Conociendo de cerca a… Juan Muñoz.

Natural de Madrid, de edad indefinida (objeto de discusión entre los especialistas, según sus palabras) acaba de publicar El Demacre, con la editorial Amarante, la cual se presentará en la capital …

Source: Conociendo de cerca a… Juan Muñoz.

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Perras Salvajes

Por Juan Muñoz Flórez

“¡Dijérase que, desde la cuna, había presentido aquel encuentro! ¡Dijérase que lo temía por instinto, como cada ser animado teme y adivina, y ventea, y reconoce a su antagonista natural antes de haber recibido de él ninguna ofensa,
antes de haberlo visto, sólo con sentir sus pisadas!

Pedro Antonio de Alarcón, La mujer alta

El Alsa de las 15:30 procedente de Madrid con destino Ponferrada y parada en Astorga redujo velocidad, giró a la derecha y se salió de la A-6 para meterse por una carretera comarcal salpicada de charcos y remiendos. Contra el horizonte, a lo lejos, el recorte difuso de la pequeña ciudad en alto, apenas visible a través del vaho que enmascaraba las lunas de las ventanas. El silencio en el autobús casi absoluto, letárgico. Tan sólo el murmullo feliz de algunos niños de batería eterna jugando a la DS en los asientos traseros. A los adultos la calefacción del autobús los mantenía en un confortable estado de cálida modorra. Es que ahí fuera tenía pinta de hacer una rasca que te cagas.

En el andén número uno de la estación de autobuses de Astorga esperaba un hombre de mediana edad y aspecto aburrido. Se llamaba Celestino y era profesor de religión. También director del IES Santa Mónica, en el barrio del Aljibe. Por eso justamente estaba ahí, pasando frío. Chasqueó la lengua en un gesto de impaciencia. Ojalá no lleve retraso, porque qué hambre, coño… El aire húmedo de aquel mediodía de noviembre olía a embutido. A cecina, chorizo y lomo. Y a queso de oveja bien curado. Del monte Teleno soplaba un viento helado, duro. Una densa capa gris cubría el cielo. Celestino se sorbió los mocos y echó cuentas. Primer día sin lluvia desde el martes de la semana pasada. Y estamos a viernes. Pues ya tocaba, ¿eh?, ya tocaba. Que joder con la lluvia…

Pasaban cinco minutos de las y media. Escondió de nuevo el reloj bajo la manga de su americana verde pistacho y dio un pequeño paseo hasta la salida de la estación. Cruzó la calle. Los pies en el verde del Melgar. Ante sus ojos el cuadro mil veces visto. La muralla romana –tantas veces remozada que de romana sólo le quedaba el nombre- y en su seno, destacados entre la maraña de casas, bares e iglesias, el palacio episcopal (¿Gaudí o Disney?) y la catedral gótico-flamígera lanzada a los cielos. Celestino tragó aire frío, alzó la mirada. Los pináculos de la catedral se erguían desafiantes, rojos, afiladísimos, como si se estuvieran preparando para agujerear el éter de un momento a otro. Señor… Celestino se santiguó. Experimentaba de nuevo aquella sensación de aplastamiento, de insignificancia, que tan bien conocía desde que de muy niño, mucho tiempo pasó y casi ni me di cuenta, paseaba por allí casi cada día de la mano de su abuelo. Pero aquello, aquel calambrazo en el alma, no dolía. Qué va. Al contrario, era algo placentero. Era casi euforia, un sobrecogimiento feliz, era ser consciente del lugar de uno en el mundo. En mi mundo. El que amo. Y el orgullo de pertenecer a un todo con sentido, eslabón de una cadena sin principio ni fin, tan eterna como las potencias que venero y a las que consagro mi vida. Escuchó el sonido ronco de un vehículo grande a su izquierda. Se giró. El autobús.

Apresuró el paso. Cuando llegó al andén, los pasajeros ya bajaban. El andar enlatado, torpe. Universitarios a pasar el fin de semana, emigrados con nostalgia de cocido y mollejas, algún turista otoñal… Todos se arremolinaron frente al compartimento de equipajes aún cerrado. Desde la distancia, Celestino trataba de adivinar quién sería el profesor que había mandado la consejería para sustituir a Doña Emiliana, la de Historia y Ciencias Sociales. Noviembre y de baja hasta marzo-abril. Como cada año. Dolores en la espalda. Este frío, que lo llevo muy mal, Celestino, que me coge una cosa aquí… Ay,
virgencita… Pero Tenerife o Gran Canaria, excursiones de la Asociación de Viudas Católicas a Galicia y Asturias y gira por Fátima, Lourdes y últimamente El Escorial. Celestino torció el gesto. Cómo se le puede echar tanta caradura… Lo peor era encontrársela y tener que preguntarle por la espalda. Y aguantar con cara de estreñido sus explicaciones aprendidas y sus falsos lamentos. La misma comedia cada año, a las pocas semanas de comenzar cada curso.

¿Pero qué le voy a hacer? Esto es Astorga, aquí nos conocemos todos. Hay que comportarse.
– ¿Celestino?

A su lado, unos cuantos centímetros por encima de él, sonreía un hombre joven y guapo. Estaba tan a lo mío que ni le vi. Le tendió la mano y el otro se la estrechó con desenvoltura. Poco más de veinticinco años. O no. No era fácil calcular su edad. Piel blanca, cabello rubio y largo, liso, ojos profundos, grises. La barba de los barbilampiños sombreaba levemente su rostro transformándolo en una extraña mezcla de ángel y estrella del rock. Las pocas chicas que habían bajado del bus no despegaban sus ojos de él mientras se alejaban arrastrando las maletas. Celestino apartó la mirada. De alguna manera tampoco él era capaz de sustraerse al poderoso atractivo que irradiaba el joven. ¿Qué pasa aquí? Notó cómo en algún lugar indeterminado de su cerebro comenzaba a gestarse un principio de angustia. Del cerebro bajó hasta empotrarse en la boca del estómago. Más que guapo, arrebatador. Las pupilas del chico se clavaron en las suyas durante un segundo. Sin decir nada. Imposible bajar la cabeza, resistirse. Hubiera jurado que la mirada del otro aumentaba la intensidad, la penetración, a su antojo… Celestino dejó escapar un gemido. Había sentido (¿de verdad lo he sentido?) una presencia extraña dentro de la cabeza, un elemento incontrolado vagando libre, a velocidades inconcebibles, por cada rincón de su mente. Todo fugaz, todo repentino, instantáneo. Pero todo real. Sí, sin duda. Podría jurarlo sobre la Santa Biblia. La sonrisa del joven continuaba allí. Dulce, virginal. El andén vacío y el autobús aparcado. No me puedo mover…

– Hace hambre, ¿verdad? –dijo el chico, poniéndose en marcha-.

¿Vamos?

– Claro, hombre, perdóname. Estoy que no estoy. Será que es viernes…

Había alquilado un piso en la calle Lorenzo Segura, encima de la farmacia. Cinco minutos a pie desde la estación. Muy céntrico. En el camino el joven habló. Se llamaba Yago. Había hecho las oposiciones en Castilla y León porque le apetecía conocer la región y además en su año habían sacado bastantes plazas. No dijo de dónde venía. Tampoco su edad. Sólo que aquél era su segundo destino. Celestino no abrió la boca durante todo el trayecto. La voz melodiosa del nuevo profesor le llegaba remota, rumorosa, como proveniente de algún sueño feliz y alucinante. Le inundaba una paz beatífica, total. Ni siquiera había reparado en que era él quien llevaba las maletas hasta que por fin llegaron y las dejó en el suelo. Le dio de nuevo la bienvenida y se despidieron. Estoy seguro de que te va a ir muy bien aquí, Yago. Gracias, yo también lo estoy. Tengo muchas ganas de empezar el lunes. Claro que sí. Adiós. Adiós.

Celestino echó a andar en dirección a su casa, bajando hacia San Román. Más de las cuatro ya. Un trueno amartilló con violencia la atmósfera sesteante que reinaba en la ciudad. Pasos cortos y rápidos. A los pocos metros comenzó a sudar frío. Se sentó en un banco. Temblaba. Quiso levantarse y continuar, pero no pudo. Algo parecido a una arcada se asomó a su garganta. Sin saber por qué, miró hacia atrás, hacia el lugar donde se había despedido del chico. Le costó enfocar. En sus ojos brillaba febril un miedo atroz que se había extendido ya hasta la última célula de su organismo.

II

A las ocho y cuarto de aquella mañana, en la sala de profesores no se hablaba. Se cuchicheaba. Todo era un revoltijo de eses silbantes, bisbiseos, risitas contenidas y llamamientos al silencio del estilo “calla, que te va a oír”. El que te va a oír leía un libro viejo sentado frente a la ventana, del todo ajeno al alboroto que su presencia había creado entre sus nuevas compañeras. A sus pies, tres pisos más abajo, el hormigueo de chavales. Unos que entran ya, otros que fuman ya. Grititos, nervios, saludos entusiastas (la eternidad del fin de semana sin los amigos): el universo a flor de piel de los adolescentes. Algo así, sensaciones arrumbadas en el sótano de la memoria, experimentaban en ese momento las profesoras –de treinta para arriba- que se habían encontrado con aquella maravillosa sorpresa de lunes.

Poco antes de que sonara el timbre, entró Celestino. Cargaba con un fajo de papeles, fotocopias y carpetas. Las dejó sobre la enorme mesa que ocupaba la sala casi en su totalidad, fue hasta la máquina de café y seleccionó “Descafeinado”. Al pasar junto a Yago le saludó con la cabeza, en un esfuerzo por resultar indiferente. Por la manera desconcertada en que le miraron los demás profesores comprendió que no lo había conseguido. El chico le devolvió el gesto y una onda de repentino bienestar se expandió por su cuerpo, aniquilando en una milésima de segundo el pavor irracional (¿irracional?) que
lo había mantenido en vela, en vilo, durante todo el fin de semana. Se reunió con sus colegas. De nuevo se disipa el bien, me anega el mal… En voz muy baja, Laura, la de Lengua:

– Tienes mala cara, Celestino. ¿Te pasa algo?

– No lo sé… Llevo desde el viernes así. Debí coger frío en la estación mientras esperaba a… a…
– ¿A Yago?

Asintió entre sorbo y sorbo de Nescafé. Un nudo le comprimía las vías respiratorias. ¿Por qué no puedo pronunciar su nombre? Todos los ojos ahora clavados en Yago, en su nuca agachada sobre el libro amarillento y roto que leía, que devoraba con la mayor concentración. Al escuchar su nombre en labios de la profesora no se volvió. Pero hubo algo. Un movimiento casi imperceptible, unos hombros convulsos. Celestino dijo mierda y luego perdón por haber dicho mierda. Había estrujado involuntariamente el vaso de plástico hasta reventarlo y se había puesto perdido. Café en la camisa, café en la corbata. Mi mujer. Me mata. Cohibido. Por el rictus arrugado de los compañeros. Delataban preocupación. Debo de tener un aspecto realmente horrible. Nunca los había visto así. Nunca me habían visto así… Se limpió con unos cleenex. Sonó el timbre y el grupo de profesores se rompió como una bandada de pájaros al escuchar un disparo. ¿Seré yo el pájaro alcanzado por los perdigones? Una voz tímida pero firme en la puerta:

– ¿Hola?

Celestino despegó la barbilla de la corbata manchada. Una chica de unos quince años aguardaba de pie apoyada contra el marco. Casi tan alta como el hombre, pelo negro y piel morena. Labios carnosos y nunca cerrados del todo, algo de pelusa aún en la cara. Perfecta consciencia de una belleza difícil de igualar varios cursos por arriba y por abajo. Vio el rastro de café en la ropa y no pudo reprimir una sonrisa burlona.

– Papá, ¿qué te ha p…?

No terminó la frase. Quedó colgada (¿la frase? ¿ella?), como colgados quedaron sus labios carnosos. Sus ojos habían saltado detrás de su padre, arrastrados por una fuerza irresistible, una fuerza que incluía el olvido de su pasado más inmediato. ¿Por qué estoy aquí, ahora? Celestino se dio la vuelta. Un escalofrío atravesó su cuerpo de parte a parte. Yago y su hija se miraban fijamente, aislados, congelados. Daban la impresión de estar absorbiéndose mutuamente. Pero él, él no parece interesado de la misma manera que ella… Es otra cosa… ¿Satisfacción? No lo sé, tal vez… Si fuera eso, ¿tendría algún sentido? Yago guardó su libro en la mochila y se dirigió a Celestino ignorando a la chica y al resto de profesores que aún permanecían en la sala. Su aplomo casi abúlico desmentía sus palabras:
– Bueno, Celestino, ya me toca, qué nervios… ¿Me puedes decir dónde está el aula B-2? Es que tengo la primera clase ahí.

– ¿La B-2? –notó que su voz había sonado como un graznido. Sin poder deshacerse del todo del temor que la deformaba, continuó-. Ésa… ésa es la tuya, ¿no, Ana?
La chica respondió con los ojos enganchados a los de Yago. Acentos metálicos, indiferentes.

– Sí, papá.

– ¿Puedes, eh… enseñarle tú el camino?

– Claro…

Tardaron unos segundos en torcer por el pasillo y desaparecer de la vista de Celestino. Alguien comentó con desdén que el chico tampoco era para tanto. Nadie tomó en serio aquella estupidez. Otra contestó que era para eso y para más. Rompieron a reír. Y a reír. Y que no dejaban de reír. Poco a poco la alegría fue subiendo de tono. Eran risas desatadas, desprovistas de cualquier simulacro de contención, descabalgadas. Tanto que a Celestino, parapetado tras sus papeles, le resultaban insoportablemente escandalosas. Más que eso: obscenas. Inhumanas. ¿Pero qué coño está pasando aquí? Salió de la sala, incapaz de aguantar esas risas repulsivas. Por primera vez en su vida deseó con todas sus fuerzas que alguna improbable inspección de trabajo obligara a Doña Emiliana a reincorporarse cuanto antes. Al llegar a casa rezó por ello.

III

Del calendario habían volado ya varias semanas. El invierno era inminente. Nieve un par de veces, sin llegar a cuajar. Como mucho, una plasta gris y sucia que empapaba las deportivas de los chavales y hacía patinar a vehículos y peatones. Los árboles, raquíticos y pelados, se bamboleaban al albur de los vientos y no pasaba semana sin que la lluvia arruinase paseos, partidos y botellones. El goteo de peregrinos camino de Santiago era constante. Lo más normal del mundo encontrárselos con las manos pegadas a una taza de café/chocolate caliente en los bares o comprando en las farmacias remedios para unos pies deshechos de tanto frío y tantos kilómetros. El ritmo de la ciudad, lento. La vida, un círculo perfecto tejido de rostros familiares y sin interés. Trato de sobrevivir a base de recuerdos, de la estela que dejaron en mi alma las emociones que un día habitaron en ella… El farmacéutico despachó yodo y unas tiritas y farfulló algo a modo de saludo. Celestino se sentó en una
de las dos sillas de mimbre junto a la puerta y esperó impaciente su turno. Sábado mal día. Cantidad de gente que sale a aprovisionarse de todo, incluidas medicinas. Para dormir, para soñar, para no hundirme, para tener hambre, deseo, para que no me duela, para lo que sea, pero algo. ¿Hay alguna diferencia entre ellos y el desgraciado que pide ahí fuera, en el Gadis? Demasiado para mí, pensó Celestino. Somos débiles, merecedores de misericordia y comprensión. Yo no puedo ir más allá. Dejó en el suelo la bolsa con la verdura, la fruta y el congrio y se dirigió al mostrador.

– ¿Qué tal todo, hombre? ¿Cómo va?

– Bien, bien…

El farmacéutico sonrió, medio incómodo. No me preguntes nada, por favor. Celestino se llevó la mano a la garganta. Dijo que le molestaba algo al tragar, me habré destemplado, y carraspeó, un poco por hacer más creíble su historia. Porque la verdad era que estaba perfectamente. Al menos de salud. Eran otras sus preocupaciones. Todo el mundo le decía que no, que tranquilo, que Yago es un chico estupendo y que la gente está encantada con él. Y sí, si yo no digo que no. Pero en realidad por qué lo dicen ellos, por qué así, tan categóricamente. Si no habla, no se relaciona con nadie, no se le ve por Astorga, ni de día ni de noche… Y luego están las niñas, que no le quitan ojo, que lo idolatran, que lo imitan. No dejan de leer, cuando hasta que llegó Yago poco menos que te tiraban los libros a la cara. Ahora andan con ojeras todo el día. Y es de leer, que yo las veo, al menos a la mía. La mía… Igual ése es el problema. Mi mujer me dice que estoy celoso, sonríe y luego me pellizca el moflete. Quizá sí. Yo también soy débil, merecedor de misericordia y comprensión. Pero más allá de eso, hay algo… Es acercarse él y una mezcla de horror y placer me corta el alma, me ahogo, y cuando se aleja, el horror permanece pero lo otro no, tengo tanto miedo que evito cruzármelo por los pasillos. Y si lo hago, con un ojo me llena de paz y con el otro parece que va arrancarme el corazón de cuajo… No-no sé ni lo que digo, pero necesito información, saber qué hace, quién es, adónde va, con quién habla, si es que habla… Algo. Por eso estoy aquí, para saber de él.

Se marchó poco más o menos como había venido. El farmacéutico no sabía nada. Que pagaba religiosamente el alquiler cada lunes y poco más. No, visitas no tenía. O él no las había visto. Y no, no le había comentado nada sobre nada ni nadie. Tampoco es que estuviese pendiente. No, claro que no. Si no es por nada, es que se le ve siempre al hombre tan solo… Celestino hablaba de manera distendida. ¿Qué había de raro en ello? Era sólo un hombre bueno preocupándose por otro miembro de su especie. Al menos eso se repetía mientras se palpaba el bolsillo de la camisa para comprobar que la estampita con su Santa Marta, la patrona de todo esto, seguía allí insuflando bienestar. Sólo que esta vez la bomba de amor reconfortante parecía andar más baja de revoluciones. Dos campanadas. Se le había hecho tardísimo. Y todo por espiar, por desconfiar, por sospechar de otro hombre que no me ha hecho nada. La palabra “envidia” en su cabeza destacada en letras de neón. Encendió el móvil y vio varias llamadas perdidas de su mujer. Los platos vacíos y el congrio en la bolsa. Tono clásico en el teléfono. El ring-ring de toda la vida.

– Dime, cariño

– ¿Dónde andas?

– Llegando ya…

– Bueno, no tardes –se hizo el silencio, pero no colgó. Hubo un par de arranques abortados al primer aliento hasta que finalmente se decidió-. Tienes que hablar con la niña, Celestino. Ahora le ha dado por no comer nada cocinado. ¿Te lo puedes creer? Aparte de que no ha salido del cuarto en toda la mañana… Todo el santo día leyendo, qué obsesión…

– ¿Ha ido a la iglesia?

– ¿Pero no te acabo de decir que se ha pasado toda la mañana encerrada? Que se le ha olvidado, me ha dicho. De verdad que no sé dónde tiene la cabeza últimamente…
Celestino no respondió al instante. Un suspiro, mezcla de tristeza y resignación.
– Bueno, ahora después de comer hablo con ella. Un beso.

Pero no hablaron. Cuando llegó a casa, la niña ya se había marchado a casa de Bea a pasar la tarde. Llamó luego para preguntar si se podía quedar a dormir, que los padres de Bea se habían ido a pasar el fin de semana a Gijón y que habían pensado en hacer una fiesta de pijamas con el resto de amigas. Por favor, papá, que nunca te pido nada… Celestino se ablandó rápidamente. Gracias, papá. Te quiero. Yo también. Mua. Volvió al sofá. Cambió de canal, harto de leones y cocodrilos. En la autonómica echaban el típico western de sábado por la tarde. Abrió el Diario de León por la parte de atrás. Río Rojo, con John Wayne y Montgomery Clift. Su mujer salió de la cocina con los guantes aún jabonosos, se plantó delante de la tele y murmuró hay que ver qué guapo era Montgomery Clift. Aguantó allí un par de minutos y luego volvió junto al estropajo con fuerzas renovadas y expresión ensoñadora, como si en lugar de una pila llena de cacharros grasientos, allí le aguardase un vaquero herido a la espera de sus amorosos cuidados. Celestino desvió la mirada al sofá vacío de su derecha. El fantasma de su niña riéndose a mandíbula batiente con las pelis de los Hermanos Marx le sumergió en una sima de insoportable nostalgia. Pero si no hace nada de todo eso… Cerró los ojos. Se durmió mucho tiempo más tarde, con el sabor salado de las lágrimas en los labios.

IV

Despertó desorientado. Dolor de cabeza. Las luces apagadas, la televisión en mute. Fuera, oscuridad impenetrable. El reloj marcaba las diez y media. Pero de la noche. Y pasadas. Se incorporó aún con los sentidos agarrotados y caminó con cierto aturdimiento hasta el interruptor. Un mensaje de su mujer en el móvil, a las 21:37: “me voy a entretener. Hay garbanzos con bacalao en el frigo. Besos.” Se quedó pensativo, con la mirada rebotando en los cristales negros. Mi mujer con las amigas, la niña con las amigas. ¿Y yo? Sí, ¿y tú, Celestino?

Sonó el teléfono de casa. La madre de Bea. Que si sabía dónde estaba su hija. ¿Cómo? ¿Pero no iban a pasar allí la noche todas las amigas porque vosotros estabais fuera? ¿Qué? No, nada de eso. Sí que teníamos planes de ir a Gijón, pero Pajares estaba cerrado y decidimos volvernos. Y aquí no hay nadie, ni ha dejado ninguna nota, y tampoco me coge el móvil. Un tono de histeria comenzaba a envolver cada una de las palabras de la madre de Bea. Celestino prometió avisar en cuanto hablara con su hija y colgó. Antes de marcar el número de Ana, ya sabía que daría desconectado. Y eso que yo no fui cocinero antes que fraile. Cogió el abrigo y salió escopetado.

Eran poco más de las once cuando llegó a la muralla y de las once y media cuando dejó la Eragudina después de haber peinado cada grupito de chavales en busca de su hija. Embutidos en sus abrigos, sentados en círculo en torno a la bebida, parecían pieles rojas haciendo un alto en sus migraciones de invierno hacia los territorios de caza. La mayoría de ellos eran o habían sido alumnos suyos. Todos se quedaban más helados de lo que ya lo estaban cuando descubrían al profesor de religión abriéndose paso entre botellas de alcohol barato y vasos de plástico, preguntando por su hija con los ojos húmedos, achinados por las ráfagas de viento bajo cero que los montes de León vomitaban sobre la ciudad. No, no la hemos visto. No, no suele venir por aquí. No, sus amigas tampoco. Sí, si la vemos o sabemos algo le llamaremos. No se preocupe. Pero se preocupaba. Mucho más que eso. Estaba tan aterrado que ni siquiera había en él lugar para la ira. Ideas locas que se le subían a la garganta… Sólo le salvaba de caer en la desesperación el hecho de que varias de sus compañeras estuviesen también desaparecidas, teóricamente juntas. Vagó por la noche de Astorga sin rumbo durante horas. Buscó y rebuscó en los pocos pubs que aún quedaban de la fiesta de los ochenta, recorrió los parques, los portales, las plazoletas, el Jardín de la Sinagoga, cruzó llamadas con los padres de todas las niñas, con la policía, con su mujer… hasta que llegó un momento en que, poco antes del amanecer, se sentó en uno de los bancos de la muralla, rodeado de bolsas y cristales, y se quedó idiotizado con la mirada muerta, disuelta en el rojo del sol naciente. No sentía nada. Un vacío inmenso que se lo había tragado todo: el miedo, la rabia, la pena y la angustia. Prácticamente sin batería. Un estertor. Del teléfono. Y mío.

– ¿Sí?

– Hola, Celestino. Mira, estáte tranquilo, las tenemos aquí en la comisaría y están perfectamente, con un poco de frío, ná más. Las hemos encontrao inconscientes en Castrillo, debajo del puente romano… –el policía disminuyó el volumen de su voz hasta dejarlo en confidencial-. Eso sí, una cosa, Celestino, como son menores y son niñas que hasta ahora no han dao problema ninguno, hay algunos detalles que vamos a dejar fuera de lo que es el atestao, porque nos parecen innecesarios, que podrían complicarles la vida… Al fin y al cabo, esto son gilipolleces de la edad, Celestino.
Ni fuerzas para replicar.

– Me refiero a que no vamos a hacerles análisis de lo que sería sangre ni de nada, a ver qué habían tomao –una nota de vergüenza veló el sonido-. Pero lo que sí deberías saber que nos hemos encontrao a las niñas medio desnudas y que había un montón de animales muertos ahí alrededor… A ver, nada importante: lo que vienen siendo conejos, ardillas, algún topillo… No, miento, topillos no… De hecho, tu hija… bueno, no sólo tu hija…

– Mi hija qué.

– Pues… -el policía maldijo en silencio- nada, joder, que tenía los labios manchaos de sangre, Celestino. Y los animales estaban así como despanzurraos, sabes cómo te digo, ¿no? Era un poco desagradable todo, te puedes imaginar… Una escena rara de cojones… ¿No harán la güija esa o algo las niñas? En fin, lo que está claro que algo tomaron, y que se les fue la mano también, así que estad un poco encima de ellas, ¿de acuerdo? De todos modos, tampoco hagáis de esto nada del otro mundo, Celestino, que ya te digo yo que seguro que no se va a repetir…

Con el cerebro caído por las horrendas revelaciones, aún fue capaz de hilar una frase de compromiso.

– Eso espero… En fin, muchas gracias. Ahora mismo me paso a recogerla.

– Una cosa antes de que cuelgues, Celestino –ruido de papeles consultados-. ¿Te suena el nombre de Yago?

Un rayo que me parte en dos, que me abrasa las entrañas y que me reduce a la nada. Sintió que por un momento no podía respirar. El primer impulso fue el de estampar el móvil contra el suelo. Lo dominó. También la voz.

– Sí, ¿por qué?

– Nada, porque es el nombre que pronunció tu hija cuando la despertamos. ¿Quién es? ¿Su novio?

La pregunta quedó suelta, flotando en el aire. Durante unos instantes, Celestino permaneció allí, también inmóvil en el aire, con el rostro descompuesto, enfermo, como la estatua herrumbrosa de un hombre a punto de reventar por dentro.

V

El lunes por la mañana ni la niña ni Celestino se dejaron ver por el instituto. Ella estaba resfriada, él se había pedido un día de asuntos propios. De lo del fin de semana, ni palabra. Uno de los hermanos de Celestino, psicólogo, les había aconsejado que no la presionasen, al menos los primeros días. Celestino llamó a la puerta del cuarto de Ana, empujó con suavidad.

Dormía apaciblemente, mecida por el silencio y la calefacción de gas natural. Los cristales empañados la protegían de un mundo lluvioso y hostil. Se acercó a ella y los labios a sus mejillas rojas, calientes. Tenía algo de fiebre. Celestino se pasó la mano por el escaso cabello que aún resistía la maldición de los años y de los genes y paseó su mirada acuosa por la habitación. Aún decoraban las paredes los mismos posters y corchos que Ana había ido colgando a lo largo de su infancia, los mismos peluches abrazados a su cama, la misma letra con enormes círculos sobre las íes. Pero bajo el edredón de gatitos de colores ya no respiraba lenta, trabajosamente, una niña vulnerable, mi niña. Eso me dicen, que ya no lo es. Pero ellos no pueden ver esto, verla ahora… Celestino cerró la puerta. En una hora y pico, cita en León, en la Dirección Provincial de Educación.
Hora y pico cumplida.

Qué tal, Angelines. Dos besos. Se sentaron frente a frente. Viejos conocidos. Un ordenador culón y amarillento ocupaba casi la mitad de una mesa sobre la que inclinaba su tremendo busto una funcionaria igualmente culona y amarillenta. Celestino tosió. Se había colocado una aséptica sonrisa de espera y contemplaba con ojos huecos los cuadros anodinos que alguien con poco presupuesto y menos gusto había colgado aquí y allá por las paredes de la Dirección. A ver… Sí, el chico éste, Yago, me consta aquí. Lo que no me deja es entrar… ¿Y dices que éste es su segundo destino? Celestino asintió, con la mirada en diagonal hacia el suelo. Aún no había conseguido anular del todo la vergüenza y la culpa. Se decía que todo era por la niña, por su seguridad, por descartar cualquier cosa rara. Pero en el fondo, una vez arrancadas las capas y capas de auto-justificación, no dejaba de atormentarle
la idea de si todo esto no sería el típico caso de psicosis alimentada por celos de padre inseguro, un remedo invertido de Edipo: la venganza de un cincuentón resentido y abrumado por la belleza y juventud que nunca llegó a poseer. Pero no. Algo pasa, estoy seguro. Los animales, la sangre, los libros… Eso está ahí, no me lo invento. Y parece perpetuamente hipnotizada, enajenada, de aquí para allá medio ida, como un autómata, como si no la moviera una voluntad propia, y siempre él, en su boca, en sus pensamientos, en los de todas… ¿Es culpable él de eso? No lo sé, la verdad, no lo sé. Pero ella es el espectro de mi hija, sólo carne hoy, esta mañana, cuando dormía bajo mi techo, entre mis paredes. Lo tengo, tengo derecho a hacer esto.

La extrañeza de Angelines lo devolvió al presente.

– Qué raro, Celestino, es imposible encontrar nada… Ni su anterior instituto, ni la ciudad, ni la provincia… Nada, es como si hubieran borrado el archivo, qué absurdo… –levantó la mirada de la pantalla y la enfrentó a la de Celestino-. Lo siento, Celestino. Déjame que lo mire otra vez estos días y si encuentro algo, te llamo. Pero qué raro, oye… -repitió, perpleja.

Se levantó para despedirle. Y quizá por casualidad, quizá contagiada por la agonía que velaba los ojos dolientes de Celestino, sintió ella también la zozobra en el centro mismo de su corazón. Le cogió del brazo con las dos manos, bajó la voz y entre tóxicos vahos de tabaco y perfume preguntó:

– ¿Quién es este chico, Celestino?

Celestino se encogió de hombros mientras una sonrisa de impotencia asomaba a sus labios:

– Eso me gustaría saber a mí…

En la calle llovía a mares. Desplegó el paraguas y caminó a paso ligero por la calle de la Corredera. Llevaba los bajos de los pantalones empapados, pegados a sus pantorrillas flacas. El frío. Se sentía enfermo y cansado. Entró en una cafetería. Café manchado, muy poquito café, por favor. Y una barrita con tomate y sin aceite. El sonido de la tragaperras, Ana Rosa en la tele, la máquina de café, una voz de hojalata que exclama “¡premio, premio!” con su excitación también de hojalata, monedas en cascada: clinclinclinclín. Esas mismas monedas de nuevo al vientre de la máquina. Aturdimiento, brochazos de irrealidad. Pidió unas páginas amarillas. ¿Los remordimientos? Enterrados en cal viva. Letra D de Detectives. Escogió una agencia con nombre de héroe griego: Argos, el gigante de los cien ojos. Muy propio. Llamó y concertó una cita para dentro de media hora. Le temblaba la mano. Exageradamente. Al llevarse la taza a los labios, derramó casi todo el contenido. Señor, dame fuerzas, dame paz. Volvió por un momento su atención a la pantalla. La policía buscaba el cuerpo de aquella niña asesinada hacía ya tantos años. Un presentador de rostro melifluo y tono inquisidor clamaba justicia. Los padres afirmaban demacrados que su vida era un infierno a jornada completa. A pocos metros de Celestino, el camarero murmuró “pobre gente, cuánto hijoputa suelto hay por ahí”. Pagó y se marchó del local. En el taxi no pronunció ni una sola palabra. Sólo podía pensar en que nunca crees que te vaya a tocar a ti. Pese a que afuera caían chuzos de punta, bajó la ventanilla y dejó que la lluvia refrescara su rostro enfebrecido.

VI

En la clase de segundo de la ESO los chavales recitaban el Ángelus con tono monocorde, casi de fastidio. Era viernes, las dos y treinta y cinco. El timbre ya había sonado hacía varios minutos y las voces y gritos de jolgorio de los demás cursos se filtraban a través de las paredes y cristales que malamente sellaban el aula. Pero ahí seguían los de segundo, con los culos rebotando en las sillas de puro nervio y las palabras santas revoloteando alicaídas en el aire. Pero no había tu tía. Al profesor Celestino se le había metido entre ceja y ceja escuchar hoy la oración hasta el final y sanseacabó.

– (…) derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros que por el anuncio del Ángel hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor, Amén.

Expectación en las miradas. Celestino que tarda en dar el permiso para salir. Permanece rígido contra el respaldo, envarado, como si el Ángelus aún siguiera bombardeando su alma en carne viva con proyectiles cargados de muerte y resurrección, de gracia y cruz. Mierda, qué rollo. Finalmente da el ok. Podéis iros, buen fin de semana. Los niños dicen “igualmente, profe”, repentinamente inundados de buenos sentimientos. No hay lugar para el rencor. Sólo para las carreras, los chillidos de felicidad, los planes de esta tarde y también los de mañana. Son criaturas santas, bien lo sabías tú, Señor.

Recogió sus cosas con parsimonia. Cerró el aula. Todo tan lentamente que pareciera no querer tener que hacerlo. Fue el último en marcharse del instituto, conserjes incluidos. Pero en realidad sólo se estaba asegurando de no encontrarse con nadie al salir. ¿Con nadie? Desde el lunes, el martes más bien, algo había cambiado. Los ojos de Yago le buscaban, no se despegaban de los suyos. No cruzaban palabra, ni siquiera el buenos días de la mañana, pero esos ojos de Yago le perseguían en silencio, le acosaban, le hostigaban.
Era completamente descabellado, por supuesto, pero Celestino había llegado prácticamente a persuadirse de que el otro sabía lo que él pensaba, las traicioneras intenciones que albergaba… Y peor aún: que estaba al tanto de que había contratado a una gente, a unos extraños al fin y al cabo, para que investigasen su pasado. Ahora la mirada de Yago rezumaba odio, violencia…

¿O era una alucinación, el siguiente paso de la fantasía que Celestino se había montado en esa cabeza debilitada y cruelmente traviesa? Porque nadie más reaccionaba con miedo o aprensión ante Yago. Al contrario, lo adoraban, lo exaltaban casi como a un Dios, había pensado Celestino un día. No eran opiniones, eran himnos los que se escuchaban acerca de él… Todos estaban delante cuando Yago lo apuntaba con esos ojos rabiosos, dementes, inyectados en cólera y frenesí. Pero –qué locura- el comentario más común de los compañeros era “hay que ver el aprecio que te tiene, Celestino”. ¿Me estaré volviendo loco? ¿Me estará volviendo loco…?

Apareció a comer pasadas las cuatro. Su mujer durmiendo la siesta, la niña en su cuarto enganchada a uno de esos libros polvorientos y roídos que almacenaba debajo de la cama. Fue un saludo sin vuelta. También ella le era hostil. ¿Qué lees? A ti qué te importa. Mientras se alejaba en dirección a la cocina escuchó el sonido del pestillo deslizarse en el pasador de la puerta de Ana. No quiero intrusos. No te quiero a ti. Metió un plato de lentejas con chorizo en el micro, tecleó tres minutos y se sentó a esperar. Reparó en una nota que alguien había dejado bajo sus cubiertos. La letra de su mujer. Que llamara a ese teléfono en cuanto pudiera. Llevaba cuatro números pulsados cuando el móvil le remitió directamente al contacto “Agencia Argos”.

Después de oír el informe, no se movió. Sentía un peso indecible en el pecho y respirar le suponía un tremendo esfuerzo. La boca seca, un zumbido en los oídos. Quiso beber un vaso de agua, pero el tembleque era tal que el cristal chocó contra sus labios y a punto estuvo de astillársele un diente. Dejó el vaso intacto. Se sentó, se levantó, volvió a sentarse. Entre espasmos de angustia, pinchazos en el corazón, repasó en su cabeza lo que acababa de comunicarle el de la agencia. No les había costado mucho encontrar el instituto en el que Yago había dado clase el curso pasado, no más de unas cuantas horas pegados al teléfono y al ordenador. Un pueblecito salmantino, San Juan de Tormes. Me desplacé allí a hablar con gente del instituto, profesores, alumnos… Al final supe por varias personas que al parecer hubo un supuesto tema de abusos con una alumna. Lo denunció una profesora, pero después se desdijo o se retractó, no sé… el caso es que la cosa no fue a más. Intentamos localizar a la profesora, pero era también una interina y se marchó antes incluso de que se le terminara el contrato. Muy raro. Por desgracia, no nos ha sido posible obtener dato alguno sobre ella. La familia de la niña se mudó también. Eso no quiere decir nada, como usted se imagina, en los pueblos ya sabe lo que pasa con estas cosas, los comentarios que hay, las miradas… mucha presión para la niña y los padres, seguramente. De todos modos, si yo fuera usted pondría esto en conocimiento de la policía de alguna manera, para que al menos estén sobre aviso. Puede que el chico no haya hecho nada y que todo fuera un invento de la niña o de la profesora, que por lo visto estaba loca perdida por el tal Yago, o eso dicen en el pueblo, pero si de verdad es un depredador sexual más vale que esté vigilado en la medida de lo posible. Más trabajando en un instituto, desde luego, rodeado de niñas a todas horas… Y perdone si le estoy alarmando, pero tengo una niña de esa edad y en este caso en concreto le reconozco que me cuesta separar, ¿me entiende?
Celestino le entendía. Caminó medio zombi hasta el salón. Cada poro de su cuerpo supuraba sudor frío. Consiguió calmarse un poco y decidió despertar a su mujer. Boca abierta, mano en la boca. Los ojos como platos, dilatados de sorpresa y terror. Qué dices… Mientras hablaban en voz muy baja, a golpe de susurro, se escuchó el sonido guitarrero de un móvil en algún lugar de la casa. Es el de la niña. Pasaron dos minutos en absoluto silencio. Después, otro sonido: el de la puerta de la calle al cerrarse. Celestino clavó en su mujer unos ojos arrasados por el sentimiento, atormentados por el presentimiento.

VII

Se acercó hasta el antiguo albergue de peregrinos a eso de media tarde. Un par de zetas aparcados en la puerta, otro par de policías fumando apoyados en el capó. Entró sin protocolo ninguno, directamente a ver a su amigo Roberto. Durante un instante fijó su atención en un cartel lleno de rostros de fugitivos buscados por la justicia. Rostros sucios, amargados, sombríos. Miradas embotadas, de lerdo. Ninguno de ellos, ni ella, tenía aquella piel, aquel pelo, aquellos ojos de Yago… aquella juventud de cuerpo y alma. Aquella aura de ángel, divina. ¿No seré yo, Dios mío? ¿No estaré disfrazando de amor de padre lo que no es más que odio? ¿Y si aquella profesora vio lo que quiso ver, celosa y vengativa, igual de celoso y vengativo que podría estar siendo yo ahora…? ¿Y si estuviera siendo yo su sanedrín? Entonces, no tendría perdón, tú quizá me perdonarías, en tu bondad infinita, pero yo nunca podría hacerlo…

¿Pero y si tengo razón? ¿Y si todo aquel pánico que siento cuando me mira, me habla o simplemente está cerca de mí es el instinto que me llama a gritos,
el bien que habita en mí que se revuelve repugnado ante el mal que habita en él? ¡No puedo, no tengo otra alternativa!

En veinte minutos estaba de nuevo en la calle. Aparte de promesas vagas de echarle un ojo esta semana, que ahora estamos muy liados, no había sacado nada. Si acaso, una fama vergonzosa de padre histérico y sobreprotector. Si retiró la denuncia y dicen que le gustaba el otro… a mí eso me huele fatal, Celestino, si te contara yo lo que hacen algunas sólo para joder al marido o por la custodia de los hijos… Perdió la cuenta de las horas que anduvo errante por la ciudad: de la vieja estación de tren hasta el seminario, del cruce de Castrillo hasta el de Morales, la casa de los Panero, una vuelta por los desaparecidos rosales del Jardín, la muralla… incluso pasó un par de veces bajo de balcón de Yago, ciego con las ventanas cerradas y las persianas echadas. Cuando levantó la vista del suelo era ya de noche. Se preguntó si habría llegado ya la niña a casa. Echó mano al móvil. Sin batería, para variar.

¿Y yo? Tampoco él andaba muy sobrado de fuerzas. Tardó unos segundos en reconocer el lugar al que había ido a dar en su deambular. Muy en las afueras, cerca de la plaza de toros. Unas pocas casas humildes rompían el paisaje mesetario, de llanura fría, que se extendía ante sus ojos. Ni el tato por la acera. Menos de cuatro, cinco grados. Luces en las ventanas, una cena caliente. Sombras que se acercan y después se alejan de los cristales amarillos. Yo también soy, era, una de esas sombras.

Se disponía a regresar cuando algo le llamó la atención. Una persona bajaba por la cuesta desde Astorga a toda prisa. Celestino se mantuvo en la oscuridad, fuera del alcance de las farolas. Pasó como un rayo a su lado, pero aun así tuvo tiempo para reconocerla: Bea, la amiga de Ana. ¿Adónde iba a esas horas, sola? Por allí no había más que pueblos, y ninguno tan cerca como para ir a pie y de noche y menos con quince años. La llamó a voces. No, no respondió. No hizo el menor caso. Probablemente ni siquiera le había escuchado. Parecía alterada y obsesionada con seguir corriendo, entre jadeos, la coleta que se cimbrea de un lado a otro, los cinco sentidos puestos en aquella carrera inverosímil, fuera de toda lógica, de todo lugar. Continuó corriendo durante doscientos o trescientos metros más y entonces se detuvo bruscamente. Celestino pudo distinguir que tecleaba algo en el móvil. De inmediato apareció un coche que no era el viejo Focus de los padres de Bea. La niña se subió en él y el coche dobló en dirección a Astorga, a Celestino. Al llegar a su altura, la luz de la calle alumbró por un momento el coche, que metro a metro se comía voraz la carretera. Y lo que la luz apagada de la farola le mostró fugazmente, en un instante atroz de inconmensurable espanto, fue a Yago al volante, con el rostro plácido, la sonrisa de ángel encajada bajo aquellos ojos de diabólica dulzura, y Ana, mi niña, en el asiento de al lado, la boca entreabierta, la mirada de cristal, nula. Celestino cayó al suelo fulminado mientras el coche pasaba de largo a toda velocidad, impertérrito, inmisericorde, ¿la fuga de un crimen ominoso aún por cometerse? Pero a mí me ha atropellado el mundo, el golpe me ha caído desde el mismísimo cielo. Vio al coche alejarse, perderse en la negrura, y torcer hacia la izquierda, hacia Castrillo. Arrojó el móvil inservible contra el asfalto. Quedó allí despachurrado, con sus piezas muertas desperdigadas aquí a allá, abierto en canal, igual que el alma de su antiguo dueño, allí tirados los dos.

VIII

Vio la señal con la vieira e interrumpió su marcha un segundo para mirar atrás. De paso coger aire. Astorga en el horizonte, a menos de tres kilómetros. Tan lejos. Trató de imaginarse qué estaría sucediendo en los aledaños de aquella catedral encendida, del palacio, en las callejuelas angostas y mal iluminadas que se multiplicaban desordenadas tras los muros de la ciudad. Prisas, lágrimas, reproches. Y llamadas, decenas de llamadas a la policía de padres a medio camino entre la ira y el pánico, de nuevo traicionados por sus hijas, rotas ¿para siempre? la confianza y la inocencia. Respuestas planas de la policía: no son ni las diez, señora, tranquilícese, si en un par de horas no ha vuelto saldremos a ver si la encontramos… Su propia mujer desorientada y asustada, sin marido, sin hija, sin noticias de nada ni de nadie. Celestino volvió al camino. Movía las piernas lo más rápido que el aire gélido y la edad le permitían. Aun así, había calculado que le llevaría menos presentarse él mismo en Castrillo y sacar a las niñas de allí que llegar hasta Astorga, ir a la comisaría, explicarse y convencer al superior. Además, si le creían, ¿qué?
¿Era delito montarse en el coche de un profesor? ¿Y si las estaba llevando a casa? ¿Y si, después de todo, se estaba ocupando de ellas, haciéndoles un favor a unos padres que no se preocupaban lo suficiente de sus niñas y las dejaban solas y expuestas a los peligros del frío y de la noche? Eso podría decirle también el comisario. ¿Y llevaría razón? No, no la llevaría. Pero cómo. Por Dios. Que no. Que tú a mí no me engañas, que llevo preparándome toda la vida para este encuentro y que te reconocí desde el momento en que te vi, en que me miraste con esos ojos hinchados de perversión y vicio. Yo sé quién eres, qué eres.
Se internó entre las casas de piedra ciclópea, maragatas, de Murias de Rechivaldo. Amenazaba el invierno. Las casas cerradas. Ni un mesón, ni un teléfono. Finalmente divisó una luz tenue: Hostería El Jerga, cocido maragato todo el año a 19’95. Dentro olía a sopa de ajo y pimentón. La chica de la recepción dibujo una mirada alerta en su rostro. ¿Tan malas pintas tengo? Buenas noches. …Enas. Celestino pidió permiso para hacer una llamada. Me he quedado sin batería y mi mujer debe de estar intranquila. Claro. Primer intento: fallido. El segundo lo mismo. Tuvo ganas de gritar.

– ¿No le da cobertura? Pruebe a ver en la plaza de la iglesia, es justo ahí detrás. Ahí suele haber…

Celestino dijo que gracias, pero que era igual, que tenía mucha prisa. Le pidió a la chica que siguiera intentándolo y que si su mujer al final le cogía le dijera que mandase a alguien a recogerle a Castrillo. En la expresión de la chica la alerta se redobló.

– ¿Va a ir ahora a Castrillo andando? ¿Por qué no se queda aquí mejor hasta que venga alguien a por usted?

Impaciencia, casi súplica. Déjeme en paz, se lo ruego. Lo verbalizó:

– No, no, muchas gracias, pero tengo que ir. Es muy importante – suavizó un instante el tono-. Por favor, haga la llamada que le he pedido –y repitió-: Es muy importante.
Ya salía de la hostería cuando la chica hizo un último intento:

– Señor, tenga cuidado. Ha habido un par de ataques el mes pasado en el camino.
– ¿Cómo que ataques?
– Sí… hay gente que dice que son perros, otros que lobos… Yo no sé. Pero parece que son tres o cuatro hembras que andan juntas por el monte con los cachorros y a un ciclista el otro día casi le arrancan una pierna a mordiscos…

Y mi niña sola… Se corrigió al instante: sola no, con el monstruo. Echó a correr por el camino. Una quemazón le subió repentina de los pulmones a la boca arrasando a su paso esófago, garganta y laringe. Aminoró la velocidad. Se maldijo a sí mismo, a su naturaleza endeble, pusilánime. A su derecha, el monte negro, silencioso; a la izquierda, la carretera que se extendía en paralelo al Camino de Santiago, mal señalizada y vacía de coches. Aullidos en la distancia, ladridos. Se preguntó si habría motivos reales para preocuparse por eso. Historias de lobos le habían contado muchas de pequeño al calor del brasero, en casa de tío Antonio, aquella criada analfabeta y casi ciega. Pero lobos allí no había visto nadie nunca. Otra cosa eran los perros, los perros salvajes, esas bestias infaustas, asesinas, a las que todos tememos… Al final de la recta, bañados por la luz blanca de la luna, atisbó los cipreses que anticipaban la entrada a Castrillo de los Polvazares. Antes de poner el pie en el pueblo, la señal de la cruz, el beso.

Conocía el puente romano. De pequeño él y sus amigos lo llamaban el puente de la Bruja. Ignoraba por qué. Supuso que los niños aún lo llamarían así. La tierra roja, arcilla, estaba húmeda. Barro en los zapatos. Por encima de los tejados bailaba el humo de algunas chimeneas en una especie de danza de cortejo en honor de las nubes con las que estaba destinado a fundirse. Celestino tiró para la explanada. Detrás, el puente. Tenía miedo, terror a lo desconocido, a lo posible. No pensar, no imaginar. Luego fue real…

Primero unos sonidos distantes, animales. No exactamente en el puente, sino algo más allá, en el monte. Y tampoco exactamente animales. Más tarde, pasado el puente, alaridos. Pero no de sufrimiento ni de dolor: una mezcla informe de rugidos, gritos, chillidos, aullidos, gemidos… ¡pero todos de origen humano! O pre-humano, el bramido inarticulado y brutal de los seres primigenios, amorales, anteriores a la razón, al dogma, al logos que todo lo rige. Al principio, era el caos… Aterrorizado, Celestino se escondió tras un árbol. Se dio cuenta de que lloraba. Trató de rezar, pero de su boca sólo brotaron balbuceos inconexos y babosos. La espalda pegada al árbol, giró el cuello para contemplar mejor la horrífica ceremonia que allí tenía lugar. Distinguió a Yago, iluminado por la luna y una hoguera que crepitaba a sus pies. Sostenía una culebra en cada mano, desnudo, coronado su cabello rubio con flores blancas, mordía las cabezas de aquellos pobres bichos y escupía su carne pútrida al fuego. Las niñas tiradas en el suelo, vestidos blancos, descalzas, reptando con sangre en la boca, gritos extáticos al cielo, al cosmos negro, cantos sin música ni letra, entregadas a apetitos prohibidos, indecibles. Él y su eterna sonrisa. ¿Ves esto? ¿Lo ves? He creado un mundo, yo también he creado un mundo. Y yo también te digo: el que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y tú no crees, no, tú eres el violador de nuestro santuario, el revelador de nuestros secretos… De pronto, Yago lo miró a través de la noche. No se apagó su sonrisa… se acentuó. Extendió un brazo, gotas de sangre de serpiente que riegan la tierra, y apuntó a Celestino. Las niñas arriba, Ana la primera. De la noche emerge Celestino. Grita enloquecido:

– ¡Niñas, corred!

Y las niñas corren. Pero no huyen, atacan. Le atacan. Como un enjambre de abejas rabiosas se abalanzan sobre el hombre. Caen todos al suelo confundidos. Celestino llama a voces a su hija. ¡Ana, Ana, amor mío! De entre el marasmo aparece el rostro de Ana. Un escalofrío de horror. No hay familiaridad en su mirada. Porque en su mirada no hay nada. No es Ana, ni siquiera es humana. Celestino llora, chilla, patalea. Trata de desembarazarse de las niñas, pero es inútil. Ellas sujetan sus brazos y piernas y tiran de ellas. Poco a poco lo consiguen, Celestino nota cómo se desgaja, cómo se le separan la carne, los huesos, los músculos. La que en otro tiempo fue su hija, su niña, se lanza con furia sobre su cara. Hunde las uñas de sus dedos finos y largos en los ojos de su padre y se los arranca salvajemente. Él quiere gritar, traspasado de dolor e incomprensión, pero sólo burbujas de sangre negra se le caen de la boca. Otras niñas le muerden el estómago, la ingle. Celestino ya no ve, ya no oye, ya no siente. Se muere. Cuando consiguen partirle y cortarle el cuello a base de dentelladas ya hace rato que no respira. Su cabeza, congelada en un último rictus de horror, corre de mano en mano entre los atroces himnos de victoria de las niñas. Su rey, su Dios, observa complacido la escena. Uno de sus rubios bucles se posa amable sobre el pelo de Ana. Ella y todas lo abrazan con fuerza. Nunca antes se habían sentido así, tan felices, tan llenas de algo que los menos ortodoxos de nosotros bien podríamos llamar amor.

Al despuntar el día, cuando se presentó la policía local en el lugar acompañada de la Guardia Civil, tres o cuatro perras salvajes hurgaban con
sus hocicos en el cuerpo desmembrado de Celestino. A unos cuantos metros de sus compañeras de jauría, otra, ávida de las partes blandas, roía con rabia la cabeza del hombre. Las abatieron a tiros. Nadie, ni policía ni civil, dudó jamás de la autoría culpable de aquellas perras salvajes, esas bestias infaustas, asesinas, a las que todos tememos.

ROSAS RODIAS

Por Juan Muñoz Flórez

Me despertó el impacto de las ruedas del avión contra el suelo al aterrizar. En algún lugar al fondo de la nave alguien aplaudió tímidamente la maniobra del piloto. Clapclapclap. Las luces se encendieron. Bajé mi maleta del compartimento para equipajes de mano y encendí el móvil: 3.57 a.m. Varios mensajes de Vodafone.gr invadieron mi teléfono con sus tarifas y sus buenos deseos. Sólo ellas eran de corazón, corazón negro. Los borré todos sin apenas leerlos. Cuando me tocó el turno de comenzar a caminar hacia la salida, miré durante un instante hacia atrás, hacia las últimas filas, con la esperanza de adivinarla entre los pasajeros que aún quedaban en el avión. Pero no la vi.

Me senté en una silla de metal junto a la cinta de equipajes del vuelo Barcelona-Rodas VY1016. Allí volví a releer el mensaje de whatsapp que me había enviado un par de días antes: “si no m reconocs x la foto, seguramnt llevare un vstido azul. Ah! tngo el pelo un poco mas largo ahora! ”. Sonreí estúpidamente al terminar su última frase, en respuesta a la felicidad amarilla y facilona del emoticono. Pulsé en la foto de su perfil y la estudié con la misma devoción con la que llevaba haciéndolo las últimas dos semanas, desde que nos diéramos los números por mail. Se llamaba Lucía. Eché un rápido vistazo a un pequeño grupo de pasajeros españoles entre los que no se encontraba y volví a ocuparme de la foto.

Por más que la mirara y la remirara, aún no había logrado identificar qué era lo que más me atraía de ella. ¿Tal vez la expresión de su rostro, ingenua, despreocupada, aislada, como si en el mundo en el que ella habitaba no hubiera enfermedad, decadencia y muerte? No sé. Pero me gustaba tanto aquella foto en la playa que incluso me entretenía imaginando que era yo quien se la tomaba. Luego ella me besaba, nos besábamos. Se hacía de noche, pero donde nosotros estábamos era siempre de día, una luz lateral que aureolaba sus labios, sus ojos y su pelo y la transformaba en una especie de criatura maravillosa y ambigua, capaz de provocar en quien la contemplaba un respeto sagrado por su cuerpo, casi un escrúpulo religioso, y al mismo tiempo el ansia feroz, pagana, por poseerlo… ¿Es eso posible? ¿Esa doble cara del deseo? Entre mi mirada soñadora y el suelo se interpusieron unos pies. Las uñas pintadas de azul. No tuve que moverme ni un centímetro para comprender que era ella.

– Perdona –dijo, titubeante-, ¿eres Alberto?

Contesté que sí. Me puse de pie con la mayor despreocupación que pude impostar y nos dimos dos besos. Mientras retiraba mi mejilla de la suya, aproveché para observarla de reojo, sin que se diera cuenta. Era mucho mejor aún de lo que me esperaba. Y era mucho mejor aún porque era real. Sencillamente. Su voz penetraba en mis oídos, su olor en mi nariz y su mirada en mis ojos. Di gracias a un dios en el que no creía por ese regalo veraniego y me ofrecí a llevarle las maletas. Aceptó. Me contó que desde su ciudad hasta Madrid había viajado en autobús, de Madrid a Barcelona en AVE, y de Barcelona a Rodas en el mismo avión que yo, un par de filas por delante de las puertas de emergencia. Pero no estaba cansada, ni un poquito. Yo asentía y asentía sin parar, mudo, con la mente empeñada en levantar prematuras fantasías de amor eterno.

Hablaba y hablaba y yo notaba casi asustado cómo el corazón me golpeaba con fuerza en las costillas y cuánto me costaba mantener bajo control la respiración. Traté de calcular los años que hacía que no me sucedía algo así. ¿Diez? ¿Doce? ¿Quince, igual? Qué más daba, me estaba sucediendo ahora, en ese preciso momento. Ella no parecía notar nada extraño en mí y seguía con el relato de su primera y última experiencia con Ryanair. Me fijé en que las aletas de su nariz bailaban bajo sus ojos grandes y redondos a medida que el enfado bullía en ella. Me encantó. Nada extraño. Todo en ella me encantaba: su cara, su cuerpo, su vestido, su voz, su acento… Mi papel era el de porteador de maletas y silencioso interlocutor. No me importaba. Todo estaba bien.

Salimos del minúsculo aeropuerto. El ambiente cargado de sal y humedad se adhirió violentamente a nuestros cuerpos como una costra imposible de arrancar. Comencé a sudar. Quizá de calor. De camino al taxi cambiamos unas pocas palabras acerca del seminario de traducción: de dónde veníamos, cuántos años llevábamos con el griego, cómo nos había dado por ahí… Protocolo. Lucía me contó que había estudiado Traducción e Interpretación en Valencia y que el griego había sido su tercera lengua, tras inglés e italiano.

– No sé por qué, pero desde el principio me atrapó… No sé, las letras, que eran diferentes, el país… Di algo de griego antiguo en el instituto, pero bah, eso no sirve para nada…

Me guardé mi opinión. No concordaba con la suya, pero expresarla me haría quedar como un pedante de mierda (“al menos ya estabas familiarizada con el aoristo” y cosas por el estilo…). Nos metimos en el taxi. Yo me senté delante. Le dimos la dirección al conductor: ΔΙΕΘΝΕΣ ΚΕΝΤΡΟ ΣΥΓΓΡΑΦΕΩΝ ΚΑΙ ΜΕΤΑΦΡΑΣΤΩΝ ΡΟΔΟΥ, en Andipliarju Lascu, una callecita subiendo desde la playa de poniente por Papalucá a mano derecha. Murmuró un equivalente griego de “ajá” y arrancó.

El sonido monocorde del motor, la carretera recta y despejada desde Paradisi hasta Rodas, la noche sin luna, tan negra… todo invitaba a dormitar. Miré hacia atrás y la encontré con los párpados cerrados y la boca entreabierta. Me acomodé en el asiento. Los coches que venían en sentido contrario emergían de la oscuridad semejantes a instantáneos y amenazantes fantasmas de enormes ojos amarillos. Me giré hacia el taxista y le dije:

– Kimízike i kopela…

El hombre dejó escapar una risita sorda y añadió:

– Orea ine…

– Ne, ine.

Clavó sus pupilas en las mías y sonrió de una manera que, por algún motivo, no terminó de gustarme. Pero tenía razón el hombre: Lucía era guapa, muy guapa… Ninguno de los dos volvió a abrir la boca hasta que llegó el momento de apoquinar los veintidós euros de la carrera.

II

Era un edificio de aspecto señorial, de vagas reminiscencias neoclásicas. Dos pisos de fachada roja y ventanales de madera azules. Acurrucado en una penumbra mitad noche mitad higueras, dominaba la costa desde el monte Smith, a unas pocas decenas de metros bajo la acrópolis de la antigua Rodas. Las olas batían al pie de la colina sin descanso ni alegría. Todo estaba impregnado del olor empalagoso de las buganvillas y del maullido hambriento de los escuálidos y roñosos gatos callejeros. La costra de humedad y salitre seguía ahí, dificultándonos cada movimiento. Tiré de nuestras maletas hacia la casa y ella me acompañó como un autómata. Caminaba con la cabeza vencida sobre el pecho, adormilada. Tecleé la contraseña que nos habían mandado al mail y la puerta cedió. En las cerraduras, las llaves de nuestras habitaciones. En nuestras habitaciones, una nota de Andrés, el director del seminario. Que durmiéramos tranquilos, que aún quedaban más asistentes al seminario por llegar y que el curso comenzaría pasado mañana. Ya recuperaríamos el día perdido con un par de sesiones extra el próximo fin de semana.

– Qué majos, ¿no? –dijo Lucía.

Yo contesté que sí, que muy majos. Lástima que aquel día perdido no se fuera al limbo. Nos dimos las buenas noches. Ella ocupaba la habitación 3 y yo la 1, ambas en el piso bajo, frente a la cocina y entre el comedor y la sala donde iba a celebrarse el seminario las próximas dos semanas. Me dio las buenas noches y en sus ojos, en la forma en que los volvió hacia mí, brilló algo mientras me las daba. Lo sé porque no pude sostenerle la mirada. Ni me lo imagino ahora ni me lo imaginaba entonces. Ese algo tenía sustancia, existencia. Un “…ches” por toda respuesta. Me dejé caer en la cama presa del agotamiento y de la emoción. Pasó un rato antes de poder hacerme una idea de la distribución del cuarto. Una cama (¿un catre?), una mesa de estudio con una silla de oficina de respaldo reclinable, una nevera de medio metro y un armario viejo y de dimensiones exageradas para el tamaño del resto de la habitación. Aparte, a la derecha según se entraba, un baño sin cortinas y con la advertencia en la puerta de tirar el papel higiénico usado a la papelera en lugar de por el inodoro. Me miré en el espejo. Un hombre joven, un joven viejo. El sudor corría por todo mi cuerpo con tanta abundancia que por un momento tuve la impresión de estar descongelándome. Me desnudé. A los cinco minutos de acostarme, la cama estaba empapada. Le di la vuelta a la almohada y me puse de lado, pero no funcionó. Intenté lo mismo dos, tres veces más. No quería abrir la ventana. Una noche en Perea, cerca de Salónica, tuve que ponerme yodo en las picaduras de los mosquitos. Qué dolor insoportable. Hubo otra parecida en Egina, un verano parecido. Pero me levanté y abrí de par en par las ventanas, derrotado por el calor y por el sueño que no llegaba. Respiré aliviado cuando descubrí que unas mosquiteras tan rudimentarias como eficaces recubrían toda la superficie del marco. Subí las persianas hasta dejarlas a la mitad de su recorrido. El aire pasaba, los insectos no. Me tumbé de nuevo en la cama y sonreí al percibir la suave caricia de la brisa del mar sobre mis pies. Cerré los ojos. Y nada. Quería dormir, lo quería con todas mis ganas… pero no. Era imposible. Había demasiada luz en la habitación. Demasiada incluso para que mi antebrazo sudoroso colocado de antifaz pudiese funcionar. Miré hacia mi izquierda, hacia la pared que daba al exterior. La callejuela estaba bien iluminada y cualquiera que se parase junto a la ventana podría verme en pelotas tirado encima de la cama a través de la mosquitera. También a Lucía. No supe cómo sentirme. Creo que me entró una mezcla de acojone y repulsión. De cualquier forma no debió durar mucho, porque no tengo más recuerdos de aquella primera noche. Seguramente me quedé dormido enseguida.

III

Me desperté poco después de las nueve, las ocho en España. Si no miro el móvil, las dos de la tarde, tal era la intensidad de la luz que se derramaba por la habitación. Un huevo frito de gigantesca yema, el sol. Los ojos me ardían, los músculos sesteaban, entumecidos, flojos. Poco a poco, los sonidos: el mismo oleaje reventando contra las mismas rocas, los mismos árboles empujándose con furia los unos contra los otros… La visión de un agua de un azul más pálido que el propio cielo removiéndose agitada por el viento. Frente a mí, las montañas turcas delineadas en el horizonte brumoso, encerrando al Egeo en un estrecho canal, al alimón con Rodas. Me quité el sarro de los dientes y las legañas de los ojos. Camiseta, pantalón corto y chanclas de calle. Esperé hasta asegurarme de que no hubiese ruido alguno en el Centro y salí de la habitación. Pongámosle 32 grados y 60% de humedad. Diminutas gotas de sudor brotaban en mi frente y allí se quedaban; de los sobacos bajaban otras.

Caminé entre hoteles baratos y tavernes de clientela y fachada ruinosas hasta que me senté en una cafetería de día -karaoke de noche-, a dos pasos de la playa. El menú en griego, inglés y ruso. El camarero un tío del este que a duras penas comprendía mi griego. Jornadas de doce horas, sueldos de cuatro. Y date con un canto en los dientes. ¿Días libres? Eso qué es.

– Celo… ne… ena Nes me ligo gala, ena tost sambón ke tirí, ke ligo neraki, endaxi?

– Yes, yes. Efjaristó.

Desayuné con parsimonia. Escandinavos, eslavos y anglosajones comenzaban a ocupar las tumbonas y a desplomarse pesadamente sobre ellas, como si nunca en su vida hubieran dormido o como si nunca en su vida hubieran acabado realmente de despertarse. Volví la mirada hacia lo alto de la colina, donde descansaba la casa. Entorné los ojos y pude distinguir con mayor nitidez la fachada, los balcones del primer piso y los ventanales del bajo. Me vino a la mente la idea inquietante de la noche anterior. Me invadió la preocupación. Luego el asco: ¿habría visto a Lucía dormida alguno de aquellos lechones rubios y adiposos que salpicaban la playa como morsas moribundas? Y si la habían visto, ¿qué, exactamente? Dios… No pude resistir la imagen. Dejé el desayuno a medio comer y solté los cuatro euros que costaba sin oír apenas el tosco “thank you” que masculló el camarero.

Regresé a Papalucá. Empecemos de nuevo el día, me dije. Una señora bajaba en mi dirección cargada con bolsas del Carrefour. Me acerqué a ella. Le pregunté por la ciudad antigua con mi mejor sonrisa. I paliá poli? Eso mismo, kiría. Apó do ola efcían, pedí mu. Vagué por el empedrado durante horas. Recorrí las murallas de los Cruzados, el palacio del Gran Maestre, el hospital, las posadas, las iglesias bizantinas, la mezquita de Suleimán, la biblioteca de Mehmet Agá, los baños turcos… minaretes y cruces, un pueblo bizco de tanto mirar a izquierda y derecha al mismo tiempo, alfabeto árabe, griego y latino… un mundo de cuento, una sueño ajado por suvenires, turistas y restaurantes llenos de exclamaciones y fotos del basto rancho del día. En cada esquina, tus ojos, Lucía; en cada almena, tu mirada; en cada bastión, tú y tus brazos abiertos. ¿Es a mí? Es a ti. Anocheció. Aún hoy no comprendo cómo pudo pasar el tiempo tan deprisa. No tengo constancia de nada, como si aquel día no hubiera amanecido. O fuera yo el que no hubiese amanecido… Imágenes borrosas del anillo amurallado, del puerto de Mandraki, alguna tienda aquí y allá… eso es todo. Tenía muchísima hambre. Pedí un suvlaki en Afgustinos y volví a la residencia. Soplaba el viento. Ése es mi recuerdo.

IV

A la mañana siguiente conocí al resto del grupo. Parecían buena gente, pero no me sentía capaz de interesarme por ellos. Soy de aquí, yo de allí, vivo en Kalamata hace dos años, me casé con un griego, doy clases de español, traduzco folletos de electrodomésticos, ¿de verdad? Jajajá… Me dolía la cabeza. Alguien con mi rostro y mi voz conversaba educadamente con todos ellos, ahí fuera, pero mi yo real bostezaba y lanzaba miradas de rastreo en busca de Lucía sin pronunciar una sola palabra. Pero Lucía no estaba. Pregunté por ella con el tono más casual del mundo. Al fin y al cabo lo único que habíamos compartido era el precio de una carrera de taxi…

– Nos acostamos tarde –dijo un chaval-. Estuvimos dando una vuelta por la ciudad vieja. Supongo que vendrá ahora.

Ah. Gracias. Me repantingué en uno de los sillones orejeros de la recepción. No me tenía en pie. Me había acostado relativamente temprano, pero había dormido como el culo. Tenía la sensación de no haber pegado ojo. Además ese ruido… como si un ratón hubiese estado royendo las patas de la cama toda la noche. Ratones no había y las patas eran de metal, pero ése era el ruido, más o menos. O de morder arena. También.

Me daba pánico el que fuese un principio de acufeno, esa lesión del tímpano o de alguna parte del oído que se manifiesta mediante un sonido constante, eterno, enloquecedor. Y que uno percibe especialmente de noche, cuando el mundo se detiene, cuando todo se detiene excepto el zumbido que aúlla dentro de tu cabeza. Me había levantado de la cama a las dos, a las cuatro y a las siete. Por favor que sea una causa externa. Por favor que no sea yo. Pero… En algún punto a mi derecha, Andrés, el director, concentró nuestra atención.

– A ver, vamos pasando adentro.

Tomamos asiento en una sala con mesas dispuestas en forma de herradura. Yo lo más lejos posible. Y que no vean que la mitad del tiempo me lo fumo leyendo el Marca y el As. La chica de mi lado echándose un solitario. Apareció Lucía. La busqué con la mirada y ella me correspondió. Me devolvió una sonrisa cansada. Tenía ojeras. Aun así estaba espectacular. Llevaba unos shorts blancos y una camiseta roja medio ceñida y el pelo le caía sobre los hombros en ondas doradas, sedosas. De nuevo la ninfa que pone el bosque patas arriba en cuanto lo pisa. La que todos los seres de la tierra quieren para sí. Apolos y Panes, lo mismo da. Todos era todos. Se sentó frente a mí al final de la otra media herradura. Agudicé de mirada y… no eran sólo ojeras. Seguía la presentación del curso con fingido interés. Respondía cuando le interpelaban o asentía levemente cuando era otro el interpelado, pero a mí me recordaba a esas personas de inglés medio-alto autoevaluado y que asienten con cara de póker cuando se les habla en ese mismo inglés medio-alto, sin tener en realidad ni repajolera idea de lo que se les está diciendo. Eso es. Yo lo veía: su rostro estaba marcado. Las señales del insomnio, de la preocupación… ¿del miedo? No podía dejar de mirarla, de tratar de adivinar qué le sucedía, qué era lo que le había absorbido la vitalidad. Esa vida que anteanoche lo inundaba todo. ¿Alguna mala noticia de España? Improbable: habíamos llegado anteayer mismo. Y no, yo sabía –intuía, más bien- que no era eso. Entonces… ¿Qué es lo que te pasa hoy, Lucía?

Terminó la jornada y el Madrid sin fichar a Bale. Ella se demoraba. Como Bale. Yo me demoré también. Nos quedamos solos en la sala. Le pregunté qué tal.

– Bien… Un poco cansada –pareció vacilar. Luego añadió-: He dormido un poco mal.
¡Ella también! Me alegré. Eso significaba que tal vez, ojalá, mi problema de sueño fuera de otra naturaleza y no un terrible acufeno que me precipitara hacia la demencia. Le comenté que podía ser la presión, la cercanía del mar, la humedad asfixiante… No se mostraba muy convencida. Yo menos aún. Me propuso bajar a la playa. Acepté.

Quedamos en diez minutos en la entrada. Me sobraron nueve para meter la toalla en la mochila y ponerme el bañador. Mientras esperaba repetí en mi cabeza tropecientas veces la escena de la foto y el beso final. Me pesaba el pecho. Emoción, emoción violenta. Por fin apareció. Salimos de la casa sin decir nada. Me sobraba todo, me sobraba la gente, me sobraban las palabras.

En la calle del Antipliarju Lascu. Alli abajo el mar, partido en dos: los primeros veinte metros desde la costa, un azul celeste, amable, acogedor; después oscuro, crestas blancas, fieras marinas acechantes, hambrientas. De la nada surgió un viejo. Derecho hacia nosotros. Vestía una camisa blanca raída, chaleco negro y pantalones de vestir llenos de agujeros. Gorro y bastón. Una barba espesa y un pelo igualmente poblado no ahogaban por completo el destello enigmático de unos ojos aún llenos de energía.

Sostenía un ramo de rosas en la otra mano. Rosas mustias, de un rojo desvaído, llenas de pulgas. Le tendió una de ellas a Lucía. Ella la cogió como si en lugar de una rosa le estuviesen ofreciendo la mano de un leproso. Toda la escena resultaba patética y conmovedora al mismo tiempo. El viejo parecía estar pasándoselo bien. Nos miró alternativamente. Tuve la desagradable sensación de que me estaba midiendo. El enigma de su mirada se fue despejando poco a poco. Para ella, lascivia; para mí, envidia. Una forma menor de odio. Habló en plural. Concesión a las leyes no escritas de la cortesía, porque yo para él ya había dejado de existir.

– Calimera, pediá. Ti cánete?

– Mía jará. Ki esís?

– E, ta palévoume, ti na cánoume… -dijo, encogiéndose de hombros-

Iste fitités apó to kendro?

Lucía le explicó quiénes éramos y qué hacíamos allí. Yo quería seguir, no hacerle ni caso al viejo. No nos movimos. O no lo hicimos a tiempo. Él empezó a meternos el rollo. Que si había servido en la marina norteamericana en los sesenta, que si le habían pegado un balazo en no sé dónde y de ahí el bastón, que si de joven no había tenido rival en la isla, que si todas las niñas y las no tan niñas de entonces se morían por él y blablablá. Lucía sonreía. Pero me tenía agarrado con fuerza del brazo y no me soltaba. Los ojos del viejo iban y venían de los de Lucía al brazo y del brazo a los míos. A mí su historia me estaba poniendo negro. Era igual a la de una novela que me había leído el año anterior. Hasta el más mínimo detalle. Como mucho le concedía que hubiera pasado un tiempo en el extranjero. Nada más. Le delataba un deje extraño en el acento y algunos pequeños errores gramaticales. Nos dijo que vivía en la casa de al lado. Ya nos veríamos. Le observamos alejarse cojeando, muy, muy despacio. Después bajó unos escalones a mano derecha antes de llegar a la residencia, empujó una valla vieja y destartalada y entró en una casucha igualmente vieja y destartalada. Volví a Lucía. Noté que su respiración se había acelerado hasta casi dispararse. Escuchar aquella historia increíble parecía haberle supuesto un esfuerzo sobrehumano. Quise decirle algo, una gracia a
costa del viejo, pero cuando reaccioné ella ya se había adelantado unos metros y bajaba camino de la playa. Era un poco frustrante. Se comportaba como si yo no estuviese allí.

V

De acuerdo al calendario habían pasado ya varios días desde nuestra llegada a la isla. Aquello me resultaba difícil de creer. Todo seguía igual. El viento soplaba con la misma fuerza, el calor nunca subía de 31 grados ni bajaba de 26, las nubes no asomaban en el cielo inmóvil. Un mar rugidor en occidente, de una ferocidad sin tregua; calma chicha en el norte, hacia el este. Cada día, cada noche. Sin lugar a la improvisación, a lo espontáneo. Pero lo peor no era eso, aquel bucle infinito de los elementos, aquella naturaleza programada y reprogramada… Lo peor era que nada cambiaba tampoco tras los muros de la residencia. Aquel sonido extraño y nocturno que me agujereaba las paredes del cráneo como una columna de hambrientas termitas no desaparecía.

Mientras permanecía despierto, mía jará. Con el sueño, en cambio, con la caída en la inconsciencia, con la pérdida del asidero de los sentidos, comenzaba la pesadilla. Primero, sensación de asfixia; después, miedo; finalmente, el ruido. Invariable, invariable, invariable. Me solía despertar agotado un par de horas más tarde, como si en todo ese tiempo no hubiera dejado de moverme en la cama de un lado a otro, braceando, pataleando, chillando en sueños: tratando de sacudirme de encima, arrancarme de dentro, aquel horror sin forma ni nombre.

En las sesiones del seminario se me cerraban los ojos. Bostezaba. A veces incluso me quedaba medio adormilado sobre el teclado del net-book. Los colegas se partían. Yo les seguía el rollo. No quería que pensaran que se me estaba yendo la olla. ¿Pero se me estaba yendo? Al atardecer solíamos bajarnos a beber rakí y comer pulpo a la brasa al Drasulites, siguiendo la línea de costa hacia el norte unas pocas decenas de metros más arriba de la rotonda con la estatua dedicada a Diágoras. Me las ingeniaba siempre para que me tocara al lado de Lucía. Por lo general, ya desde el segundo día de seminario, ella no hablaba nunca. Un aire ausente, unos ojos, sus ojos, inexpresivos, rojos en las cuencas, labios despegados, grietas en los labios, el pelo recogido, muy recogido, la piel tirante… Sólo se sobresaltaba de cuando en cuando, brincaba en la silla, nadie sabía muy bien por qué, y ahogaba un grito de terror de origen también desconocido. Entonces se pegaba mucho a mí y me miraba agradecida. Porque “gracias” no lo decía. Ni eso ni ninguna otra cosa.

El entusiasmo que había despertado al principio en todos los chicos, incluido el director del curso, se había ido apagando poco a poco, a medida que ella misma se había ido también apagando. Fría, arrogante, sosa. Rara. Sólo yo parecía darme cuenta de la realidad. Sólo yo parecía apreciarla. Puede que quererla. Había una explicación muy simple que ellos desconocían: las noches, nuestras noches, eran un infierno. Me preguntaba a menudo por qué ella y yo, por qué sólo nosotros dos. No lo sabía. Le daba mil vueltas, pero no encontraba ninguna explicación lógica, racional, que resolviese la cuestión. Quizás es que no la había. Y ya. Vivíamos juntos, sufríamos juntos. Una soga invisible enroscada en torno a nuestros cuellos nos había colgado de la misma rama del mismo árbol. Medio muertos, boqueábamos histéricos tratando de atrapar la penúltima brizna de aire. El cuello despellejado, los ojos casi por completo fuera de las órbitas, la lengua hinchada y azul. Sin tiempo ni fuerzas para nada. Sobrevivir, aguantar hasta que el dios que nos aborrecía nos sacase de aquel paramundo delirante y corrupto. O hasta que al menos mostrase algo de piedad y se decidiese a terminar con nosotros de una maldita vez.

VI

Uno de aquellos días imposibles de distinguir del anterior y del siguiente hablamos. Nos habíamos quedado los últimos en el comedor. Ensalada fría de pasta con aceitunas negras, pepino, queso feta y no sé qué más. La conversación alegre de los compañeros fluía naturalmente en algún plano al que ni Lucía ni yo teníamos acceso. Ya ni se molestaban por hacernos participar. Ni en despedirse. Solos. Ella comía tan lentamente que podría haber hecho la digestión de cada bocado en el viaje del tenedor al plato y del plato a la boca. A mí me tocaba fregar, pero no moví el culo de la silla. La miré a los ojos. Estaban vacíos. O tan hundidos que hubiera hecho falta introducirse físicamente en ellos para llegar al sancta sanctorum de sus emociones. Cogí un tenedor y comencé a trazar trayectorias al tuntún sobre la mesa. Ella siguió los movimientos del tenedor con aprensión y se llevó la mano a la garganta, como si temiese que el tenedor fuese a tomar el control de mi mano y volar directo a su yugular. Lo solté, avergonzado. Continué viéndola comer. Ella compuso una sonrisa neutra. De agradecimiento neutro. Ya valía. Urgía tratar de comprenderla y de hacerme comprender. De hacerle ver que ambos éramos iguales. Que éramos uno.

– No sé qué me pasa, Lucía.

– ¿Eh? Perdona, no te he escuchado…

– Nada, que desde que llegamos aquí no entiendo por qué, pero no estoy durmiendo nada. Y no puedo más…

– Yo tampoco… -pareció concentrar toda su atención en mí durante un segundo. Me miraba fijamente. Toda su cara estaba temblando. (¿O era yo el que temblaba?) Luego dijo-: ¿Tú también…?

Se detuvo. La apremié, a punto de perder los papeles:

– ¿Yo también qué?

Pero la conexión mágica que por un momento acababa de percibir entre nosotros se había ya desvanecido. Se levantó de la mesa. La mirada huidiza, evitaba descaradamente encontrarse con la mía. Su voz, febril.

– Nada, nada, Alberto, déjalo mejor… Luego te veo, ¿vale? Ciao.

Ese mismo día por la noche. Ordenador, rojadirecta.me sin sonido, el grupo de Comunio del whatsapp a todo meter. Youtube en otra pestaña: Arvanitaki. Dos versos que no podía dejar de canturrear: Celo condá su na mino, celo skiá su na yino. Yo les añadía un “Lucía…” después del yino. Llamaron a la puerta. ¿Sí? Alberto, abre, hazme el favor. Era Andrés, el director. Se mantuvo en el umbral de la puerta, medroso. Rodeos y más rodeos. Mira, Lucía tal, Lucía cual, muy nerviosa, ya lo habrás notado, a peor, tranquilizantes… Se miraba los pies. Luego torcía la cara y parecía atender al pasillo vacío. Pero sólo era eso: un pasillo vacío. De nuevo los ojos al suelo. Así estuvo un rato que a mí se me hizo interminable, aunque tal vez no fueran más de uno o dos minutos. Por fin lo soltó: que si había visto a alguien merodeando de noche por los alrededores de la residencia, en concreto cerca de las ventanas de la planta baja. La mía. La nuestra. Me dio un vuelco el corazón. ¡Eso era…! Pude articular un casi inaudible “joder, no”. Él asintió con naturalidad, como si aquella respuesta fuese la única posible. Luego cerró la puerta, entró en mi cuarto y se sentó en la cama. Tono de amigo íntimo, de te confío esto sólo porque eres tú. Y sólo yo era yo. Me dijo que habían hablado con los padres de Lucía. La madre le había contado –tal vez sólo porque era él- que en la adolescencia la niña había sufrido depresiones, alguna crisis de histeria, un par de llamadas al 112… Nada serio. Todo superado. Eso creían. Porque en lo que no creía ni Cristo era en el merodeador. Y menos después de mi “no”. La iban a mandar de vuelta a casa pasado mañana al mediodía. Sentí que el mundo se hundía bajo mis pies, que yo me caía por el agujero y que, una vez abajo, muy abajo, el mundo volvía a sellarse. No me lo podía creer. La iba a perder, a perder para siempre…

Cuando Andrés se fue, me tiré en la cama. Me consumía de rabia y tristeza, pero no podía llorar. No me salían las lágrimas. Nunca me salen.

¿Tengo de eso? Perdí el sentido del tiempo y el espacio. No recuerdo nada de lo que pensé ni pasó entonces, salvo que, cuando estaba ya a punto de dormirme, agotado de cuerpo y mente, escuché algo ahí fuera, en la calle, entre el bamboleo de las palmeras atormentadas por el viento negro de la noche. Parecían pasos, pero su cadencia era extraña. Uno, dos… y tres.

¿Pasos de un ser de tres patas? No. ¿Entonces? De pronto una solución espantosa se hizo cuerpo en mi cerebro. Uno, dos y tres: ¡los pasos de un cojo! Corrí hacia la ventana. No vi nada. Los pasos ya se perdían en la distancia, sordos pero no tan sordos como para no poder escucharlos con cierta nitidez. El grito desgarrado de Lucía abrió la noche en canal. Me quedé paralizado, como si su chillido hubiese descargado en mi cuerpo una descarga de voltios insoportable y me hubiese dejado frito. Andrés entró en mi cuarto sin llamar, minutos después. La cara descompuesta. En las manos, una rosa marchita. Marchita no. Podrida. Alguien la había dejado en el suelo. En el suelo delante de la puerta de Lucía.

VII

Por la mañana vino la policía. Entraron en la sala, llamaron por señas a Andrés y salieron. Andrés detrás. Frente a mí en el aula, Lucía, como siempre. Aquel día los ojos de todos, no sólo los míos, apuntaban hacia ella: la víctima. Su martirio la había redimido. Bienvenida al grupo de nuevo. Os lo dije. ¿No os lo dije? Que no estaba loca, que no alucinaba, que no se perdía en dimensiones paralelas pobladas por engendros espantosos, abortos de una imaginación enferma y morbosa. Que todo era real. Que el monstruo lo era. Quizá por eso –qué paradoja…- Lucía parecía algo más feliz. Nadie dudaba ya de ella. Sobre todo ella no dudaba de ella. Me carcomía el alma figurármela llorando cada noche al despertar con la silueta del cojo recortada contra su ventana, el brillo lascivo de aquellos ojos ocultos tras el pelo sucio, los labios barbados humedecidos por una lengua viciosa y ágil, de serpiente… Y ella sin valor para hablar, para contarlo todo, porque tal vez todo sucede en sueños, o en la frágil vigilia, y ya estuvo una vez loca y tiene miedo de que el bicho siga aún dentro de ella y esté de vuelta, comiéndole la razón, royéndole lenta, pero inexorablemente, las cadenas que aún la mantienen aferrada al planeta tierra. Pero la rosa… esa rosa era una prueba de cargo en su juicio por locura. Yo también era una prueba. Yo había visto antes esa flor, esa flor fea y repugnante, más fea y más repugnante en las manos callosas de aquel cojo tarado hijo de la gran puta… Lo verbalicé sin darme cuenta. Lo de “cojo tarado hijo de la gran puta”. Todos me estaban mirando. También Lucía. ¿Desde
cuándo? Bajé la cabeza. La policía y Andrés volvieron a entrar. Esta vez Andrés se quedó y yo salí.

Les conté lo poco que sabía del cojo: su historia y que vivía ahí al lado. Les di su descripción. Los dos tíos se miraban de cuando en cuando, pero no me interrumpían. Supuse que las líneas que nacían de sus ojos y se prolongaban casi hasta las comisuras de sus labios serían de preocupación. De haber visto el mal unas veces, de haber hecho el mal ellos mismos otras. Cinco minutos y silencio. Uno de ellos, piel de aceituna y poco pelo, sacó una bolsita de tabaco de liar y comenzó el proceso. El otro fumaba cigarrillos normales. Me ofrecieron. No. El del tabaco de liar hizo una mueca que podía significar cualquier cosa. Vi sus dientes. Sus caries. Me dijo que mi versión coincidía exactamente con la de Lucía. Pues claro. Volvió a preguntarme por la casa en la que habíamos visto entrar al viejo. Le respondí que si les parecía bien mejor salíamos y se la enseñaba directamente. Eso hicimos.

– Aftó, aftó to spitaki, apó ki bike o andras… -la expresión de sus rostros me inquietó-. Signomi, yínete cati? Den xérete pú ine?

No era eso. Era que ahí no vivía ningún viejo. Sólo una viuda medio trastornada con su docena y media de gatos infectos. Ni ella ni los vecinos habían visto jamás a nadie que respondiera a la descripción del cojo. Tampoco los trabajadores de nuestra residencia, que llevaban allí media vida. Qué, cómo, repítanmelo… De piedra. Me dijeron que al principio pensaron que, dados sus antecedentes psiquiátricos, todo era un invento de Lucía, consciente o no. Y la rosa parte de una broma macabra de alguno de nosotros. Nadie es tan cabronazo. Eso les contesté. Ellos ni que sí ni que no. El problema era que yo había corroborado la historia de Lucía acerca de aquel hombrecillo siniestro
y nunca antes visto por aquella zona. Entonces qué problema había. Me sugirieron que estaba mintiendo. Para qué. Para protegerla. De qué. De su familia, de los compañeros, de la gente. Una loca es siempre una loca, chaval. En el año 13, en el 2013 y en el 4013. Les juré que no, que todo había sido real. Creo que incluso les grité. Me puse tan frenético, tan fanático de mi propia historia, que me dio la impresión de que reculaban y que me (nos) tomaban en serio. De todos modos, mañana temprano ella se marchaba y en menos de una semanita el curso terminaba y todos nos volveríamos a España. Así que sigá, re, Alberto. Les mandé a la mierda. ¿Cómo coño querían que me tranquilizase?

VIII

Enjuagué el cepillo de dientes y me sequé la boca con la toalla. Me planté una vez más ante el espejo a sentir pena de mí mismo. Me había despedido de Lucía hacía menos de media hora. Ni mú. Ni un cuando vengas a Madrid nos tomamos algo. Nada. Sólo un doloroso nudo en la garganta y una vibración casi imperceptible en los labios. Tristeza infinita y mal contenida. Un placer. Otro. Me puse la camiseta de dormir y me tumbé tal cual encima de la cama. Ella dormía en la habitación de siempre, a pocos metros de la mía. A las cuatro y pico de la madrugada despegaba su vuelo. Le habían propuesto mandarla a un hotel para que pasase una noche más tranquila, pero ella había dicho que nononó. Una buena ración de somníferos y la policía pasando por el Centro cada hora eran más que suficientes. Al fin y al cabo hay voyeurs a la salida de cada colegio, en cada parque en verano, en cada piscina, cada playa… El mal, aunque sea en su versión más chusca, es ubicuo. Hay que aceptarlo como viene. Cuestión de acostumbrarse a él. Pero Lucía además estaba muy agradecida. Y esta vez el “muy” y el “agradecida” eran auténticos, no la fórmula muerta de una muñeca de porcelana. El cuñado de la directora de la residencia: andidímarjos tis Rodu, un capo local, vamos. Dos conversaciones rápidas por teléfono y la policía a nuestra disposición. Mediterranean style. Lo que sea con tal de que nos sintamos cómodos. Para la propia supervivencia del centro este seminario de cada verano era indispensable. Que la imagen no se resienta. Y sí. Todos se sentían cómodos. Todos menos yo. En mí no había espacio para una sola emoción positiva. La desesperación lo anegaba todo, me consumía la batería del cien al cero por ciento. Poco después me dormí.

No. Otra vez no. El ruido no, por favor, esta noche no… Me desperté. Abrí los ojos. Y lo que vi… Lo que vi me heló la sangre. Volví a cerrarlos. Tenía que ser un sueño, la peor pesadilla. Noté cómo el miedo se expandía a través de mi cuerpo por cada vena, cada nervio, cada músculo. Tiritaba. No. Eran convulsiones. Prácticamente. Sentí arcadas, ganas de vomitarlo todo, de vomitarme a mí mismo. Volví a abrirlos. Sucedía, Dios mío, sucedía de verdad… Al otro lado de la ventana, medio difuminado por la mosquitera, estaba el cojo, mirándome fijamente. Traté de levantarme de la cama, encender la luz y hacerle huir, pero no pude moverme ni un centímetro. Por la manera en que me observaba, comprendí que él no se sentía observado. ¡Mis ojos continuaban cerrados! Y sin embargo lo estaba viendo perfectamente allí de pie, manipulando algo en la mosquitera sin miedo a ser descubierto. ¿Qué hacía? ¿Qué era ese ruido? No puede ser. Era mi ruido… ¡Mi ruido! Estaba raspando la mosquitera con algo cortante, poco a poco, muy despacio, para hacer el menor ruido posible y sin dejar huella aparente en ella… Así que eso llevaba haciendo desde la primera noche… Quise gritar. El cerebro no me obedeció. Seguí allí, tirado en la cama como un muerto, sin poder hacer ni decir nada que le hiciese darse cuenta de que le había descubierto. De repente el ruido cesó. El cojo se echó un poco para atrás, extendió los brazos y, muy cuidadosamente, arrancó un trozo enorme de mosquitera. Luego trepó por la ventana y se introdujo en mi habitación. Un cuchillo gigantesco apareció en su mano. Una rosa inmunda en la otra. Avanzó hacia mí. No cojeaba. Comencé a rezar. Por primera vez en mi vida. A llorar. Por primera vez en mi vida. Depositó la rosa en mi vientre. Dio una vuelta a la cama y se quedó unos segundos mirándome. Yo ya había renunciado a defenderme. Nada en mi cuerpo funcionaba, ni siquiera los párpados que me ahorraran el castigo de contemplar todo aquel horror. Por fin se movió. Se acercó a mí y me tapó la boca con la mano que había sostenido la rosa. Vi que también él lloraba.

La primera puñalada me atravesó el abdomen de parte a parte. Me agité como una anguila y creo que escupí sangre. Me volvió a apuñalar en el mismo sitio varias veces, cortándome intestinos, órganos, arterias… Otra y otra y otra. Sin fin, sin límite. Vomité. Bilis, sangre. Luego subió al pecho y amartilló con su cuchillo cada parte de mi torso. Yo ya no sentía nada, sólo el impacto de cada puñalada, un impacto fugaz y salvaje, seguido de decenas de impactos tan fugaces y tan salvajes. Mi cuerpo se arqueaba informe a cada golpe suyo, más como reacción nerviosa autónoma que dirigido por mí. Sólo lo veía subiendo y bajando su brazo sin parar, con aquella expresión de rabia, de odio, de violencia desenfrenada… Lágrimas, más lágrimas. Su barba y su pelo empapados en sangre, en mi sangre. No se la limpiaba. La sorbía y se la bebía. Yo no podía pensar en nada. Sólo en que el final debía de estar ya muy cerca, por favor que esté muy cerca… Me acuchilló en el cuello y luego en la cara. Jadeaba. Matar lo estaba dejando sin aliento. De pronto algo sucedió.

Algo, sí… Algo que hizo que mi cuerpo moribundo recuperase la suficiente energía como para poder estremecerse de terror una última vez. Se apoderó de mí un terror dantesco, el mayor horror que un ser humano es capaz de concebir. Su barba, esa barba sanguinolenta y sucia, comenzó a caérsele, a desprenderse de su cara. En la orgía de violencia y muerte él no se daba cuenta. Yo tampoco me di cuenta.
Porque el rostro deformado por la demencia que apareció tras la barba postiza era el mío. ¡El mío! Y los ojos reventados por el horror y las cuchilladas que habían presenciado aquella aberrante metamorfosis eran los ojos grandes y redondos de mi pobre y querida Lucía.

Que gracias por todo

Queridos y queridas fans, aquí os dejo este microrrelato con el que gané el “Segundo certamen de microrrelatos MicroRock” en el año 2014. Fue un momento feliz, en realidad muy feliz, al que también hay una pequeña referencia en el primer capítulo de “El Demacre”

QUE GRACIAS POR TODO

Nada, imposible, ya no das más de ti. Y qué pena. Con lo que hemos sido tú y yo. Siempre juntos desde hace cuánto, ¿treinta, cuarenta años? Para la cantidad de canciones que da eso, madre mía. Ni se había muerto John Lennon, fíjate. ¿Te acuerdas de las veces que hicimos Something aquella noche? No sé quién le ponía más sentimiento, si tú o yo. Fue perfecto, ¿eh? Como tantas otras veces.

Es verte ahí, tan inútil ahora, y venírseme a la cabeza tantas imágenes, tantos sonidos… La mejor idea que tuvimos fue viajar siempre juntos y solos. Nadie más que tú para escucharme a mí y yo para escucharte a ti. ¿Fue cuando las Olimpiadas que tocamos One en la colina de las Musas? Al terminar sólo ladró el perro del guardia del yacimiento. Serían las tres o las cuatro de la mañana, ¿no? Dios, cómo me gustaba hacer eso…

En fin, que te hiciste viejo. Ya no reaccionas ni puedes seguir mi ritmo como antes. Es ley de vida, no hay que darle más vueltas. Sólo me queda la pena de no ser más que una guitarra para poder darte un abrazo y decirte que gracias por todo.

AMOR NO HAY MÁS QUE UNO

Por Juan Muñoz Flórez

Allí estaban los dos, muertos. Dejó caer distraídamente el cuchillo de cocina en el suelo y se apretó el antebrazo con la mano izquierda. Le dolía horrores. ¿Cuánto rato había pasado desde la primera cuchillada hasta ahora? ¿Cinco, diez minutos? No lo sabía. Había sangre por todas partes y el brazo derecho lo tenía completamente entumecido, así que no debía de haber sido cosa de un momento. Es normal, pensó, se  lo merecían. Sobre todo ella.

Se sentó en el sofá. Poco a poco, el cansancio fue remitiendo, los pulmones se llenaban de aire, el pulso volvía a su ritmo de siempre. Tampoco la muñeca derecha le ardía ya como antes. Apartó la mirada de los cadáveres. Estaban uno encima del otro como muñecos de trapo despanzurrados y abandonados sin remedio. En especial trataba de evitar los ojos aún abiertos de ella. Parecían observarlo atentamente, y su brazo, extendido en posición de súplica o de auxilio, ese brazo que tantas veces él había besado con extrema ternura, le perturbaba sobremanera. En el fondo sentía pena. Por ella y por sí mismo. La había querido muchísimo. Tanto como para odiarla con toda su alma.

Y para su desgracia siempre la querría. Mi único y gran amor, se dijo. Tiempo atrás había albergado la esperanza de poder superarlo, pero ahora, ahora que ella ya no podía hacerle más daño, ahora que ella era todo pureza, que la muerte la había redimido, comprendía que la fuerza de aquel sentimiento jamás se desvanecería. Se levantó del sofá. Lágrimas del tamaño de granos de arroz rodaban por sus mejillas mientras se acercaba a ella. Se sentó a horcajadas en el suelo y cogió la mano que ella le ofrecía. Aún estaba blanda y caliente. En un rapto de violenta cólera, empujó al otro hombre, que, tendido encima de ella, daba la impresión de haber muerto en un último y patético intento por acapararla. Dios mío, que dejaras de amarme, de adorarme, por esta basura… Se enjugó las lágrimas y le besó la mano con desesperación. Descubrió que llevaba las uñas pintadas de rojo y la apartó de sí repugnado. A él nunca le gustó que se las pintara. Y menos de rojo.

No tardó en volver a sentarse junto a ella. Luego se tumbó a su lado. Pronto estuvo tan lleno de sangre como los dos muertos. Recordó una anécdota acerca de los espartanos que le habían contado una vez en clase, hacía ya muchos años. El profesor les aseguró que los espartanos iban a la batalla embadurnados en pintura roja para no desfallecer ante la visión de sus propias heridas. Desde entonces había pensado muchas veces en ello. Le resultaba impresionante la escena, llena de grandeza y hombría. Sin embargo ahora era completamente distinto; lloraba abrazado a ella y se sentía miserable y débil. La sangre le era del todo indiferente.

Sólo la visión del otro le devolvía parte del vigor y la energía derrochados en la matanza. No quedaba de él más que un enorme colgajo de carne abierta en canal, pero aun así podía apreciarse la expresión estúpida y animal de su rostro, la tosquedad de su cuerpo, los miembros tostados por el sol. Un deportista al aire libre, murmuró,  sonriendo para sí. Y de qué te ha valido, ¿eh? Pero no se engañaba; él mismo conocía muy bien la dolorosa respuesta. Poco le faltó para gritar de rabia. No había día que no se la imaginara aprisionada en aquellos brazos, bajo aquellas piernas torneadas por el ejercicio constante, rota entre gemidos de placer entrecortado, culpable. Ella siempre se lo negaba, siempre. Incluso un rato antes, cuando se los encontró desnudos haciendo el amor en el dormitorio, había ocurrido así. Fue ver el cuchillo en su mano, la determinación de su mueca, y ella jurar y perjurar que le quería, que nada había cambiado, que por favor le creyese. Se dobló a punto de vomitar, vencido por el recuerdo tan vívido de su voz. Durante unos instantes, con su mejilla pegada a la de ella, le susurró al oído maldiciones y bendiciones en un incontrolado y confuso torrente de pasión.

De todos modos, indicios ya tenía antes de hoy. Las miradas huidizas, las excusas para salir a cualquier hora, el creciente y evidente desinterés hacia él… Estos últimos meses había comprendido algunas cosas hasta entonces sin sentido. No las que hubiera esperado, sin embargo. Nada le decían las canciones de desamor, ni los poemas de amantes desesperanzados. Nada le aliviaba escuchar experiencias semejantes de boca de amigos o parientes. Él encontró la perfecta expresión de sus pensamientos en algo  tan prosaico como las noticias de sucesos. “Mía o de nadie” resumía a la perfección aquel sentimiento salvaje que le nacía de muy dentro. Se sorprendía de ello, pues siempre se había creído incapaz de violencia alguna. Pero no se culpaba ni se arrepentía de lo que acababa de suceder. Le había dado más de una y de dos oportunidades, había sido paciente. Había tratado incluso de entenderla, de averiguar las causas de aquel abandono, de aquella violación de todas las promesas eternas otrora contraídas. La traición, eso era más de lo que podía soportar. Apretó los dientes con furia hasta  hacerlos rechinar. Por qué, murmuraba enfebrecido, por qué me has obligado a hacer esto…

Se extrañó de la tardanza de la policía. Era imposible que los vecinos no hubiesen oído nada. Quizás estaban demasiado acostumbrados a los gritos de ella y ya no distinguían cuándo iba en serio y cuándo no. Ella no era una persona fácil, él lo sabía mejor que nadie. Incluso dañina, también lo admitía. De hecho, más de una vez había tratado sin éxito de alejarse de ella. Sus amigos le decían que la naturaleza de aquella relación, tan absorbente, no era sana, y él se mostraba de acuerdo con ellos. Pero no funcionaba. Terminaba siempre por volver, en ocasiones derrotado por su propia e insoportable soledad, en ocasiones por los mil y vanos propósitos de enmienda de ella. Por eso mismo había llegado a odiarla tanto, porque tenía la sensación, más bien la certeza,  de  que  cuando  la  mujer  ya  había  logrado  su  objetivo  de  hacerle depender absolutamente de ella, después de muchos años, era cuando se había aburrido de él y lo había reemplazado por otro. Y para mí entonces ya no había escapatoria ni salvación, se dijo. Era ella o la nada. Y había salido la nada.

Tendría que llamar a la policía él mismo. Intuía que si no reaccionaba pronto no lo haría ya nunca y terminarían por pudrirse los tres juntos en aquel horrible salón. Besó los labios de ella por última vez. Mientras lo hacía le susurró que le perdonara, que él ya la había perdonado a ella. Movió la cabeza en dirección al cadáver del otro. Su  presencia se le hacía cada vez más difícil de soportar. No tenía más significado que el  de corromper el cadáver de ella tal y como había corrompido su cuerpo cuando aún vivía. En realidad, comprendió, tenía ganas de volverlo a apuñalar. No lo hizo. Si alguien descubría unas cuchilladas infligidas post-mortem quizá le encerraran para siempre en un psiquiátrico y él no estaba dispuesto a pasar por eso. Homicidio por enajenación mental transitoria. Y en unos pocos años, fuera. Porque no estaba loco. Sólo desesperado.

Con paso vacilante caminó hasta el dormitorio. La cama aún estaba revuelta y  las ropas que no les había dado tiempo a ponerse descansaban desordenadas sobre la silla. No recordaba dónde había dejado su móvil, así que rebuscó en el bolso de ella. Se le ocurrió la mala idea de leer los últimos whatsapps intercambiados con el otro. Todo  el delito estaba allí explicado en detalle. Tuvo la tentación de estampar el móvil contra  la pared, pero logró contenerse. El olor del perfume de ella, aún dueño y señor del cuarto, le sumió en un nuevo y súbito estado de depresión. Jamás podría olvidarla. El recuerdo de su risa, de sus caricias, de sus besos, le asaltaría sin piedad hasta el último día de su vida. Eso le convertiría en el ser más infeliz y oscuro sobre la faz de la tierra. Estaba completamente seguro de ello.

Se echó en la cama bocarriba, con los ojos clavados en el techo blanco. Por un momento perdió la noción del tiempo y el espacio y a punto estuvo de quedarse dormido. Luego marcó el número de emergencias y se llevó el móvil a la oreja. Enseguida desviaron la llamada.

  • Policía, ¿dígame?

Se sorprendió de lo vieja y triste que sonaba su propia voz de  veinteañero cuando por fin contestó:

  • Vengan enseguida, por favor –y cogió aire para decir-: Acabo de matar a mi madre.

FIN