El (falso) triunfo de la voluntad

grid-479620_960_720Hay mucha gente cuya inteligencia admiro y cuya bondad venero que me insiste últimamente en la capacidad quasi omnímoda de la voluntad como motor y configurador de la realidad. Desde luego, la idea de que, si uno quiere, puede (casi) todo, es enormemente sugestiva. Y lo es por varias buenas razones. En primer lugar, si eso es cierto -y para un porcentaje bien mayoritario de la sociedad actual parece serlo- no hay (casi) nada que una mente sana, motivada y convenientemente orientada no pueda lograr. Evidentemente, excluyo de aquí perturbaciones de origen fisiológico (aunque mucho se podría discutir también acerca de esto), pues es al no siempre bien delimitado ámbito de lo anímico al que se circunscriben nuestras conversaciones.

En segundo lugar, y abundando en el primer argumento, bajo la óptica de quienes ven en la voluntad -en el querer- el eje sobre el cual pivotan las emociones y los estados de ánimo, el sufrimiento ante un fracaso, una ruptura o una muerte tiene una cuarentena inevitable, sí, pero llega un momento en el que, si ese sufrimiento se prolonga, ello sucede por una mera falla de la voluntad. Es decir, se admite que el dolor es natural, faltaría más, pero se da igualmente por cierto que el dolor derivado de ese padecimiento es siempre finito. No hay pérdida ajena que suponga la pérdida propia. Nunca. Ninguna. Porque el yo -o su proyección “la voluntad”- se rebela siempre contra su autodestrucción. Y si eso no sucede, si el yo no acude en nuestro rescate y permite o hace que nos regodeemos en la desgracia y nos precipitemos en un abismo de miseria y horror, es el propio yo jugándonos una mala pasada quien está detrás de ese oscuro escenario. Y es también en ese mismo momento en que es comúnmente sostenido que hemos perdido el control del yo. Porque el yo puede ser tu mayor aliado, escucho a menudo, pero también tu peor enemigo. Bien, es una conclusión. Y difícil de no compartir, desde luego.

Por último, ya en tercer lugar, la situación de la voluntad en la cúspide de nuestra pirámide anímica implica una visión hermosamente optimista de la vida: siempre, dado que todo depende de la voluntad, hay solución. Y si no podemos decir “siempre” -emplear absolutos es garantía de error-, dejémoslo en un muy feliz casi siempre. ¿Y cómo no? Una vez eliminadas aquellas heridas o enfermedades de carácter físiológico inasequibles al aliento del alma, cualquier avatar de nuestra vida cotidiana será solventable mediante la acción reparadora de la voluntad. Y sí, estamos de acuerdo en que la voluntad no siempre se porta bien, en que a veces nos engaña, e incluso en que nos puede llegar a hacer ver como realidad lo que no es sino ficción autodestructiva; pero, en el fondo, todos sabemos que siempre podremos revertir la ecuación, tomar las riendas de nuestra voluntad desbocada y, a lomos de ella, salir del agujero negro en el que las mencionadas desilusiones, rupturas o pérdidas nos han sumido. En definitiva, date cuenta, por favor, todo depende de tu voluntad. Es decir, todo, pero que todo, depende de ti. Y yo a veces tengo la tentación de pensar: mierda, sí, cómo no has caído, todo depende de ella, de la voluntad. No ves la luz, pero no la ves porque no estás en un túnel… Sin embargo, luego pienso un poco más, y luego otro poco más, y otro poco, y entonces, de repente, se me congela todo: luz, sonrisa y voluntad.

Y se me congela por todo esto:

No descubro nada si afirmo que vivimos en una sociedad de carácter eminentemente individualista. Estoy seguro de que mis interlocutores, reales e imaginarios, están de acuerdo conmigo. Sin embargo, a menudo me pregunto si somos conscientes de lo que eso significa realmente. Una traducción concreta de ello sería la siguiente: el peso sobre el individuo, hoy, es abrumador, a menudo insoportable. Vivimos la tóxica ficción de que todos lo podemos todo, de que todo es posible si peleas lo suficientemente por ello, de que todas las puertas le estarán abiertas al que realmente desee franquearlas. Es un paraíso, el paraíso del mérito, del esfuerzo; de la voluntad, en definitiva. El paraíso del si quieres, puedes, como decía antes. Y suena bien, sí. Suena genial… Si no fuera porque todo eso es mentira, porque el paraíso es un paraíso de cartón piedra, un paraíso al que se le ven las costuras nada más arrimar un poco el ojo. ¿Y es que cuál es el reverso siniestro del “uno lo puede todo”? Pues justamente que quien no lo tiene todo es porque no lo desea lo suficiente, porque no lo pelea lo suficiente; porque su voluntad -sí, su voluntad- no es lo suficientemente fuerte. Pero bien, parece bastante evidente que eso es una patraña. Lo sabemos todos. O todos los que estamos en esto. Es la chufla del sueño americano, del capitalismo de juguete. Todo el mundo concuerda con que en el resultado final de la vida profesional o académica de una persona hay decenas de factores tal vez no tan decisivos y poderosos como la voluntad, pero decisivos y poderosos al fin y al cabo, que juegan un rol fundamental, a veces incluso superior al de la voluntad, al de la fuerza interior de cada uno, al de ese yo del que hablábamos.

No obstante, entonces, si lo sabemos todos, si todos estamos de acuerdo en que eso es propaganda de la mala cuando se trata de nuestras carreras, de nuestros trabajos, del de nuestros seres queridos que tanto luchan pero que nunca llegan, ¿qué extraña razón nos lleva a sostener que es la (falta de) voluntad la que nos impide prosperar anímica, emocional o sentimentalmente, dando por válido así el argumento antes inválido por falso y repudiado por nocivo? ¿No nos damos cuenta de que al poner el foco -ya sea único o principal- en el yo de la persona herida la estamos culpando directamente a ella de sus males, por más que su culpa se reduzca a una mala gestión del yo? ¿Tan difícil es entender que no todos -yo creo que nadie- lo podemos todo, que la autosuficiencia del yo es una falacia, que no es más que una extensión ramplona del pensamiento individualista dominante, pero que, por muy ramplona que sea, es enormemente lesiva para aquellos que un día tras otro tienen que someterse al juicio implacable de quienes creen que sus problemas se acabarán el día que ellos decidan acabar con ellos, que se quejan por amor a la queja, que el dolor no viene de fuera sino de dentro? ¿Que es todo mentira, una burla del yo “malo”? ¿Es realmente inconcebible para la sociedad moderna, la del “tú eres especial”, la del “conseguirás cuanto te propongas”, la del “si quieres puedes”, la idea de que el ser humano es débil, incompleto y a menudo incapaz de resolver por sí mismo sus propios problemas? ¿Que hay traumas y heridas que se hunden a demasiada profundidad como para que llegue batiscafo alguno, siquiera uno comandado por el mejor de los yoes, por más que esas heridas insondables no se vean ni sangren rojo? ¿Que hay fuerzas, muchas, superiores a las que un ser humano puede aspirar a derrotar en solitario? ¿Y que, a veces, por desgracia, lo destruido ya no puede volver a ser construido jamás, insistamos mucho, poco o nada? Y entonces, si todo eso lo entendemos y lo compartimos, ¿por qué seguimos pensando que ese de ahí, el que se pasa la vida arrastrando los pies por algo que pasó hace ya tanto tiempo, es responsable de su propia desgracia desde el momento en que -nosotros decimos- no quiere superarla? ¿De verdad pensamos así? ¿De verdad creemos que todo cuanto nos rodea depende de nosotros? ¿Que la complejidad del universo humano y de las relaciones humanas no son nada comparadas con la fuerza de nuestro solo yo? ¿Que nada escapa a nuestro control? ¿Que nuestras emociones o nuestros sentimientos son meros actores bajo la dirección plenipotenciaria de nuestra voluntad? No, no lo creo. Imposible. No creo que se pueda sostener en pie ni un segundo semejante argumentación. Y es que yo al menos estoy convencido de que para poder progresar con éxito en un análisis de nuestra realidad -sea la anímica o cualquier otra-, una cosa tiene que quedar bien clara, bien clara de una vez y para siempre: querer no es poder. Al menos no siempre. En realidad, casi nunca.

En cualquier caso, no quiero que de esto se colija la idea penosa de que las cosas son así porque han de ser así. Yo no lo pienso y no creo que nadie sea a estas alturas tan fatalista como para pensarlo. En este juego está involucrado el azar, que jamás deja de participar, y está desde luego la voluntad, que también puede (algunas) cosas. Están por supuesto las voluntades ajenas, y están asimismo la personalidad y la historia de cada uno, que determinan tanto o más que lo anterior. Sin embargo, tampoco debemos jamás olvidarnos de que al otro lado está también el problema y están también, en posición de firmes, sus consecuencias. Y que por desgracia, duela o no duela, se asuma o no se asuma, hay ocasiones, más de las que nos gustaría tener que enumerar, en que éste y éstas son insuperables. No pasa nada. Shit happens.

Y de ello nadie tiene la culpa. Si acaso quien pulsó el interruptor.

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