Yo, como Dios, soy el que soy.

Y si no fuera porque todo es susceptible de empeorar, diría que lo peor ha pasado. O quizá porque no es posible escapar de lo peor si lo peor es uno. Así que para qué seguir corriendo. Pero debo de tener virtudes porque tengo amigos. Y alguna vez ha coincidido que una chica, aparte de enloquecer ante lo apolíneo de mi forma, me ha querido de verdad. Y yo a ella también, a pesar de mi amor por mí. Soy obsesivamente puntual, así que me mata haber llegado siempre tarde a todo. He tratado en vano de aprender de griegos, rusos y norteamericanos, aunque también y también en vano de romanos, españoles o ingleses. He hecho daño a algunas personas, pero no tienen derecho a quejarse -al menos, no mucho- porque a nadie he jodido más que a mí. Ahora estoy en un buen momento: después de mucho esfuerzo y, sobre todo del esfuerzo de mucha gente, creo haberme ganado una nueva oportunidad de arruinarme la vida. Pero quiero mucho a la gente que me quiere. También a los de antes. Y por eso me aterra que llegue el día en que haya incluso olvidado cómo sonaba la voz de aquellos y aquellas a quienes he querido y que hoy ya han desaparecido de mi vida.

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