Reseña reseñarum o Cómo exegi Demacre perennius aere

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Han pasado ya casi cinco meses desde la publicación de “El Demacre” y algo más de un mes de su presentación. A lo largo de todo este tiempo, hasta nueve reseñas/críticas han aparecido en diversas webs y blogs (el siguiente nivel a desbloquear es el de la prensa de masas, ambicioso malo que es uno), todas ellas entre positivas, muy positivas y Juan-eres-mi-Dios. Es por esto que, acuciado por mi sed insaciable de autobombo, creo llegado el momento de hacer una Reseña de reseñas y comentar siquiera brevemente cada una de ellas. En plan Memorabilia de emperador romano random, pero antes de que, como a los mejores de entre ellos, la obesidad mórbida y la vejez me resten atractivo y, consecuentemente, credibilidad.

Como todos mis fans a este y al otro lado del Atlántico saben, la primera crítica que recibí fue la de Libros Prohibidos. Yo hacía tiempo que seguía la página y estaba al tanto de que, aparte de reseñar novelas de autores consagrados y noveles, para estos últimos organizaban unos premios llamados Guillermo de Baskerville, en los que un jurado elegido al efecto decidía la mejor novela independiente y el mejor libro de relatos también independiente del año. Así que, una vez vencido el miedo a ser aniquilado en alguna de sus desorinantes críticas -cuando no eres tú el objeto de las mismas, obvio-, me decidí a enviarles la novela. Y claro, dos segundos después me jiñé. Varias veces durante esos días interminables pensé en escribirles para pedirles que mejor se olvidaran, que todo había sido un tremendo error (¿o era horror?) fruto de mi estupidez irredenta e irreversible. Incluso contarles mi perra vida, mis desgracias, hay condenados a muerte más ilusionados con el futuro que yo y eso, arrastrarme cual gusano y suplicar clemencia. Pero por suerte y por mi tendencia natural a no hacer nunca nada, me quedé sentado a esperar la demolición de mi recién iniciada carrera como (pseudo)novelista. Hasta que una noche cualquiera de verano, harto yo de beber y lamentarme, entré en la web y me encontré mi nombre y el de la novela de frente. Zaj-ca. Sin embargo, me medio armé de valor. Recurriendo a un recurso defensivo que vengo empleando desde niño, puse ojos bizcos para poder leer sólo por encima y, sorprendentemente, lo que logré intuir en la borrosa pantalla prometía. Así, dejé de bizquear (a los pocos segundos le entran a uno unas náuseas que flipas), empecé a leer con atención y, poco a poco, ojiplático de todas todas, fui abandonando la fase depresiva y entrando en la maníaca sin solución de continuidad. La persona que había escrito la reseña, Susana, que estará (algún día) en los cielos, no sólo la calificaba con una nota muy alta, sino que de su lectura se desprendía que había disfrutado locamente con casi todo lo que en la novela había. Y yo no escribo más que para eso. Como te lo cuento. Bien, no he encontrado hasta hora un análisis tan minucioso, una comprensión tan clara de cada elemento de la historia y, lo más sorprendente, una escritura, en realidad, en fondo y forma tan cercana a la mía, tal la que tuve la alegría de leer entonces. Y como no tengo ni idea de quién es Susana (existentia etiam probanda) ni si algún día se cruzarán nuestros caminos, aprovecho desde este post que ella sin duda jamás leerá para darle las gracias por el oasis de felicidad en el que dormí aquella noche. Y oh sí: nominadito que estoy a los premios de marras.

Poco después de la reseña de Libros Prohibidos, apareció la de La Piedra de Sísifo, de la mano de Lucas Álbor. ¿Que quién es Lucas Álbor? Dudo de que ni el mismo lo sepa –ni le importe-, pero por lo que yo he podido colegir estos meses en los que se ha convertido en protoamigo, Lucas es un joven y talentoso escritor de día y un aún más joven y talentoso ciberdepredador de noche. En aquella época, por el mes de julio, yo sólo conocía a Lucas a través de un amigo común. Mi relación con él se reducía a unos cuantos privados de facebook y una única noche de cubos en Príncipe Pío en la que nos dedicamos a decirnos lo maravillosos y auténticos que éramos y a manifestarnos enormemente sorprendidos de no hallar muchacha alguna deseosa de suicidarse en nuestra impagable compañía. Nada más. Que no es poco, oye. Pero nada más. Pues bien, Lucas, aparte de contarme su historia como escritor debutante (me llevaba seis meses de ventaja), me recomendó enviar la novela a La Piedra de Sísifo, dado que él colaboraba allí y podría hacerme la reseña. No obstante, me advirtió de que sólo lo haría en caso de que la novela le gustase lo suficiente como para ello. Y si no, al blog o a algún sepulcro semejante donde pudrirse sin llamar mucho la atención ni dañar su nombre (¿¿¿su nombre??? Lucas, Lucas…). Semanas más tarde y varios litros de cerveza en común después, me reconoció que entonces había tenido ese miedo tan habitual -y por desgracia tantas veces tan bien justificado- a la novela del amigo del amigo, ese miedo tan habitual a tener que decirle al escritor que empieza que termine ya, que mejor no siga, o que si sigue, se atenga a las consecuencias; a decirle, en definitiva, que su novela es una puta mierda enorme sin emplear las palabras “puta” ni “mierda”. Y menos aún, “enorme”. Pero no fue así. Lucas devino Demacrer desde el minuto uno y, aparte de acosarme por whatsapp a medida que iba leyendo la novela y enamorándose de mí -o viceversa-, regurgitó una crítica extraordinaria y compleja, centrada y concentrada especialmente en el tejido (a)moral que viste (o desviste) la novela. Todo ello además en el contexto de una comparación más de forma que de fondo con Breaking Bad. Cuidadín, que es buena, ¿eh?. De ahí en adelante, nuestros caminos no se han vuelto a separar. Yo leí su novela, decidí que también podía respetarlo y por lo tanto apreciarlo, y, aunque ahora él reserve sus mejores mensajes instantáneos para sus instantáneas amantes, sé que lo que la literatura ha unido nada podrá separarlo. Si acaso sus laísmos.

Posteriormente, llegaron en cascada las críticas de los blogs. Y pese a que en principio yo pensaba que la novela, por forma y por fondo, no se compadecía bien con el tipo de literatura que estos sitios y quienes los llevan suelen apreciar, lo cierto es que las reseñas fueron tan positivas como las otras. En cualquier caso, para mí lo importante en este párrafo no es destacar una u otra reseña ni subrayar este u otro comentario concreto, pues lo que ahora persigo es que quien lea este post a mi mayor gloria tenga bien claro mi reconocimiento a esta gente y a su labor. Todas ellas fueron muy amables y generosas conmigo desde que las contacté, sin conocerme de nada ni ser yo nadie, y pusieron a mi disposición todos sus medios: desde sorteos hasta críticas, pasando por la promoción del booktrailer. Es gente que ama sin matices la literatura y su mundo y que, aunque yo tenga -como tengo- una visión y un amor distintos de la misma y del mismo, resultan imprescindibles para quienes empezamos en esto sin nada que ofrecer a cambio de su ayuda, su tiempo y su esfuerzo más que unas insípidas gracias por mail y el ejemplar de una novela de la que nadie ha oído hablar y que a nadie le interesa. Y en la que, para más inri, hay más cristal que en una convención de fabricantes de ventanas. Únicamente, antes de poder volver a ser yo y dejar por fin de impostar humanidad, que me agoto, voy a retractarme por enésima vez en mi vida e incluir las dos reseñas de este grupo que considero mejores. Por un lado, la de Libros Que Hay Que Leer, cuya administradora, Consuelo, organizó un sorteo de la novela en su blog y se portó conmigo desde el principio como no me merezco; y, por otra, la de Mari, de La Isla De Las Mil Palabras, ganadora de ese sorteo y autora de una reseña estupenda por el cómo y el qué. Un cómo y un qué que me ponen por las nubes, para qué vamos a negarlo. Pues nada, que gracias, bloggers.

Dos más y acabo. Paciencia viene de padecer y es familia de pasivo. Como felación de feliz.

Antes de que yo escribiera “El Demacre”, Luis Sarabia, profesor de Filosofía y fotógrafo (vago y rojo), era uno más de esos supra mencionados amigos de amigo a quienes uno ve de cuando en cuando en bares grasientos, en casas con gato o en esas fiestas populares en las que después de horas de orgía reggaetonera e interacción con la subhumanidad, uno empieza a fantasear con cosas genocidas. Pues bien, en uno de aquellos akelarres cañís le hablé a Luis de la novela unos días después de terminada, a finales de agosto del 2015. Yo estaba entonces muy ocupado en llorar la pérdida de mi exnovia y además creo que había consumido algún tipo de estupefaciente, así que mis recuerdos de aquella noche son tan fiables como los que tengo de los Reyes Magos pasando por delante de mi habitación. Sin embargo, al día siguiente le pasé “El Demacre” por mail. Y pese a su advertencia de que hasta diciembre no podría empezarla, dada la ingente cantidad de libros que tenía aún por delante (y seguramente esperanzado en que aquel despojo humano -léase yo- se olvidara de él y de su novela y se librara del marronaco), pocos días después la había terminado, hecho suya, y -lo mejor de todo- aquel tipo raro e inteligente acababa de confirmar que cumplía uno de los requisitos sine quibus non para gozar de mi preciada amistad: admirarme. Y hasta hoy. Suya es, como lo son también la idea primigenia del booktrailer o varias precisiones sobre el texto original, la reseña de la novela en Espacios Europeos, que capta con absoluta fidelidad lo que la novela significó para mí y quise que significara para quienes, por desgracia para ellos y quienes les rodean, sienten como propio el mundo de “El Demacre”. Luis Sarabia, en definitiva, es mi amigo. Y yo lo siento mucho por él.

Llego al final de esta hagiografía a cuenta ajena con la reseña de Rocío Barbero publicada en La Huella Digital. El caso de Rocío, en verdá, es bastante semejante al de Luis: amistades embrionarias -o aun cigóticas- en tiempos ante Demacrem que, con el cambio de era, se han convertido casi en parafilias. Justamente así ha sucedido con Rocío, de quien aún dudo si su motivo de perseverar en nuestra amistad se debió más a su deseo de salvarme de la autodestrucción o de participar de ella. Sea como fuere, se me hace muy difícil imaginarme la vida ahora sin ella y sin esta revigorizante mezcla de salud y enfermedad en la que todo pasa entre nosotros. Su reseña, por tanto, es la de una persona que me quiere, el texto entusiasta de una persona que encontró en la novela no sólo una buena -a su juicio- historia de ficción, sino a un (mal) amigo para la vida real. Así que nadie busque en ella objetividad o distanciamiento porque buscará en vano. Y quizá precisamente por eso, la reseña es brillante y honesta, como lo es su autora y, desde luego, dado su enamoramiento loco por mí nunca confesado, escrita con la pasión y el conocimiento propios de quien tantas horas de su vida ha dado por la novela y todo lo surgido en torno a ella. Si no la disfrutas es porque de tanto Ruiz Zafón se te ha hecho el cerebro mierda reconcentrada. Que yo por Rocío ma-to.

Y cierro.

Cerré.

Necrológica: Realmente no sé aún cómo pude escribir la novela en aquellas semanas, que yo creí las peores de mi vida, pero que no fueron más que el prólogo a meses y meses de infierno en los que a menudo me vi más muerto que vivo, en los que siempre me quise más muerto que vivo. Pero aquí estoy, siendo aquí lo que sea. Si es por mucho tiempo o no, que sólo sea resultado de mi voluntad, y no de mi falta de ella ni del azar, para lo bueno y para lo malo. Sin embargo, nada de cuanto suceda o deje de suceder cambiará el hecho de que los únicos buenos recuerdos que atesoro desde el verano del 2015, los únicos dignos de permanecer en mi memoria cuando deje de rugir la marabunta, son los asociados a y generados por la novela y la gente que, en parte gracias a ella, me acompaña desde entonces. Conocidos y desconocidos. En presencia o en ausencia. Con su compañía, sus palabras vivas o a través de estas nueve reseñas. Y creo que si estuviera en condiciones de disfrutarlo, de disfrutarlos; de tomar realmente conciencia de todo y de todos, hoy, esta madrugada, yo sería bastante feliz. Ojalá algún día me pueda permitir ese lujo.

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