“NO CREO QUE HAYA LITERATURA EN LA QUE EL AUTOR PUEDA ESCAPAR DE SÍ MISMO” (II)

ACALANDA

LUCAS ALBOR ENTREVISTA A JUAN MUÑOZ FLÓREZ

El pasado viernes 13 de enero se fallaron los Premios Guillermo de Baskerville, distinción a través de la que el prestigioso portal de reseñas Libros Prohibidos reconoce a la mejor novela independiente, en este caso del año 2016. El premio recayó sobre El Demacre, novela escrita por Juan Muñoz Flórez y editada por Amarante. Aquí os dejamos la primera parte de la entrevista que, con motivo de dicho reconocimiento, le realiza Lucas Albor, también autor de Amarante y finalista del susodicho premio con Golondrinas muertas en la almohada

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“NO CREO QUE HAYA LITERATURA EN LA QUE EL AUTOR PUEDA ESCAPAR DE SÍ MISMO” (I)

ACALANDA

LUCAS ALBOR ENTREVISTA A JUAN MUÑOZ FLÓREZ

El pasado viernes 13 de enero se fallaron los Premios Guillermo de Baskerville, distinción a través de la que el prestigioso portal de reseñas Libros Prohibidos reconoce a la mejor novela independiente, en este caso del año 2016. El premio recayó sobre El Demacre, novela escrita por Juan Muñoz Flórez y editada por Amarante. Aquí os dejamos la primera parte de la entrevista que, con motivo de dicho reconocimiento, le realiza Lucas Albor, también autor de Amarante y finalista del susodicho premio con Golondrinas muertas en la almohada.

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Post de autor (Completo) para Libros Prohibidos

juan-munoz-florez-210Siento colgar esa foto, pero no tengo nada mejor para parecer un autor. O peor, quién sabe. Un amigo me dijo que no le gustaba porque parecía una persona con muchos problemas. Yo le respondí que sustituyera el “parecía” por el “era” a ver qué pensaba entonces. Sonrió y a otra cosa mariposa.

Mi CV literario está cerca del 0. Unos cuantos cuentos -casi todos de terror-, de los cuales uno fue premiado (“Que gracias por todo”); una novela inconclusa por falta de planificación y porque llegó el verano y me fui a Grecia a la playa, y poco más. Triste, lo sé.

Por desgracia, mis (de)méritos están más en el ámbito académico y de la investigación. Estudié Filología Clásica, como un tal Diego Valente, y, a lo largo de los casi 10 años que me tiré en la universidad entre carrera, máster y tesis inconclusa, tuve la suerte y la desgracia de ganar varios premios. Suerte porque los extraeuros que me entraban me ayudaban a sufragar mi simulacro de vida y desgracia porque no hacían más que alimentar la gigantesca mentira que yo me contaba a mí mismo sobre mi futuro allí. Por si queréis saber alguno, el Premio Nacional de Fin de Carrera, el Premio de la Facultad de Filología de la Complutense, el Premio a Mejor Trabajo de Investigación de la Fundación Pastor o el Premio a Mejor Trabajo de Investigación de la SEEC, son de los que me siento más orgulloso. Pero vamos, aparte de para sacar el ego un poco a pasear en ocasiones como ésta, para poco más me han servido.

En fin, hace dos años me marché de la universidad para no volver jamás y poco más hay que decir de eso. Prácticamente sólo salvo los dos años que estuve dando clases en Literatura del Mundo Antiguo para Historia del Arte, que fueron alucinantes, súper estimulantes y en los que conocí a muchos de mis mejores amigos y amigas.

No tengo manías especiales, al menos no en cuanto a la escritura. Sí es cierto que “El Demacre”, por aparecer en el peor momento de mi vida y no estar en condiciones de tolerar ni un segundo de sobriedad, lo escribí pedo, qué le vamos a hacer. Me despertaba, corregía durante una o dos horas lo escrito la noche anterior, comenzaba a beber o a lo que fuera enseguida, por si acaso llegaba el pasado ahí dando duro, y me tiraba diez o doce horas en el antedicho estado de pedo, escribiendo y comentando cada párrafo con la amiga en cuya casa vivía de acogida. La novela, desde luego, es tan mía como suya. Y sin ella hoy yo no estaría escribiendo para vosotros. Pero todo esto viene a que no tengo muy claro que yo sea capaz de componer algo potable si no es sobreestimulado, o muy deprimido, o cualquier cosa que haga que tenga todos los poros del alma abiertos en canal, por decirlo en modo cursi. No es que yo sea un Tolstói, pero si tengo una chispa de talento, por mínima que sea, estoy bastante convencido de que sólo puedo prenderla a base de acelerantes de los de a flor de piel. De hecho, siempre me ha atraído bastante la idea de emular a Philip K. Dick, quien, después de un divorcio tipo Guerra de los Rose, se largó a una cabaña de la montaña a escribir durante meses con un saco de anfetaminas por equipaje. Se supone que de ahí salieron obras maestras como “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, “El hombre en el castillo” y “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”. Como experimento autoinfligido puede molar. Con el riesgo evidente de acabar tan loco como él, claro.

Tengo decenas de héroes literarios. El mencionado Philip Dick es uno de ellos, por supuesto. Los rusos y los norteamericanos son los autores en quienes más quiero verme. Más que como autor como persona. Para mí ellos son ejemplos de todo, hasta los “peores”. Dentro de unos años, yo querría llegar a provocar en algún chaval lo que gente como el mencionado Tolstói o Ross MacDonald provocaron en mí, que va mucho más allá de la adoración loca por sus novelas. Es haber encontrado por fin hacia dónde mirar cuando estás perdido, un interlocutor que parece conocer todas las respuestas que a ti te faltan. Pero claro, para eso hay que llevar a cabo una despiadada e integral revolución ética en uno mismo o venir así de casa, y yo ni una cosa ni la otra. Pero cuando leo busco eso, gente que me dé luz, que me ayude, gente con la que me pueda imaginar hablando un rato emocionados los dos, o gente a la que poder escuchar mientras me cuenta cosas en forma y fondo que yo jamás podré ni siquiera soñar. Por citar a unos pocos, diré Lermontov, Chandler, Vian, Catulo, Safo, Miguel Hernández, Dostoievski, Bloch, Lovecraft, Himes, Calvino, Tucídides, Pardo Bazán, Turguenev, Istrati, Sófocles, Hammett, Polydouri, Arquíloco, Tácito… Y hace nada una chica a quien no conozco me recomendó a una poeta alucinante: Sara Teasdale. Será ídolo futuro con seguridad.

Por otra parte, ahora mismo no escribo nada de ficción. Yo estaba completamente fuera de este mundo y no tenía ni redes sociales, ni blog, ni colaboraba con nada ni con nadie. Ahora mismo aspiro a tuitstar, escribo para mi blog “El Demacre y yo” y, cuando consigo ponerme medio serio, le envío los frutos de mi putrefacta sapiencia a La Piedra de Sísifo, algo que he conseguido ni más ni menos que tres veces desde septiembre. Heroico. Pues bien, todo eso se lleva el escaso producto que mis neuronas pueden parir. Además estoy a muerte con la radio de “Espacios Europeos” y no tengo la cabeza para meterme en otra historia. Sí que voy acumulando escenas, personajes y diálogos para la próxima, que no sé si estará lo suficientemente despegada de “El Demacre”. No obstante, aún es todo un magma informe no obstante que bello. Pues al principio fue el Caos, que no el Verbo. Y el Caos era un Bostezo Cósmico. Eso aprendí yo en las clases de Hesíodo, al menos. Gran lección de vida.

Trabajo dando clases. De lo que sea. Normalmente me desplazo en bicicleta, lo cual lo deja todo a medio camino entre lo tierno y lo patético. El germen de la novela en realidad surgió de mis bien fundamentadas tentaciones por ofrecerle mi colaboración a algún Chi de la vida o de convertirme yo mismo en uno, pero fui cobarde y decidí mantenerme -más o menos- a este lado de la ley y sólo fantasear con la posibilidad de lo contrario. También es posible que en primavera de nuevo me vaya de España (aplausos). He vivido ya en Serbia y Grecia y tal vez los desgraciados filipinos me sufran durante un tiempo. Pero todo está por ver. Amo mi ciudad, amo a mis amigos y amigas y sólo me hace falta que un par de cosas mejoren para que decida prolongar sine die mi estancia por aquí. Lamentablemente para mí, no hay muchos visos de que eso vaya a suceder, por lo que las probabilidades de que emigre una temporada son altas.

Por último quiero daros las muchísimas gracias por la nominación y añadir que, de resultar ganador del PGB16, donaré el montante del premio en su totalidad a causas benéficas.

Reseña reseñarum o Cómo exegi Demacre perennius aere

el-demacre-portada

Han pasado ya casi cinco meses desde la publicación de “El Demacre” y algo más de un mes de su presentación. A lo largo de todo este tiempo, hasta nueve reseñas/críticas han aparecido en diversas webs y blogs (el siguiente nivel a desbloquear es el de la prensa de masas, ambicioso malo que es uno), todas ellas entre positivas, muy positivas y Juan-eres-mi-Dios. Es por esto que, acuciado por mi sed insaciable de autobombo, creo llegado el momento de hacer una Reseña de reseñas y comentar siquiera brevemente cada una de ellas. En plan Memorabilia de emperador romano random, pero antes de que, como a los mejores de entre ellos, la obesidad mórbida y la vejez me resten atractivo y, consecuentemente, credibilidad.

Como todos mis fans a este y al otro lado del Atlántico saben, la primera crítica que recibí fue la de Libros Prohibidos. Yo hacía tiempo que seguía la página y estaba al tanto de que, aparte de reseñar novelas de autores consagrados y noveles, para estos últimos organizaban unos premios llamados Guillermo de Baskerville, en los que un jurado elegido al efecto decidía la mejor novela independiente y el mejor libro de relatos también independiente del año. Así que, una vez vencido el miedo a ser aniquilado en alguna de sus desorinantes críticas -cuando no eres tú el objeto de las mismas, obvio-, me decidí a enviarles la novela. Y claro, dos segundos después me jiñé. Varias veces durante esos días interminables pensé en escribirles para pedirles que mejor se olvidaran, que todo había sido un tremendo error (¿o era horror?) fruto de mi estupidez irredenta e irreversible. Incluso contarles mi perra vida, mis desgracias, hay condenados a muerte más ilusionados con el futuro que yo y eso, arrastrarme cual gusano y suplicar clemencia. Pero por suerte y por mi tendencia natural a no hacer nunca nada, me quedé sentado a esperar la demolición de mi recién iniciada carrera como (pseudo)novelista. Hasta que una noche cualquiera de verano, harto yo de beber y lamentarme, entré en la web y me encontré mi nombre y el de la novela de frente. Zaj-ca. Sin embargo, me medio armé de valor. Recurriendo a un recurso defensivo que vengo empleando desde niño, puse ojos bizcos para poder leer sólo por encima y, sorprendentemente, lo que logré intuir en la borrosa pantalla prometía. Así, dejé de bizquear (a los pocos segundos le entran a uno unas náuseas que flipas), empecé a leer con atención y, poco a poco, ojiplático de todas todas, fui abandonando la fase depresiva y entrando en la maníaca sin solución de continuidad. La persona que había escrito la reseña, Susana, que estará (algún día) en los cielos, no sólo la calificaba con una nota muy alta, sino que de su lectura se desprendía que había disfrutado locamente con casi todo lo que en la novela había. Y yo no escribo más que para eso. Como te lo cuento. Bien, no he encontrado hasta hora un análisis tan minucioso, una comprensión tan clara de cada elemento de la historia y, lo más sorprendente, una escritura, en realidad, en fondo y forma tan cercana a la mía, tal la que tuve la alegría de leer entonces. Y como no tengo ni idea de quién es Susana (existentia etiam probanda) ni si algún día se cruzarán nuestros caminos, aprovecho desde este post que ella sin duda jamás leerá para darle las gracias por el oasis de felicidad en el que dormí aquella noche. Y oh sí: nominadito que estoy a los premios de marras.

Poco después de la reseña de Libros Prohibidos, apareció la de La Piedra de Sísifo, de la mano de Lucas Álbor. ¿Que quién es Lucas Álbor? Dudo de que ni el mismo lo sepa –ni le importe-, pero por lo que yo he podido colegir estos meses en los que se ha convertido en protoamigo, Lucas es un joven y talentoso escritor de día y un aún más joven y talentoso ciberdepredador de noche. En aquella época, por el mes de julio, yo sólo conocía a Lucas a través de un amigo común. Mi relación con él se reducía a unos cuantos privados de facebook y una única noche de cubos en Príncipe Pío en la que nos dedicamos a decirnos lo maravillosos y auténticos que éramos y a manifestarnos enormemente sorprendidos de no hallar muchacha alguna deseosa de suicidarse en nuestra impagable compañía. Nada más. Que no es poco, oye. Pero nada más. Pues bien, Lucas, aparte de contarme su historia como escritor debutante (me llevaba seis meses de ventaja), me recomendó enviar la novela a La Piedra de Sísifo, dado que él colaboraba allí y podría hacerme la reseña. No obstante, me advirtió de que sólo lo haría en caso de que la novela le gustase lo suficiente como para ello. Y si no, al blog o a algún sepulcro semejante donde pudrirse sin llamar mucho la atención ni dañar su nombre (¿¿¿su nombre??? Lucas, Lucas…). Semanas más tarde y varios litros de cerveza en común después, me reconoció que entonces había tenido ese miedo tan habitual -y por desgracia tantas veces tan bien justificado- a la novela del amigo del amigo, ese miedo tan habitual a tener que decirle al escritor que empieza que termine ya, que mejor no siga, o que si sigue, se atenga a las consecuencias; a decirle, en definitiva, que su novela es una puta mierda enorme sin emplear las palabras “puta” ni “mierda”. Y menos aún, “enorme”. Pero no fue así. Lucas devino Demacrer desde el minuto uno y, aparte de acosarme por whatsapp a medida que iba leyendo la novela y enamorándose de mí -o viceversa-, regurgitó una crítica extraordinaria y compleja, centrada y concentrada especialmente en el tejido (a)moral que viste (o desviste) la novela. Todo ello además en el contexto de una comparación más de forma que de fondo con Breaking Bad. Cuidadín, que es buena, ¿eh?. De ahí en adelante, nuestros caminos no se han vuelto a separar. Yo leí su novela, decidí que también podía respetarlo y por lo tanto apreciarlo, y, aunque ahora él reserve sus mejores mensajes instantáneos para sus instantáneas amantes, sé que lo que la literatura ha unido nada podrá separarlo. Si acaso sus laísmos.

Posteriormente, llegaron en cascada las críticas de los blogs. Y pese a que en principio yo pensaba que la novela, por forma y por fondo, no se compadecía bien con el tipo de literatura que estos sitios y quienes los llevan suelen apreciar, lo cierto es que las reseñas fueron tan positivas como las otras. En cualquier caso, para mí lo importante en este párrafo no es destacar una u otra reseña ni subrayar este u otro comentario concreto, pues lo que ahora persigo es que quien lea este post a mi mayor gloria tenga bien claro mi reconocimiento a esta gente y a su labor. Todas ellas fueron muy amables y generosas conmigo desde que las contacté, sin conocerme de nada ni ser yo nadie, y pusieron a mi disposición todos sus medios: desde sorteos hasta críticas, pasando por la promoción del booktrailer. Es gente que ama sin matices la literatura y su mundo y que, aunque yo tenga -como tengo- una visión y un amor distintos de la misma y del mismo, resultan imprescindibles para quienes empezamos en esto sin nada que ofrecer a cambio de su ayuda, su tiempo y su esfuerzo más que unas insípidas gracias por mail y el ejemplar de una novela de la que nadie ha oído hablar y que a nadie le interesa. Y en la que, para más inri, hay más cristal que en una convención de fabricantes de ventanas. Únicamente, antes de poder volver a ser yo y dejar por fin de impostar humanidad, que me agoto, voy a retractarme por enésima vez en mi vida e incluir las dos reseñas de este grupo que considero mejores. Por un lado, la de Libros Que Hay Que Leer, cuya administradora, Consuelo, organizó un sorteo de la novela en su blog y se portó conmigo desde el principio como no me merezco; y, por otra, la de Mari, de La Isla De Las Mil Palabras, ganadora de ese sorteo y autora de una reseña estupenda por el cómo y el qué. Un cómo y un qué que me ponen por las nubes, para qué vamos a negarlo. Pues nada, que gracias, bloggers.

Dos más y acabo. Paciencia viene de padecer y es familia de pasivo. Como felación de feliz.

Antes de que yo escribiera “El Demacre”, Luis Sarabia, profesor de Filosofía y fotógrafo (vago y rojo), era uno más de esos supra mencionados amigos de amigo a quienes uno ve de cuando en cuando en bares grasientos, en casas con gato o en esas fiestas populares en las que después de horas de orgía reggaetonera e interacción con la subhumanidad, uno empieza a fantasear con cosas genocidas. Pues bien, en uno de aquellos akelarres cañís le hablé a Luis de la novela unos días después de terminada, a finales de agosto del 2015. Yo estaba entonces muy ocupado en llorar la pérdida de mi exnovia y además creo que había consumido algún tipo de estupefaciente, así que mis recuerdos de aquella noche son tan fiables como los que tengo de los Reyes Magos pasando por delante de mi habitación. Sin embargo, al día siguiente le pasé “El Demacre” por mail. Y pese a su advertencia de que hasta diciembre no podría empezarla, dada la ingente cantidad de libros que tenía aún por delante (y seguramente esperanzado en que aquel despojo humano -léase yo- se olvidara de él y de su novela y se librara del marronaco), pocos días después la había terminado, hecho suya, y -lo mejor de todo- aquel tipo raro e inteligente acababa de confirmar que cumplía uno de los requisitos sine quibus non para gozar de mi preciada amistad: admirarme. Y hasta hoy. Suya es, como lo son también la idea primigenia del booktrailer o varias precisiones sobre el texto original, la reseña de la novela en Espacios Europeos, que capta con absoluta fidelidad lo que la novela significó para mí y quise que significara para quienes, por desgracia para ellos y quienes les rodean, sienten como propio el mundo de “El Demacre”. Luis Sarabia, en definitiva, es mi amigo. Y yo lo siento mucho por él.

Llego al final de esta hagiografía a cuenta ajena con la reseña de Rocío Barbero publicada en La Huella Digital. El caso de Rocío, en verdá, es bastante semejante al de Luis: amistades embrionarias -o aun cigóticas- en tiempos ante Demacrem que, con el cambio de era, se han convertido casi en parafilias. Justamente así ha sucedido con Rocío, de quien aún dudo si su motivo de perseverar en nuestra amistad se debió más a su deseo de salvarme de la autodestrucción o de participar de ella. Sea como fuere, se me hace muy difícil imaginarme la vida ahora sin ella y sin esta revigorizante mezcla de salud y enfermedad en la que todo pasa entre nosotros. Su reseña, por tanto, es la de una persona que me quiere, el texto entusiasta de una persona que encontró en la novela no sólo una buena -a su juicio- historia de ficción, sino a un (mal) amigo para la vida real. Así que nadie busque en ella objetividad o distanciamiento porque buscará en vano. Y quizá precisamente por eso, la reseña es brillante y honesta, como lo es su autora y, desde luego, dado su enamoramiento loco por mí nunca confesado, escrita con la pasión y el conocimiento propios de quien tantas horas de su vida ha dado por la novela y todo lo surgido en torno a ella. Si no la disfrutas es porque de tanto Ruiz Zafón se te ha hecho el cerebro mierda reconcentrada. Que yo por Rocío ma-to.

Y cierro.

Cerré.

Necrológica: Realmente no sé aún cómo pude escribir la novela en aquellas semanas, que yo creí las peores de mi vida, pero que no fueron más que el prólogo a meses y meses de infierno en los que a menudo me vi más muerto que vivo, en los que siempre me quise más muerto que vivo. Pero aquí estoy, siendo aquí lo que sea. Si es por mucho tiempo o no, que sólo sea resultado de mi voluntad, y no de mi falta de ella ni del azar, para lo bueno y para lo malo. Sin embargo, nada de cuanto suceda o deje de suceder cambiará el hecho de que los únicos buenos recuerdos que atesoro desde el verano del 2015, los únicos dignos de permanecer en mi memoria cuando deje de rugir la marabunta, son los asociados a y generados por la novela y la gente que, en parte gracias a ella, me acompaña desde entonces. Conocidos y desconocidos. En presencia o en ausencia. Con su compañía, sus palabras vivas o a través de estas nueve reseñas. Y creo que si estuviera en condiciones de disfrutarlo, de disfrutarlos; de tomar realmente conciencia de todo y de todos, hoy, esta madrugada, yo sería bastante feliz. Ojalá algún día me pueda permitir ese lujo.

Dadme un micrófono y moveré el mundo

radio

Por su interés, reproducimos el siguiente texto aparecido en redes sociales:

“Este miércoles 30 de noviembre estamos de enhorabuena en Espacios Europeos. Y es que estrenamos un nuevo programa: Espacio de Libros. Presentado por Juan Muñoz Flórez, Espacio de Libros nace con el feliz y quincenal objetivo de traspasar los a menudo estrechos límites de la literatura e incorporar, a golpe de entrevistas y debates, todo aquello susceptible de ser puesto negro sobre blanco. Buscamos y pretendemos un enfoque valiente que no tenga miedo de lo temerario, atrapar en nuestra jaula al mayor número de oyentes posible, divertirlos, interesarlos y -por qué no- preocuparlos. Nada que mereciera la pena se creó jamas desde la prudencia medrosa y la autosatisfacción. Y si no lo logramos, que sean nuestras faltas y no las de nuestros objetivos las que se nos lleven por delante.

Así, para este primer y por tanto en precario programa, entrevistaremos al abogado y periodista Javier Castro-Villacañas con motivo de su apasionante libro “El fracaso de la monarquía”, donde el autor escruta hasta el detalle la -a sus ojos- siniestra figura de Juan Carlos I y el no menos siniestro régimen creado a su imagen y semejanza, el “juancarlismo” o monarquía parlamentaria ibérica en la que, como el preso de Dostoievski, vivimos el falso sueño de la libertad desde la muerte del dictador Franco. A continuación, en un debate a tres bandas entre el propio Javier Castro, Yolanda Cerrato (actriz y poeta) y Eugenio Pordomingo (sociólogo), analizaremos en profundidad la controvertida figura del exmonarca Juan Carlos I, las semejanzas y divergencias de su reinado con el de su heredero Felipe VI, así como la posibilidad del adviento -y en qué forma y condiciones- de la tan temida y anhelada a partes iguales III República.

Que no falte nadie.”

Radio, ¿por qué te haces esto?

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El mundo está de luto. Por si no fuera bastante suplicio leerme, ahora también se me puede escuchar. Y on a weekly basis. ¡The horror, the horror!

Sí, hijos, lo siento.

Y es que el pasado jueves 10 de noviembre, y tras haber conseguido engañar a varias personas, tuve la suerte alucinante de empezar a colaborar en la tertulia semanal de Espacios Europeos, un programa de radio de corte político donde yo iré cada siete días y hasta que me echen -más pronto que tarde- a hacer como que sé de lo que hablo.

Para mí, con unas ínfulas de grandeza que dejarían a Nerón a nivel de monje franciscano, la oportunidad de participar en algo semejante y de conocer a gente que seguro tanto me enriquecerá era sencillamente irrenunciable. Trataré de hacerlo lo mejor posible, obvio, y así corresponder a la confianza que el director, Eugenio Pordomingo, ha depositado en mí, pero, como bien dice el proverbio ruso: “con la mentira se puede llegar muy lejos, lo que no se puede es volver”.

Así que dure lo que dure, siempre será más de lo que debería haber durado.

Drogas y Literatura (I): ¿Elemental, querido Watson?

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De niño, como tantos otros niños de todo el planeta a lo largo de los últimos ciento treinta años, yo leía sin parar novelas y relatos que tenían por protagonista a un cocainómano. Mi ídolo, el farlopero, poseía una de las inteligencias más poderosas de la literatura universal, un vigor envidiable, un absoluto control sobre cualquier situación, una autoestima a prueba de cualquier equívoco, y sobre todo -consecuencia lógica de lo anterior- una inquebrantable fe en sí mismo y en sus extraordinarias cualidades, capaces siempre de garantizarle el éxito en cuanta empresa acometiera. Sí, mi cocainómano era casi un dios para mí, la pluscuamperfección hecha hombre, el padre de ficción que me sustituía al casi siempre ausente en la realidad… Snif. Joder, yo amaba a mi cocainómano por encima de muchas cosas, si no de todas.
Y es que yo amaba, a que ya lo sabes, a Sherlock Holmes. ¿Elemental, querido Watson?
Susto o muerte. Whatever.
Seguimos.
De todos modos, aquí hay truco, que no trato. Oh, sí. Lo hay porque no fue sino hasta muchos años después que yo supe que había hecho de un cocainómano un héroe infantil. Repito: lo hay porque no fue sino hasta muchos años después, en torno a los locos años veinte, que volví a releer las historias de Sherlock Holmes. Y lo hay porque fue entonces, y sólo entonces, que descubrí que, aparte de fumar en pipa y tocar el violín cual snob cualquiera rollo Javier Marías, cada vez que Sherlock, toda una puerta de la percepción en sí mismo, se sentía aplastado por la vida en forma de sopor, abulia o melancolía insoportables -ay hermano victoriano-, recurría a una “trascendentalmente estimulante y esclarecedora para la mente” inyección de cocaína al 7%. Y así, el bueno de Sherlock, por fin estimulado, esclarecido y, a ver si no, enzarpado hasta las cejas, se recostaba ensimismado en su vieja butaca y leía. Y pensaba. Sí, hombre, nada más que eso: leer y pensar. Sobre todo pensar. Pensar dentro y pensar fuera. Pensar en el todo y pensar en la nada. Pensar sin pensar. Un yonki solitario. Un yonki loquísimo. Un yonki bueno, un puto triunfador. Eso es: un yonki de nombre Holmes, Sherlock Holmes. De nuevo: ¿Elemental, querido Watson?
Pues depende, oye.
He pensado mucho todo este tiempo por qué yo, de pequeño, no me daba cuenta de nada. Y lo de que en general, debido a esa misma condición pequeña mía, no me enteraba de la misa la media mejor ni considerarlo. Yo sabía de sobra qué era la droga. Era imposible no saberlo siendo un niño de los ochenta en el centro de Madrid. Jugaba entre jeringuillas en el parque con mucho cuidado de no pincharme porque aparte del SIDA te hacías adicto instantáneamente; a mi colegio venían regularmente mentirosos profesionales a ponernos los dientes largos con la milonga de que ojo con las calcamonías de drogaína gratis total que demonios vestidos de personas regalaban a los niños a la salida de clase; todas nuestras madres y padres tenían algún familiar, amigo o conocido aniquilado por la droga o en vías de estarlo y no se preocupaban de ocultárnoslo. Todo era droga allí y entonces. ¿Todo? No. Sherlock, no. Mierda, qué maestro del disimulo el Sherlock. Cabalgando después de muerto éste también. ¿Pero y por qué? ¿Por qué nadie parecía enterarse? ¿Una conspiración de silencio tipo Reyes Magos pero con mirra a 50 pavos el pollo?
Es eso. Es eso y su contrario.
Qué profundo te pones.
Para empezar, pocas veces en la historia de la literatura -hasta donde yo conozco, que no sé si es mucho ni poco-, se ha tratado con mayor verismo el consumo de droga, al menos de las tan alegre y acientíficamente calificadas como “drogas duras”.
¿Y en qué consiste ese tratamiento realista de la droga mala aparentemente tan especial? Pues, paradójicamente, en la misma ausencia de tratamiento. Me explico. Cada vez que Sherlock decide darse un homenaje a base de cocaína de la buena, no hay juicio. Y no hay juicio ni en el texto ni en el contexto. Y es que ni el narrador reprocha expresamente a Sherlock su uso (salvo admoniciones monjiles de corte humorístico de Watson tipo “tiene usted que dejar ese vicio tan desagradable” con cara en realidad de dame-de-lo-tuyo-pirata), ni -recurso estándar de la rancia contemporaneidad- el consumidor es pintado con tenebrosos trazos de fracasado, perdedor o desequilibrado, sino, y aquí la burla genial de Conan-Doyle, justamente todo lo contrario.
Sin embargo, olvidémonos: lo más importante de lo visto hasta ahora, lo desgraciadamente revolucionario por inhabitual, no es si Sherlock consume droga o no, que sí, ni si ese consumo roza la adicción o no, que también. Lo verdaderamente crucial aquí es que el consumo de droga -tan moralmente condicionado en la literatura moderna- le resulta tan absoluta y maravillosamente indiferente al lector y al autor de los relatos como a los propios personajes de los mismos, y que, así, la cocaína, en lugar de desempeñar el rol desestabilizador o incluso degenerador que generalmente tiene reservado hoy en el imaginario colectivo, no es en la obra de Conan-Doyle más que otro de los muchos elementos que hacen de Sherlock ese ser perturbadoramente complejo, tan ambiguo, cautivador hasta la demencia, que a tantos y tantas nos ha dado cientos de horas del más absoluto placer emocional, sentimental e intelectual.
Por tanto, en mi aletargada opinión, si Sherlock es un héroe apto para todos los públicos aún hoy que la consideración de la droga es muy diferente a la de la época en la que fue concebido -mucho habría que hablar también sobre esto-, es entre otras cosas porque su autor nos presenta la droga completamente incardinada en la cotidianidad del individuo y desprovista de cualquier consideración moral. La droga no es aquí, como ya he dicho, factor de desestabilización alguno, sino estimulante poderoso capaz de guiar al yo hasta el más recóndito sagrario de la mente. Y ésa y no otra es la razón fundamental para que los caminos de Sherlock y la cocaína converjan: el ansia indomeñable de conocimiento, el combate a muerte contra el hastío, el empuje del inconformismo. Y ésa y no otra es, también a mi juicio, la razón fundamental para que Sherlock no se duerma en los potencialmente letales laureles de la cocaína: la perfecta consciencia de que la droga no debe ser otra cosa más que herramienta, sólo plataforma, nada sino medio para alcanzar Sherlock ese mismo conocimiento, verdadero motor de su existencia. Y en consecuencia, nunca, por nada del mundo, hacer de la droga fin en sí misma. En definitiva: nunca sustituir el conocimiento que proporciona la droga por el conocimiento que está en la droga.
Conan-Doyle, como buen consumidor (“buen” aquí en el sentido cualitativo del término, de nuevo no moral), supo precisar como pocas otras veces se ha hecho antes y después el retrato del consumidor habitual, un consumidor tan real, por fortuna, como el miserando enfermo, arruinado en todos los aspectos de su vida, que tan a menudo y de manera unívoca y excluyente nos presentan la literatura y el cine contemporáneos en su hipócrita e infantil cruzada por demonizar la droga. No es este post ramplón y manipulador el lugar para analizar por qué se desató esa histeria antidrogas curiosamente poco después de que Sherlock Holmes muriese a manos de Moriarty -para luego marcarse una resurrección que ni el superhéroe de Belén, tú-, pero si hay alguien que se crea que aquello fue por salvaguardar nuestra salud física, mental y moral, lloro de pena por su alma negra.
En cualquier caso, antes de que mi último lector también me abandone, hay una pregunta final que se me hace pertinente:
¿Sostendría nuestra moderna sociedad un héroe como Sherlock, un héroe con su socarronería, su brillantez, su pulcritud, su intenso aunque contenido romanticismo, su valor, su ingenio, su versatilidad, su energía, su fuerza, su integridad… pero también con su cocaína? ¿Podría nuestra moderna sociedad entera, de 0 a 99 años, soportarlo en toda su diversidad? ¿Podría, por reducirlo aun más al absurdo, ganar por ejemplo el Planeta un libro protagonizado por alguien así?
Muchos pensarán que sí, que comparados con la Inglaterra del XIX somos el no va más de la transgresión y que esa burda doble moral hermana pequeña de la victoriana no tiene ya cabida entre nosotros; que, aun doblemoralistas natos también, al menos nos hemos sofisticado un poco con el paso de los siglos y que por tanto cómo no vamos a haber superado ya esa ola de puritanismo -o idiotismo- que nos asoló durante casi todo el siglo XX. Claro que sí. Si Sherlock existe, ¿por qué no otros? ¿Por qué no nosotros?
Pues no lo sé. Yo no sé nada de muchas cosas. Tampoco de ésta. Pero por favor, si eso es así, sólo que alguien me explique por qué en la muy moderna y por otra parte excepcional serie sobre Sherlock de la BBC, siempre que miro nostálgico su brazo en busca de los otrora abundantes pinchazos de la aguja hipodérmica, lo único que mis ojos vidriosos encuentran son parches -¡ah traicionera metáfora!- de triste, tristísima, nicotina.
Y ahora sí:
Elemental, querido Watson.

Cronología de un posible suicidio

here-and-now-413092__180Una y cuarto de la mañana, sentado delante de un ordenador que ni siquiera es mío en una habitación que tampoco es mía. Me pregunto cuántas cosas me quedan. Quizá sólo la fábrica de mierda en la cabeza. Esa sí que está y sí que es mía. La noto, sí la noto, sí que la noto. Noto cómo saca paladas de mierda a destajo, sin descanso, una tras otra, en turnos de veinticuatro horas al día siete días a la semana, y cómo me embadurna de mierda las paredes del cráneo. La mierda también es mía. Lo único que me queda. Me crujen los ojos. Ojalá no tuviera que pensar así.

Una y veinticuatro de la mañana. Me vigila la noche, una noche que claro que no es mía, pero que no me deja que la abandone. No me muevo ni un milímetro. Por miedo, por miedo a la noche. Me contento con imaginar que me levanto de la silla. Me cruje el labio, no la silla. Arrastro los pies -¿también crujen?- hasta la cama de alguien que no está más conmigo y me tapo con cuidado de no dejar los pies al aire. Quiero morir pero no quiero coger un catarro. Me veo oscuro bajo la noche solitaria. Hola, Virgilio. Un segundo, no te vayas: ¿cómo es morir joven? Dios mío, ojalá no tuviera que pensar así.

Una y treinta y dos de la mañana, me arden los ojos ante la pantalla-no-de-mi-propiedad. Aún no me voy a la cama. Me da miedo. También. Cierro los ojos y se abre la pesadilla. Te veo, te veo en un lado y en otro. Plagio porque es muy tarde y porque tengo miedo. Miedo a seguir viviendo y a no verte más que en pesadillas de sesión continua en butacas más incómodas que las de la filmoteca. Verte y quererte y no poder verte ni quererte. Estoy pensando en hacerme un puré de Paracetamol y ponerme amarillo antes de ponerme azul. Que baje Dios y lo vea. Pero no, Dios odia a los suicidas. Y tú. ¿No serás Dios? Todo el mundo nos odia. Nos odian porque nos entienden. No, no falta ningún “no”. No sonrías, por favor. No te rías de mí. Ojalá no tuviera que pensar así.

Una y cuarenta y siete de la mañana, la vejiga llena de un líquido hecho de terror. Ese terror también es mío, como la mierda de mi cabeza. Segrega y segrega. El dolor, el dolor también me pertenece. Presente, pasado y futuro. Siempre pluscuamperfecto. El dolor. Miro a mi alrededor y no hay nadie, sólo ella, que me acaricia la carne de gallina: mi novia invisible. ¿O era in(di)visible? Yo desde luego no lo fui. Mera porción e indigesta. Cierro los ojos nada más que para ver cómo me masticas y me escupes. Y yo que no quiero más que volver a meterme en tu boca. Vomítame o mátame. Amor mío, ojalá no tuviera que pensar así.

Una y cincuenta y siete. Sí, de la mañana. No quiero nombrar la noche. Noche. Lo digo y no pasa nada, pero sé que sólo está esperando a que no la mire. Créeme. Es siempre lo mismo. Dice que vaya, yo voy, y cuando ya he ido no me deja marcharme. He comprobado que de día también es de noche. Y que hoy es siempre ayer. Pero tú estás mañana. Por eso no puedo. Me dirijo a ti, Dios (Dios tiene forma de novia invisible, como se sabe): si piensas que me he vuelto loco te invito a que me abras la cabeza y mires dentro. Pero ten cuidado, la mierda salpica. ¿Lo ves? Te has puesto perdido y perdida. ¿Pero por qué vas a que te limpie ese otro, Dios? Déjame que te limpie yo, por favor… No, ojalá no tuviera que pensar así.

Dos y diez de la misma mañana, sobre la misma silla. Bebo de lo suyo. Busco razones. Tengo amigos y amigas, un libro, me he encaprichado un poco. Pienso en ti. Te sientas en el otro plato de la balanza y mis amigos, mis amigas, mi libro y mi poco capricho salen catapultados. Te columpias en el plato. Eres tan hermosa. Te quiero tanto. Pero tú tampoco eres mía. No sé por qué sigo empeñado en la segunda del singular. Le doy al volumen. Oigo tus palabras, me oigo pasar, el tren de tu vida, el único que va a pasar, lo coges, me besas, no veo las vías, aparta, no, el tren que descarrila, el tren que cruje, el tren cuyos pasajeros -todos- mueren entre nada divinos aullidos de horror. Pero tú te habías bajado antes. Por qué no me salvaste, por qué me dejaste morir allí sin morir allí con todos los demás. Responde. Bebo y grito, grito y Bebo. Bebé, decías. Respóndeme. No me queda más. Y cómo si no me quedo más. Ojalá no tuviera que pensar así.

Dos y diecinueve de una mañana que es siempre aquella mañana. Recupero la calma a base de beber terror. Se viene la madrugada. Quiero decir que eyacula (hablaba el idioma de Dios). Llaman. Se abre la puerta. Ellos. Somos los hijos de la madrugada, tus fantasmas. Hemos venido a abrirte la ventana -sabemos que las venas te da miedo- y animarte a saltar. Esta noche de octubre es una noche maravillosa para morir. Es cierto, hace muy bueno. Yo miro la ventana. Me asomo. Tres pisos abajo está la paz. Los fantasmas me hacen gestos: vamos, vamos, a qué esperas. Por cierto, yo lloro. Lloro desde la una y cuarto de la mañana que me senté delante de un ordenador que ni siquiera es mío en una habitación que tampoco es mía. Los fantasmas me quieren bien. Sólo buscan arrancarme el cáncer de Dios que se me está comiendo el alma hasta las entrañas. Saltar y morir o no saltar y seguir muriendo. Lo sé: ojalá no tuviera que pensar así.

Dos y cuarenta y siete de la mañana. Sacudo la lata de terror desesperado: ni una gota. Qué tarde es. Tarde para qué. A mis espaldas la cama de alguien que un día fue mi hermano me dice “túmbate”. Yo no quiero. Quiero saltar, saltar muy alto y estrellarme todo contra el suelo del patio. Y que no duela. Hablo de después. Pero no sé qué hacer y me dedico a esperar una señal de Dios. Dios me quiere, tiene que quererme. Me lo dijo personalmente, me juró que yo era el mesías, el ungido, que nada ni nadie hubo, había ni habría más que yo. Y yo te creí, Dios. Así que muéstrate, por favor, no me dejes saltar. Déjame que te quiera; que quiera, aunque sea a una puta hormiga. Una lata de terror vacía en el cuarto de un extraño. ¿El extraño quién es? Yo. ¿Saltamos? Ojalá no tuviera que pensar así.

Tres cero dos de otra mañana en la que no hago más que pensar así.