“NO CREO QUE HAYA LITERATURA EN LA QUE EL AUTOR PUEDA ESCAPAR DE SÍ MISMO” (II)

ACALANDA Magazine

LUCAS ALBOR ENTREVISTA A JUAN MUÑOZ FLÓREZ

El pasado viernes 13 de enero se fallaron los Premios Guillermo de Baskerville, distinción a través de la que el prestigioso portal de reseñas Libros Prohibidos reconoce a la mejor novela independiente, en este caso del año 2016. El premio recayó sobre El Demacre, novela escrita por Juan Muñoz Flórez y editada por Amarante. Aquí os dejamos la primera parte de la entrevista que, con motivo de dicho reconocimiento, le realiza Lucas Albor, también autor de Amarante y finalista del susodicho premio con Golondrinas muertas en la almohada

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“NO CREO QUE HAYA LITERATURA EN LA QUE EL AUTOR PUEDA ESCAPAR DE SÍ MISMO” (I)

ACALANDA Magazine

LUCAS ALBOR ENTREVISTA A JUAN MUÑOZ FLÓREZ

El pasado viernes 13 de enero se fallaron los Premios Guillermo de Baskerville, distinción a través de la que el prestigioso portal de reseñas Libros Prohibidos reconoce a la mejor novela independiente, en este caso del año 2016. El premio recayó sobre El Demacre, novela escrita por Juan Muñoz Flórez y editada por Amarante. Aquí os dejamos la primera parte de la entrevista que, con motivo de dicho reconocimiento, le realiza Lucas Albor, también autor de Amarante y finalista del susodicho premio con Golondrinas muertas en la almohada.

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Drogas y Literatura (I): ¿Elemental, querido Watson?

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De niño, como tantos otros niños de todo el planeta a lo largo de los últimos ciento treinta años, yo leía sin parar novelas y relatos que tenían por protagonista a un cocainómano. Mi ídolo, el farlopero, poseía una de las inteligencias más poderosas de la literatura universal, un vigor envidiable, un absoluto control sobre cualquier situación, una autoestima a prueba de cualquier equívoco, y sobre todo -consecuencia lógica de lo anterior- una inquebrantable fe en sí mismo y en sus extraordinarias cualidades, capaces siempre de garantizarle el éxito en cuanta empresa acometiera. Sí, mi cocainómano era casi un dios para mí, la pluscuamperfección hecha hombre, el padre de ficción que me sustituía al casi siempre ausente en la realidad… Snif. Joder, yo amaba a mi cocainómano por encima de muchas cosas, si no de todas.
Y es que yo amaba, a que ya lo sabes, a Sherlock Holmes. ¿Elemental, querido Watson?
Susto o muerte. Whatever.
Seguimos.
De todos modos, aquí hay truco, que no trato. Oh, sí. Lo hay porque no fue sino hasta muchos años después que yo supe que había hecho de un cocainómano un héroe infantil. Repito: lo hay porque no fue sino hasta muchos años después, en torno a los locos años veinte, que volví a releer las historias de Sherlock Holmes. Y lo hay porque fue entonces, y sólo entonces, que descubrí que, aparte de fumar en pipa y tocar el violín cual snob cualquiera rollo Javier Marías, cada vez que Sherlock, toda una puerta de la percepción en sí mismo, se sentía aplastado por la vida en forma de sopor, abulia o melancolía insoportables -ay hermano victoriano-, recurría a una “trascendentalmente estimulante y esclarecedora para la mente” inyección de cocaína al 7%. Y así, el bueno de Sherlock, por fin estimulado, esclarecido y, a ver si no, enzarpado hasta las cejas, se recostaba ensimismado en su vieja butaca y leía. Y pensaba. Sí, hombre, nada más que eso: leer y pensar. Sobre todo pensar. Pensar dentro y pensar fuera. Pensar en el todo y pensar en la nada. Pensar sin pensar. Un yonki solitario. Un yonki loquísimo. Un yonki bueno, un puto triunfador. Eso es: un yonki de nombre Holmes, Sherlock Holmes. De nuevo: ¿Elemental, querido Watson?
Pues depende, oye.
He pensado mucho todo este tiempo por qué yo, de pequeño, no me daba cuenta de nada. Y lo de que en general, debido a esa misma condición pequeña mía, no me enteraba de la misa la media mejor ni considerarlo. Yo sabía de sobra qué era la droga. Era imposible no saberlo siendo un niño de los ochenta en el centro de Madrid. Jugaba entre jeringuillas en el parque con mucho cuidado de no pincharme porque aparte del SIDA te hacías adicto instantáneamente; a mi colegio venían regularmente mentirosos profesionales a ponernos los dientes largos con la milonga de que ojo con las calcamonías de drogaína gratis total que demonios vestidos de personas regalaban a los niños a la salida de clase; todas nuestras madres y padres tenían algún familiar, amigo o conocido aniquilado por la droga o en vías de estarlo y no se preocupaban de ocultárnoslo. Todo era droga allí y entonces. ¿Todo? No. Sherlock, no. Mierda, qué maestro del disimulo el Sherlock. Cabalgando después de muerto éste también. ¿Pero y por qué? ¿Por qué nadie parecía enterarse? ¿Una conspiración de silencio tipo Reyes Magos pero con mirra a 50 pavos el pollo?
Es eso. Es eso y su contrario.
Qué profundo te pones.
Para empezar, pocas veces en la historia de la literatura -hasta donde yo conozco, que no sé si es mucho ni poco-, se ha tratado con mayor verismo el consumo de droga, al menos de las tan alegre y acientíficamente calificadas como “drogas duras”.
¿Y en qué consiste ese tratamiento realista de la droga mala aparentemente tan especial? Pues, paradójicamente, en la misma ausencia de tratamiento. Me explico. Cada vez que Sherlock decide darse un homenaje a base de cocaína de la buena, no hay juicio. Y no hay juicio ni en el texto ni en el contexto. Y es que ni el narrador reprocha expresamente a Sherlock su uso (salvo admoniciones monjiles de corte humorístico de Watson tipo “tiene usted que dejar ese vicio tan desagradable” con cara en realidad de dame-de-lo-tuyo-pirata), ni -recurso estándar de la rancia contemporaneidad- el consumidor es pintado con tenebrosos trazos de fracasado, perdedor o desequilibrado, sino, y aquí la burla genial de Conan-Doyle, justamente todo lo contrario.
Sin embargo, olvidémonos: lo más importante de lo visto hasta ahora, lo desgraciadamente revolucionario por inhabitual, no es si Sherlock consume droga o no, que sí, ni si ese consumo roza la adicción o no, que también. Lo verdaderamente crucial aquí es que el consumo de droga -tan moralmente condicionado en la literatura moderna- le resulta tan absoluta y maravillosamente indiferente al lector y al autor de los relatos como a los propios personajes de los mismos, y que, así, la cocaína, en lugar de desempeñar el rol desestabilizador o incluso degenerador que generalmente tiene reservado hoy en el imaginario colectivo, no es en la obra de Conan-Doyle más que otro de los muchos elementos que hacen de Sherlock ese ser perturbadoramente complejo, tan ambiguo, cautivador hasta la demencia, que a tantos y tantas nos ha dado cientos de horas del más absoluto placer emocional, sentimental e intelectual.
Por tanto, en mi aletargada opinión, si Sherlock es un héroe apto para todos los públicos aún hoy que la consideración de la droga es muy diferente a la de la época en la que fue concebido -mucho habría que hablar también sobre esto-, es entre otras cosas porque su autor nos presenta la droga completamente incardinada en la cotidianidad del individuo y desprovista de cualquier consideración moral. La droga no es aquí, como ya he dicho, factor de desestabilización alguno, sino estimulante poderoso capaz de guiar al yo hasta el más recóndito sagrario de la mente. Y ésa y no otra es la razón fundamental para que los caminos de Sherlock y la cocaína converjan: el ansia indomeñable de conocimiento, el combate a muerte contra el hastío, el empuje del inconformismo. Y ésa y no otra es, también a mi juicio, la razón fundamental para que Sherlock no se duerma en los potencialmente letales laureles de la cocaína: la perfecta consciencia de que la droga no debe ser otra cosa más que herramienta, sólo plataforma, nada sino medio para alcanzar Sherlock ese mismo conocimiento, verdadero motor de su existencia. Y en consecuencia, nunca, por nada del mundo, hacer de la droga fin en sí misma. En definitiva: nunca sustituir el conocimiento que proporciona la droga por el conocimiento que está en la droga.
Conan-Doyle, como buen consumidor (“buen” aquí en el sentido cualitativo del término, de nuevo no moral), supo precisar como pocas otras veces se ha hecho antes y después el retrato del consumidor habitual, un consumidor tan real, por fortuna, como el miserando enfermo, arruinado en todos los aspectos de su vida, que tan a menudo y de manera unívoca y excluyente nos presentan la literatura y el cine contemporáneos en su hipócrita e infantil cruzada por demonizar la droga. No es este post ramplón y manipulador el lugar para analizar por qué se desató esa histeria antidrogas curiosamente poco después de que Sherlock Holmes muriese a manos de Moriarty -para luego marcarse una resurrección que ni el superhéroe de Belén, tú-, pero si hay alguien que se crea que aquello fue por salvaguardar nuestra salud física, mental y moral, lloro de pena por su alma negra.
En cualquier caso, antes de que mi último lector también me abandone, hay una pregunta final que se me hace pertinente:
¿Sostendría nuestra moderna sociedad un héroe como Sherlock, un héroe con su socarronería, su brillantez, su pulcritud, su intenso aunque contenido romanticismo, su valor, su ingenio, su versatilidad, su energía, su fuerza, su integridad… pero también con su cocaína? ¿Podría nuestra moderna sociedad entera, de 0 a 99 años, soportarlo en toda su diversidad? ¿Podría, por reducirlo aun más al absurdo, ganar por ejemplo el Planeta un libro protagonizado por alguien así?
Muchos pensarán que sí, que comparados con la Inglaterra del XIX somos el no va más de la transgresión y que esa burda doble moral hermana pequeña de la victoriana no tiene ya cabida entre nosotros; que, aun doblemoralistas natos también, al menos nos hemos sofisticado un poco con el paso de los siglos y que por tanto cómo no vamos a haber superado ya esa ola de puritanismo -o idiotismo- que nos asoló durante casi todo el siglo XX. Claro que sí. Si Sherlock existe, ¿por qué no otros? ¿Por qué no nosotros?
Pues no lo sé. Yo no sé nada de muchas cosas. Tampoco de ésta. Pero por favor, si eso es así, sólo que alguien me explique por qué en la muy moderna y por otra parte excepcional serie sobre Sherlock de la BBC, siempre que miro nostálgico su brazo en busca de los otrora abundantes pinchazos de la aguja hipodérmica, lo único que mis ojos vidriosos encuentran son parches -¡ah traicionera metáfora!- de triste, tristísima, nicotina.
Y ahora sí:
Elemental, querido Watson.

On writing o cómo justificarme ante mí mismo

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En un momento dado de la novela Happiness, de Will Ferguson, el protagonista, un editor, afirma con una buena dosis de mala hostia lo siguiente: “hay que saber diferenciar muy bien entre un libro y una cosa con forma de libro”. Esta frase -a primera vista una mera y ocurrente apreciación irónica sobre la literatura de mala calidad- encierra, sin embargo, varias interpretaciones más dentro de sí. O eso creo cuando cierro los ojos y pienso.

No obstante, la única que importa ahora y a la que voy a dedicar diez minutos de mi valiosísimo insomnio es la que hace referencia a la cosa en sí: el libro. Y es que si distinguir entre “libro” y “cosa con forma de libro” es una broma eficiente por autoidentificativa es porque es cierta; porque, tanto para Will Ferguson como para millones de humanos y humanoides más, el libro no es sólo continente, sino también contenido, y por lo tanto, nada cuyo contenido no esté a la altura de ese mismo continente merece llamarse así, “libro”. Ehhh. ¿Cómorl?

Tú’jcucha.

Pero veamos. ¿Es realmente así? ¿Es el libro un todo, un cuerpoyalma? O más bien, ¿es la literatura una palabra que tanto designa al objeto del que se ocupa como establece un límite mínimo de calidad para aquello contenido en dicho objeto? “Eso no es literatura, es mierda”, podemos oír cuando alguien bello y bueno habla de una novela de Ruiz Zafón, de Boris Izaguirre o de Javier Sierra. Y sí, claro, amigo bello y bueno, tú tienes razón, toda la del mundo, hombre: esas novelas no son sólo mierda, son, además… (ralenticemos ahora el ritmo de lectura)… puta mierda.

Ahora bien, ¿es esa puta mierda literatura? Por suerte sí. ¿Y libros, son esa mierda de novelas libros? Por suerte también.

Y digo “por suerte” porque el sacralizar el soporte libro y convertirlo en depositario y guardián de las esencias a la larga ha hecho más mal que bien. El libro, nos guste o no, en una sociedad de consumo no es más que otro producto de consumo. El libro no es mejor que cualquier otro soporte de cultura ni merece ningún respeto adicional en tanto que soporte. El libro, en definitiva, no es nada más -y nada menos- que uno más de los canales a disposición del emisor para comunicar algo, sea lo que sea, al receptor.

Por tanto, ¿qué se infiere -o se debería inferir- de todo esto? Que el libro, o su hermana mayor la literatura, debería estar sometido a las mismas dinámicas de mercado que el mismo resto de productos de ese mercado. Porque, ahora mismo, y por muy loco que esto suene, no lo está. O sólo lo está de manera parcial. Te lo digo yo, joder: que no. Y la culpa, en parte, reside en esa peste a naftalina que suelta todo cuanto rodea a la literatura. Que sí. Hazte caso.

Pero a ver, que no me ha quedado claro ni a mí. ¿Qué quiero decir con eso de que la literatura sólo está parcialmente sometida a las dinámicas del mercado que sí rigen sobre el resto de productos? Ya mismito me lo explico.

Cualquiera que haya tenido la suerte/desgracia de publicar un libro sabe que uno de los elementos clave del mercado encaminado a la venta de un producto es prácticamente inexistente en la industria editorial. Me refiero, clarísimo que está, a la promoción. Y he metido el adverbio ese ahí de rondón (“prácticamente”) porque, venga sí, algo se hace: se manda el libro a blogs, webs y revistas para obtener (buenas o malas) críticas; se okupa un rato una caseta de alguna feria y se firman ejemplares a viandantes previamente secuestrados o sobornados; se presenta la novela en una librería o, los que van al infierno, en algún centro comercial; e, incluso, si Dios ha sido malo y eres Julia Navarro, sacan tus novelas en coleccionables de kiosco.

Así que, como diría Matías Prats: “¡¡¡Pero esto qué es!!!”

Pues esto, Matías, es más de lo mismo y lo mismo de siempre. La industria editorial lleva toda la puta vida promocionando sus productos de la misma manera; una manera que seguramente en su momento fascinó a Guttenberg, pero que en el año 2016 da lastimita fuerte. Y eso, esa cosa rancia y esclerotizada que se conoce por “estrategia comercial” (aquí carcajada) de las editoriales, se debe en no poca medida a la consideración casi totémica del objeto-libro explicitada en la broma de Ferguson con la que comenzaba este quejío, una consideración que, en el culmen de la paradoja idiota, lleva a sus más fanáticos creyentes a desear convertirse en autores de culto a base de no vender un mísero ejemplar entre el populacho. Y es que el Dios-libro es puro, recemos al Dios-libro, el Dios-libro no quiere tus sucios eurodólares (rupias sí.) En fin.

Claro, porque, ¿cómo vamos a aplicar técnicas novedosas de venta de, por ejemplo, el mundo de las zapatillas, los coches o los videojuegos, a los libros? ¡¡¡Si son libros!!! Ay Dios, cállate, triste.

Y yo, en plan profeta, digo: ¿qué tendría de malo, por ejemplo, introducir la interactividad como medio de promoción de los libros? Y no hablo sólo para la literatura basura trans y cishipánica, sino también para la “seria”, la “buena”, si es que tales conceptos son objetivables. ¿Por qué no pegarle una buena hostia en las rodillas a la literatura, tumbarla en el suelo y hacerla así de vertical, horizontal? ¿Y aprovechar que está groggy para añadirle música, imágenes, aplicaciones… lo que sea en cada momento y para cada obra, sin prejuicios, únicamente centrados editor, publicista y autor en cómo transformar un producto cada vez más minoritario y abocado a los (como yo) frikis irredentos, en otro más atractivo y adaptado al lector que viene? O no, pero no lo descartemos de inicio. Y no jodamos con que eso costaría más dinero, porque ni siquiera las supermegaeditoriales que poseen imperios (genuflexo les saludo, señores calvos de Planeta) mueven un puto dedo. Además, siguiendo la línea anterior de las dinámicas de mercado, no se trataría más que de algo tan viejuno y añejamente capitalista como una mera inversión.

Volvamos un segundo a la mencionada interactividad y sus hipóstasis: desbloqueo de capítulos bajo x condiciones, inclusión de música en la lectura (por ejemplo, añadir hipervínculos cada vez que el autor considere que una canción o una melodía enriquecen un diálogo, escena, capítulo…), aplicaciones propias, explotación a fondo de las posibilidades de las redes sociales… En fin, todo eso, ¿despoja de valor objetivo al libro, a la literatura? ¿Los rebaja, los humilla, por así decir? ¿Los prostituye? O, como mucho, ¿valdría eso para las cosas con forma de libro, pero no para los libros? Pues sí. Seguro que para mucha gente -lectores, editores y autores- sí, dado el conservadurismo atroz de casi todos y casi todo cuanto engloba el adjetivo “literario”. Pero yo, después de un poco de pensar y de batallar contra mis propias renuencias, he llegado a la feliz conclusión de que no, que el camino no es otro sino ese: dejar de un lado prejuicios e ideas preestablecidas y aprovechar todas las otras ideas y oportunidades que el márketing moderno pone a disposición de todo dios; también de los que escribimos libros. Y no sólo para venderlos, que también (poeta urbano, depón tu soberbia, deja de recitar con cara de orgasmo chungo, y acepta unas monedillas), sino, sobre todo y ante todo, para mejorarlos.

Bien. El terreno ahí fuera es virgen. Ha sido abandonado durante centurias por las editoriales y de páramo se ha hecho vergel. Los árboles dan pan (gallego) y de los ríos mana éxtasis líquido. Y ese paraíso 2.0 busca desesperadamente colonos que expriman a muerte la riqueza infinita de su suelo.

Y eso es exactamente lo que yo voy a hacer.