediá. Ti cánete?

– Mía jará. Ki esís?

– E, ta palévoume, ti na cánoume… -dijo, encogiéndose de hombros-

Iste fitités apó to kendro?

Lucía le explicó quiénes éramos y qué hacíamos allí. Yo quería seguir, no hacerle ni caso al viejo. No nos movimos. O no lo hicimos a tiempo. Él empezó a meternos el rollo. Que si había servido en la marina norteamericana en los sesenta, que si le habían pegado un balazo en no sé dónde y de ahí el bastón, que si de joven no había tenido rival en la isla, que si todas las niñas y las no tan niñas de entonces se morían por él y blablablá. Lucía sonreía. Pero me tenía agarrado con fuerza del brazo y no me soltaba. Los ojos del viejo iban y venían de los de Lucía al brazo y del brazo a los míos. A mí su historia me estaba poniendo negro. Era igual a la de una novela que me había leído el año anterior. Hasta el más mínimo detalle. Como mucho le concedía que hubiera pasado un tiempo en el extranjero. Nada más. Le delataba un deje extraño en el acento y algunos pequeños errores gramaticales. Nos dijo que vivía en la casa de al lado. Ya nos veríamos. Le observamos alejarse cojeando, muy, muy despacio. Después bajó unos escalones a mano derecha antes de llegar a la residencia, empujó una valla vieja y destartalada y entró en una casucha igualmente vieja y destartalada. Volví a Lucía. Noté que su respiración se había acelerado hasta casi dispararse. Escuchar aquella historia increíble parecía haberle supuesto un esfuerzo sobrehumano. Quise decirle algo, una gracia a
costa del viejo, pero cuando reaccioné ella ya se había adelantado unos metros y bajaba camino de la playa. Era un poco frustrante. Se comportaba como si yo no estuviese allí.

V

De acuerdo al calendario habían pasado ya varios días desde nuestra llegada a la isla. Aquello me resultaba difícil de creer. Todo seguía igual. El viento soplaba con la misma fuerza, el calor nunca subía de 31 grados ni bajaba de 26, las nubes no asomaban en el cielo inmóvil. Un mar rugidor en occidente, de una ferocidad sin tregua; calma chicha en el norte, hacia el este. Cada día, cada noche. Sin lugar a la improvisación, a lo espontáneo. Pero lo peor no era eso, aquel bucle infinito de los elementos, aquella naturaleza programada y reprogramada… Lo peor era que nada cambiaba tampoco tras los muros de la residencia. Aquel sonido extraño y nocturno que me agujereaba las paredes del cráneo como una columna de hambrientas termitas no desaparecía.

Mientras permanecía despierto, mía jará. Con el sueño, en cambio, con la caída en la inconsciencia, con la pérdida del asidero de los sentidos, comenzaba la pesadilla. Primero, sensación de asfixia; después, miedo; finalmente, el ruido. Invariable, invariable, invariable. Me solía despertar agotado un par de horas más tarde, como si en todo ese tiempo no hubiera dejado de moverme en la cama de un lado a otro, braceando, pataleando, chillando en sueños: tratando de sacudirme de encima, arrancarme de dentro, aquel horror sin forma ni nombre.

En las sesiones del seminario se me cerraban los ojos. Bostezaba. A veces incluso me quedaba medio adormilado sobre el teclado del net-book. Los colegas se partían. Yo les seguía el rollo. No quería que pensaran que se me estaba yendo la olla. ¿Pero se me estaba yendo? Al atardecer solíamos bajarnos a beber rakí y comer pulpo a la brasa al Drasulites, siguiendo la línea de costa hacia el norte unas pocas decenas de metros más arriba de la rotonda con la estatua dedicada a Diágoras. Me las ingeniaba siempre para que me tocara al lado de Lucía. Por lo general, ya desde el segundo día de seminario, ella no hablaba nunca. Un aire ausente, unos ojos, sus ojos, inexpresivos, rojos en las cuencas, labios despegados, grietas en los labios, el pelo recogido, muy recogido, la piel tirante… Sólo se sobresaltaba de cuando en cuando, brincaba en la silla, nadie sabía muy bien por qué, y ahogaba un grito de terror de origen también desconocido. Entonces se pegaba mucho a mí y me miraba agradecida. Porque “gracias” no lo decía. Ni eso ni ninguna otra cosa.

El entusiasmo que había despertado al principio en todos los chicos, incluido el director del curso, se había ido apagando poco a poco, a medida que ella misma se había ido también apagando. Fría, arrogante, sosa. Rara. Sólo yo parecía darme cuenta de la realidad. Sólo yo parecía apreciarla. Puede que quererla. Había una explicación muy simple que ellos desconocían: las noches, nuestras noches, eran un infierno. Me preguntaba a menudo por qué ella y yo, por qué sólo nosotros dos. No lo sabía. Le daba mil vueltas, pero no encontraba ninguna explicación lógica, racional, que resolviese la cuestión. Quizás es que no la había. Y ya. Vivíamos juntos, sufríamos juntos. Una soga invisible enroscada en torno a nuestros cuellos nos había colgado de la misma rama del mismo árbol. Medio muertos, boqueábamos histéricos tratando de atrapar la penúltima brizna de aire. El cuello despellejado, los ojos casi por completo fuera de las órbitas, la lengua hinchada y azul. Sin tiempo ni fuerzas para nada. Sobrevivir, aguantar hasta que el dios que nos aborrecía nos sacase de aquel paramundo delirante y corrupto. O hasta que al menos mostrase algo de piedad y se decidiese a terminar con nosotros de una maldita vez.

VI

Uno de aquellos días imposibles de distinguir del anterior y del siguiente hablamos. Nos habíamos quedado los últimos en el comedor. Ensalada fría de pasta con aceitunas negras, pepino, queso feta y no sé qué más. La conversación alegre de los compañeros fluía naturalmente en algún plano al que ni Lucía ni yo teníamos acceso. Ya ni se molestaban por hacernos participar. Ni en despedirse. Solos. Ella comía tan lentamente que podría haber hecho la digestión de cada bocado en el viaje del tenedor al plato y del plato a la boca. A mí me tocaba fregar, pero no moví el culo de la silla. La miré a los ojos. Estaban vacíos. O tan hundidos que hubiera hecho falta introducirse físicamente en ellos para llegar al sancta sanctorum de sus emociones. Cogí un tenedor y comencé a trazar trayectorias al tuntún sobre la mesa. Ella siguió los movimientos del tenedor con aprensión y se llevó la mano a la garganta, como si temiese que el tenedor fuese a tomar el control de mi mano y volar directo a su yugular. Lo solté, avergonzado. Continué viéndola comer. Ella compuso una sonrisa neutra. De agradecimiento neutro. Ya valía. Urgía tratar de comprenderla y de hacerme comprender. De hacerle ver que ambos éramos iguales. Que éramos uno.

– No sé qué me pasa, Lucía.

– ¿Eh? Perdona, no te he escuchado…

– Nada, que desde que llegamos aquí no entiendo por qué, pero no estoy durmiendo nada. Y no puedo más…

– Yo tampoco… -pareció concentrar toda su atención en mí durante un segundo. Me miraba fijamente. Toda su cara estaba temblando. (¿O era yo el que temblaba?) Luego dijo-: ¿Tú también…?

Se detuvo. La apremié, a punto de perder los papeles:

– ¿Yo también qué?

Pero la conexión mágica que por un momento acababa de percibir entre nosotros se había ya desvanecido. Se levantó de la mesa. La mirada huidiza, evitaba descaradamente encontrarse con la mía. Su voz, febril.

– Nada, nada, Alberto, déjalo mejor… Luego te veo, ¿vale? Ciao.

Ese mismo día por la noche. Ordenador, rojadirecta.me sin sonido, el grupo de Comunio del whatsapp a todo meter. Youtube en otra pestaña: Arvanitaki. Dos versos que no podía dejar de canturrear: Celo condá su na mino, celo skiá su na yino. Yo les añadía un “Lucía…” después del yino. Llamaron a la puerta. ¿Sí? Alberto, abre, hazme el favor. Era Andrés, el director. Se mantuvo en el umbral de la puerta, medroso. Rodeos y más rodeos. Mira, Lucía tal, Lucía cual, muy nerviosa, ya lo habrás notado, a peor, tranquilizantes… Se miraba los pies. Luego torcía la cara y parecía atender al pasillo vacío. Pero sólo era eso: un pasillo vacío. De nuevo los ojos al suelo. Así estuvo un rato que a mí se me hizo interminable, aunque tal vez no fueran más de uno o dos minutos. Por fin lo soltó: que si había visto a alguien merodeando de noche por los alrededores de la residencia, en concreto cerca de las ventanas de la planta baja. La mía. La nuestra. Me dio un vuelco el corazón. ¡Eso era…! Pude articular un casi inaudible “joder, no”. Él asintió con naturalidad, como si aquella respuesta fuese la única posible. Luego cerró la puerta, entró en mi cuarto y se sentó en la cama. Tono de amigo íntimo, de te confío esto sólo porque eres tú. Y sólo yo era yo. Me dijo que habían hablado con los padres de Lucía. La madre le había contado –tal vez sólo porque era él- que en la adolescencia la niña había sufrido depresiones, alguna crisis de histeria, un par de llamadas al 112… Nada serio. Todo superado. Eso creían. Porque en lo que no creía ni Cristo era en el merodeador. Y menos después de mi “no”. La iban a mandar de vuelta a casa pasado mañana al mediodía. Sentí que el mundo se hundía bajo mis pies, que yo me caía por el agujero y que, una vez abajo, muy abajo, el mundo volvía a sellarse. No me lo podía creer. La iba a perder, a perder para siempre…

Cuando Andrés se fue, me tiré en la cama. Me consumía de rabia y tristeza, pero no podía llorar. No me salían las lágrimas. Nunca me salen.

¿Tengo de eso? Perdí el sentido del tiempo y el espacio. No recuerdo nada de lo que pensé ni pasó entonces, salvo que, cuando estaba ya a punto de dormirme, agotado de cuerpo y mente, escuché algo ahí fuera, en la calle, entre el bamboleo de las palmeras atormentadas por el viento negro de la noche. Parecían pasos, pero su cadencia era extraña. Uno, dos… y tres.

¿Pasos de un ser de tres patas? No. ¿Entonces? De pronto una solución espantosa se hizo cuerpo en mi cerebro. Uno, dos y tres: ¡los pasos de un cojo! Corrí hacia la ventana. No vi nada. Los pasos ya se perdían en la distancia, sordos pero no tan sordos como para no poder escucharlos con cierta nitidez. El grito desgarrado de Lucía abrió la noche en canal. Me quedé paralizado, como si su chillido hubiese descargado en mi cuerpo una descarga de voltios insoportable y me hubiese dejado frito. Andrés entró en mi cuarto sin llamar, minutos después. La cara descompuesta. En las manos, una rosa marchita. Marchita no. Podrida. Alguien la había dejado en el suelo. En el suelo delante de la puerta de Lucía.

VII

Por la mañana vino la policía. Entraron en la sala, llamaron por señas a Andrés y salieron. Andrés detrás. Frente a mí en el aula, Lucía, como siempre. Aquel día los ojos de todos, no sólo los míos, apuntaban hacia ella: la víctima. Su martirio la había redimido. Bienvenida al grupo de nuevo. Os lo dije. ¿No os lo dije? Que no estaba loca, que no alucinaba, que no se perdía en dimensiones paralelas pobladas por engendros espantosos, abortos de una imaginación enferma y morbosa. Que todo era real. Que el monstruo lo era. Quizá por eso –qué paradoja…- Lucía parecía algo más feliz. Nadie dudaba ya de ella. Sobre todo ella no dudaba de ella. Me carcomía el alma figurármela llorando cada noche al despertar con la silueta del cojo recortada contra su ventana, el brillo lascivo de aquellos ojos ocultos tras el pelo sucio, los labios barbados humedecidos por una lengua viciosa y ágil, de serpiente… Y ella sin valor para hablar, para contarlo todo, porque tal vez todo sucede en sueños, o en la frágil vigilia, y ya estuvo una vez loca y tiene miedo de que el bicho siga aún dentro de ella y esté de vuelta, comiéndole la razón, royéndole lenta, pero inexorablemente, las cadenas que aún la mantienen aferrada al planeta tierra. Pero la rosa… esa rosa era una prueba de cargo en su juicio por locura. Yo también era una prueba. Yo había visto antes esa flor, esa flor fea y repugnante, más fea y más repugnante en las manos callosas de aquel cojo tarado hijo de la gran puta… Lo verbalicé sin darme cuenta. Lo de “cojo tarado hijo de la gran puta”. Todos me estaban mirando. También Lucía. ¿Desde
cuándo? Bajé la cabeza. La policía y Andrés volvieron a entrar. Esta vez Andrés se quedó y yo salí.

Les conté lo poco que sabía del cojo: su historia y que vivía ahí al lado. Les di su descripción. Los dos tíos se miraban de cuando en cuando, pero no me interrumpían. Supuse que las líneas que nacían de sus ojos y se prolongaban casi hasta las comisuras de sus labios serían de preocupación. De haber visto el mal unas veces, de haber hecho el mal ellos mismos otras. Cinco minutos y silencio. Uno de ellos, piel de aceituna y poco pelo, sacó una bolsita de tabaco de liar y comenzó el proceso. El otro fumaba cigarrillos normales. Me ofrecieron. No. El del tabaco de liar hizo una mueca que podía significar cualquier cosa. Vi sus dientes. Sus caries. Me dijo que mi versión coincidía exactamente con la de Lucía. Pues claro. Volvió a preguntarme por la casa en la que habíamos visto entrar al viejo. Le respondí que si les parecía bien mejor salíamos y se la enseñaba directamente. Eso hicimos.

– Aftó, aftó to spitaki, apó ki bike o andras… -la expresión de sus rostros me inquietó-. Signomi, yínete cati? Den xérete pú ine?

No era eso. Era que ahí no vivía ningún viejo. Sólo una viuda medio trastornada con su docena y media de gatos infectos. Ni ella ni los vecinos habían visto jamás a nadie que respondiera a la descripción del cojo. Tampoco los trabajadores de nuestra residencia, que llevaban allí media vida. Qué, cómo, repítanmelo… De piedra. Me dijeron que al principio pensaron que, dados sus antecedentes psiquiátricos, todo era un invento de Lucía, consciente o no. Y la rosa parte de una broma macabra de alguno de nosotros. Nadie es tan cabronazo. Eso les contesté. Ellos ni que sí ni que no. El problema era que yo había corroborado la historia de Lucía acerca de aquel hombrecillo siniestro
y nunca antes visto por aquella zona. Entonces qué problema había. Me sugirieron que estaba mintiendo. Para qué. Para protegerla. De qué. De su familia, de los compañeros, de la gente. Una loca es siempre una loca, chaval. En el año 13, en el 2013 y en el 4013. Les juré que no, que todo había sido real. Creo que incluso les grité. Me puse tan frenético, tan fanático de mi propia historia, que me dio la impresión de que reculaban y que me (nos) tomaban en serio. De todos modos, mañana temprano ella se marchaba y en menos de una semanita el curso terminaba y todos nos volveríamos a España. Así que sigá, re, Alberto. Les mandé a la mierda. ¿Cómo coño querían que me tranquilizase?

VIII

Enjuagué el cepillo de dientes y me sequé la boca con la toalla. Me planté una vez más ante el espejo a sentir pena de mí mismo. Me había despedido de Lucía hacía menos de media hora. Ni mú. Ni un cuando vengas a Madrid nos tomamos algo. Nada. Sólo un doloroso nudo en la garganta y una vibración casi imperceptible en los labios. Tristeza infinita y mal contenida. Un placer. Otro. Me puse la camiseta de dormir y me tumbé tal cual encima de la cama. Ella dormía en la habitación de siempre, a pocos metros de la mía. A las cuatro y pico de la madrugada despegaba su vuelo. Le habían propuesto mandarla a un hotel para que pasase una noche más tranquila, pero ella había dicho que nononó. Una buena ración de somníferos y la policía pasando por el Centro cada hora eran más que suficientes. Al fin y al cabo hay voyeurs a la salida de cada colegio, en cada parque en verano, en cada piscina, cada playa… El mal, aunque sea en su versión más chusca, es ubicuo. Hay que aceptarlo como viene. Cuestión de acostumbrarse a él. Pero Lucía además estaba muy agradecida. Y esta vez el “muy” y el “agradecida” eran auténticos, no la fórmula muerta de una muñeca de porcelana. El cuñado de la directora de la residencia: andidímarjos tis Rodu, un capo local, vamos. Dos conversaciones rápidas por teléfono y la policía a nuestra disposición. Mediterranean style. Lo que sea con tal de que nos sintamos cómodos. Para la propia supervivencia del centro este seminario de cada verano era indispensable. Que la imagen no se resienta. Y sí. Todos se sentían cómodos. Todos menos yo. En mí no había espacio para una sola emoción positiva. La desesperación lo anegaba todo, me consumía la batería del cien al cero por ciento. Poco después me dormí.

No. Otra vez no. El ruido no, por favor, esta noche no… Me desperté. Abrí los ojos. Y lo que vi… Lo que vi me heló la sangre. Volví a cerrarlos. Tenía que ser un sueño, la peor pesadilla. Noté cómo el miedo se expandía a través de mi cuerpo por cada vena, cada nervio, cada músculo. Tiritaba. No. Eran convulsiones. Prácticamente. Sentí arcadas, ganas de vomitarlo todo, de vomitarme a mí mismo. Volví a abrirlos. Sucedía, Dios mío, sucedía de verdad… Al otro lado de la ventana, medio difuminado por la mosquitera, estaba el cojo, mirándome fijamente. Traté de levantarme de la cama, encender la luz y hacerle huir, pero no pude moverme ni un centímetro. Por la manera en que me observaba, comprendí que él no se sentía observado. ¡Mis ojos continuaban cerrados! Y sin embargo lo estaba viendo perfectamente allí de pie, manipulando algo en la mosquitera sin miedo a ser descubierto. ¿Qué hacía? ¿Qué era ese ruido? No puede ser. Era mi ruido… ¡Mi ruido! Estaba raspando la mosquitera con algo cortante, poco a poco, muy despacio, para hacer el menor ruido posible y sin dejar huella aparente en ella… Así que eso llevaba haciendo desde la primera noche… Quise gritar. El cerebro no me obedeció. Seguí allí, tirado en la cama como un muerto, sin poder hacer ni decir nada que le hiciese darse cuenta de que le había descubierto. De repente el ruido cesó. El cojo se echó un poco para atrás, extendió los brazos y, muy cuidadosamente, arrancó un trozo enorme de mosquitera. Luego trepó por la ventana y se introdujo en mi habitación. Un cuchillo gigantesco apareció en su mano. Una rosa inmunda en la otra. Avanzó hacia mí. No cojeaba. Comencé a rezar. Por primera vez en mi vida. A llorar. Por primera vez en mi vida. Depositó la rosa en mi vientre. Dio una vuelta a la cama y se quedó unos segundos mirándome. Yo ya había renunciado a defenderme. Nada en mi cuerpo funcionaba, ni siquiera los párpados que me ahorraran el castigo de contemplar todo aquel horror. Por fin se movió. Se acercó a mí y me tapó la boca con la mano que había sostenido la rosa. Vi que también él lloraba.

La primera puñalada me atravesó el abdomen de parte a parte. Me agité como una anguila y creo que escupí sangre. Me volvió a apuñalar en el mismo sitio varias veces, cortándome intestinos, órganos, arterias… Otra y otra y otra. Sin fin, sin límite. Vomité. Bilis, sangre. Luego subió al pecho y amartilló con su cuchillo cada parte de mi torso. Yo ya no sentía nada, sólo el impacto de cada puñalada, un impacto fugaz y salvaje, seguido de decenas de impactos tan fugaces y tan salvajes. Mi cuerpo se arqueaba informe a cada golpe suyo, más como reacción nerviosa autónoma que dirigido por mí. Sólo lo veía subiendo y bajando su brazo sin parar, con aquella expresión de rabia, de odio, de violencia desenfrenada… Lágrimas, más lágrimas. Su barba y su pelo empapados en sangre, en mi sangre. No se la limpiaba. La sorbía y se la bebía. Yo no podía pensar en nada. Sólo en que el final debía de estar ya muy cerca, por favor que esté muy cerca… Me acuchilló en el cuello y luego en la cara. Jadeaba. Matar lo estaba dejando sin aliento. De pronto algo sucedió.

Algo, sí… Algo que hizo que mi cuerpo moribundo recuperase la suficiente energía como para poder estremecerse de terror una última vez. Se apoderó de mí un terror dantesco, el mayor horror que un ser humano es capaz de concebir. Su barba, esa barba sanguinolenta y sucia, comenzó a caérsele, a desprenderse de su cara. En la orgía de violencia y muerte él no se daba cuenta. Yo tampoco me di cuenta.
Porque el rostro deformado por la demencia que apareció tras la barba postiza era el mío. ¡El mío! Y los ojos reventados por el horror y las cuchilladas que habían presenciado aquella aberrante metamorfosis eran los ojos grandes y redondos de mi pobre y querida Lucía.

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