On writing o cómo justificarme ante mí mismo

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En un momento dado de la novela Happiness, de Will Ferguson, el protagonista, un editor, afirma con una buena dosis de mala hostia lo siguiente: “hay que saber diferenciar muy bien entre un libro y una cosa con forma de libro”. Esta frase -a primera vista una mera y ocurrente apreciación irónica sobre la literatura de mala calidad- encierra, sin embargo, varias interpretaciones más dentro de sí. O eso creo cuando cierro los ojos y pienso.

No obstante, la única que importa ahora y a la que voy a dedicar diez minutos de mi valiosísimo insomnio es la que hace referencia a la cosa en sí: el libro. Y es que si distinguir entre “libro” y “cosa con forma de libro” es una broma eficiente por autoidentificativa es porque es cierta; porque, tanto para Will Ferguson como para millones de humanos y humanoides más, el libro no es sólo continente, sino también contenido, y por lo tanto, nada cuyo contenido no esté a la altura de ese mismo continente merece llamarse así, “libro”. Ehhh. ¿Cómorl?

Tú’jcucha.

Pero veamos. ¿Es realmente así? ¿Es el libro un todo, un cuerpoyalma? O más bien, ¿es la literatura una palabra que tanto designa al objeto del que se ocupa como establece un límite mínimo de calidad para aquello contenido en dicho objeto? “Eso no es literatura, es mierda”, podemos oír cuando alguien bello y bueno habla de una novela de Ruiz Zafón, de Boris Izaguirre o de Javier Sierra. Y sí, claro, amigo bello y bueno, tú tienes razón, toda la del mundo, hombre: esas novelas no son sólo mierda, son, además… (ralenticemos ahora el ritmo de lectura)… puta mierda.

Ahora bien, ¿es esa puta mierda literatura? Por suerte sí. ¿Y libros, son esa mierda de novelas libros? Por suerte también.

Y digo “por suerte” porque el sacralizar el soporte libro y convertirlo en depositario y guardián de las esencias a la larga ha hecho más mal que bien. El libro, nos guste o no, en una sociedad de consumo no es más que otro producto de consumo. El libro no es mejor que cualquier otro soporte de cultura ni merece ningún respeto adicional en tanto que soporte. El libro, en definitiva, no es nada más -y nada menos- que uno más de los canales a disposición del emisor para comunicar algo, sea lo que sea, al receptor.

Por tanto, ¿qué se infiere -o se debería inferir- de todo esto? Que el libro, o su hermana mayor la literatura, debería estar sometido a las mismas dinámicas de mercado que el mismo resto de productos de ese mercado. Porque, ahora mismo, y por muy loco que esto suene, no lo está. O sólo lo está de manera parcial. Te lo digo yo, joder: que no. Y la culpa, en parte, reside en esa peste a naftalina que suelta todo cuanto rodea a la literatura. Que sí. Hazte caso.

Pero a ver, que no me ha quedado claro ni a mí. ¿Qué quiero decir con eso de que la literatura sólo está parcialmente sometida a las dinámicas del mercado que sí rigen sobre el resto de productos? Ya mismito me lo explico.

Cualquiera que haya tenido la suerte/desgracia de publicar un libro sabe que uno de los elementos clave del mercado encaminado a la venta de un producto es prácticamente inexistente en la industria editorial. Me refiero, clarísimo que está, a la promoción. Y he metido el adverbio ese ahí de rondón (“prácticamente”) porque, venga sí, algo se hace: se manda el libro a blogs, webs y revistas para obtener (buenas o malas) críticas; se okupa un rato una caseta de alguna feria y se firman ejemplares a viandantes previamente secuestrados o sobornados; se presenta la novela en una librería o, los que van al infierno, en algún centro comercial; e, incluso, si Dios ha sido malo y eres Julia Navarro, sacan tus novelas en coleccionables de kiosco.

Así que, como diría Matías Prats: “¡¡¡Pero esto qué es!!!”

Pues esto, Matías, es más de lo mismo y lo mismo de siempre. La industria editorial lleva toda la puta vida promocionando sus productos de la misma manera; una manera que seguramente en su momento fascinó a Guttenberg, pero que en el año 2016 da lastimita fuerte. Y eso, esa cosa rancia y esclerotizada que se conoce por “estrategia comercial” (aquí carcajada) de las editoriales, se debe en no poca medida a la consideración casi totémica del objeto-libro explicitada en la broma de Ferguson con la que comenzaba este quejío, una consideración que, en el culmen de la paradoja idiota, lleva a sus más fanáticos creyentes a desear convertirse en autores de culto a base de no vender un mísero ejemplar entre el populacho. Y es que el Dios-libro es puro, recemos al Dios-libro, el Dios-libro no quiere tus sucios eurodólares (rupias sí.) En fin.

Claro, porque, ¿cómo vamos a aplicar técnicas novedosas de venta de, por ejemplo, el mundo de las zapatillas, los coches o los videojuegos, a los libros? ¡¡¡Si son libros!!! Ay Dios, cállate, triste.

Y yo, en plan profeta, digo: ¿qué tendría de malo, por ejemplo, introducir la interactividad como medio de promoción de los libros? Y no hablo sólo para la literatura basura trans y cishipánica, sino también para la “seria”, la “buena”, si es que tales conceptos son objetivables. ¿Por qué no pegarle una buena hostia en las rodillas a la literatura, tumbarla en el suelo y hacerla así de vertical, horizontal? ¿Y aprovechar que está groggy para añadirle música, imágenes, aplicaciones… lo que sea en cada momento y para cada obra, sin prejuicios, únicamente centrados editor, publicista y autor en cómo transformar un producto cada vez más minoritario y abocado a los (como yo) frikis irredentos, en otro más atractivo y adaptado al lector que viene? O no, pero no lo descartemos de inicio. Y no jodamos con que eso costaría más dinero, porque ni siquiera las supermegaeditoriales que poseen imperios (genuflexo les saludo, señores calvos de Planeta) mueven un puto dedo. Además, siguiendo la línea anterior de las dinámicas de mercado, no se trataría más que de algo tan viejuno y añejamente capitalista como una mera inversión.

Volvamos un segundo a la mencionada interactividad y sus hipóstasis: desbloqueo de capítulos bajo x condiciones, inclusión de música en la lectura (por ejemplo, añadir hipervínculos cada vez que el autor considere que una canción o una melodía enriquecen un diálogo, escena, capítulo…), aplicaciones propias, explotación a fondo de las posibilidades de las redes sociales… En fin, todo eso, ¿despoja de valor objetivo al libro, a la literatura? ¿Los rebaja, los humilla, por así decir? ¿Los prostituye? O, como mucho, ¿valdría eso para las cosas con forma de libro, pero no para los libros? Pues sí. Seguro que para mucha gente -lectores, editores y autores- sí, dado el conservadurismo atroz de casi todos y casi todo cuanto engloba el adjetivo “literario”. Pero yo, después de un poco de pensar y de batallar contra mis propias renuencias, he llegado a la feliz conclusión de que no, que el camino no es otro sino ese: dejar de un lado prejuicios e ideas preestablecidas y aprovechar todas las otras ideas y oportunidades que el márketing moderno pone a disposición de todo dios; también de los que escribimos libros. Y no sólo para venderlos, que también (poeta urbano, depón tu soberbia, deja de recitar con cara de orgasmo chungo, y acepta unas monedillas), sino, sobre todo y ante todo, para mejorarlos.

Bien. El terreno ahí fuera es virgen. Ha sido abandonado durante centurias por las editoriales y de páramo se ha hecho vergel. Los árboles dan pan (gallego) y de los ríos mana éxtasis líquido. Y ese paraíso 2.0 busca desesperadamente colonos que expriman a muerte la riqueza infinita de su suelo.

Y eso es exactamente lo que yo voy a hacer.

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