Cronología de un posible suicidio

here-and-now-413092__180Una y cuarto de la mañana, sentado delante de un ordenador que ni siquiera es mío en una habitación que tampoco es mía. Me pregunto cuántas cosas me quedan. Quizá sólo la fábrica de mierda en la cabeza. Esa sí que está y sí que es mía. La noto, sí la noto, sí que la noto. Noto cómo saca paladas de mierda a destajo, sin descanso, una tras otra, en turnos de veinticuatro horas al día siete días a la semana, y cómo me embadurna de mierda las paredes del cráneo. La mierda también es mía. Lo único que me queda. Me crujen los ojos. Ojalá no tuviera que pensar así.

Una y veinticuatro de la mañana. Me vigila la noche, una noche que claro que no es mía, pero que no me deja que la abandone. No me muevo ni un milímetro. Por miedo, por miedo a la noche. Me contento con imaginar que me levanto de la silla. Me cruje el labio, no la silla. Arrastro los pies -¿también crujen?- hasta la cama de alguien que no está más conmigo y me tapo con cuidado de no dejar los pies al aire. Quiero morir pero no quiero coger un catarro. Me veo oscuro bajo la noche solitaria. Hola, Virgilio. Un segundo, no te vayas: ¿cómo es morir joven? Dios mío, ojalá no tuviera que pensar así.

Una y treinta y dos de la mañana, me arden los ojos ante la pantalla-no-de-mi-propiedad. Aún no me voy a la cama. Me da miedo. También. Cierro los ojos y se abre la pesadilla. Te veo, te veo en un lado y en otro. Plagio porque es muy tarde y porque tengo miedo. Miedo a seguir viviendo y a no verte más que en pesadillas de sesión continua en butacas más incómodas que las de la filmoteca. Verte y quererte y no poder verte ni quererte. Estoy pensando en hacerme un puré de Paracetamol y ponerme amarillo antes de ponerme azul. Que baje Dios y lo vea. Pero no, Dios odia a los suicidas. Y tú. ¿No serás Dios? Todo el mundo nos odia. Nos odian porque nos entienden. No, no falta ningún “no”. No sonrías, por favor. No te rías de mí. Ojalá no tuviera que pensar así.

Una y cuarenta y siete de la mañana, la vejiga llena de un líquido hecho de terror. Ese terror también es mío, como la mierda de mi cabeza. Segrega y segrega. El dolor, el dolor también me pertenece. Presente, pasado y futuro. Siempre pluscuamperfecto. El dolor. Miro a mi alrededor y no hay nadie, sólo ella, que me acaricia la carne de gallina: mi novia invisible. ¿O era in(di)visible? Yo desde luego no lo fui. Mera porción e indigesta. Cierro los ojos nada más que para ver cómo me masticas y me escupes. Y yo que no quiero más que volver a meterme en tu boca. Vomítame o mátame. Amor mío, ojalá no tuviera que pensar así.

Una y cincuenta y siete. Sí, de la mañana. No quiero nombrar la noche. Noche. Lo digo y no pasa nada, pero sé que sólo está esperando a que no la mire. Créeme. Es siempre lo mismo. Dice que vaya, yo voy, y cuando ya he ido no me deja marcharme. He comprobado que de día también es de noche. Y que hoy es siempre ayer. Pero tú estás mañana. Por eso no puedo. Me dirijo a ti, Dios (Dios tiene forma de novia invisible, como se sabe): si piensas que me he vuelto loco te invito a que me abras la cabeza y mires dentro. Pero ten cuidado, la mierda salpica. ¿Lo ves? Te has puesto perdido y perdida. ¿Pero por qué vas a que te limpie ese otro, Dios? Déjame que te limpie yo, por favor… No, ojalá no tuviera que pensar así.

Dos y diez de la misma mañana, sobre la misma silla. Bebo de lo suyo. Busco razones. Tengo amigos y amigas, un libro, me he encaprichado un poco. Pienso en ti. Te sientas en el otro plato de la balanza y mis amigos, mis amigas, mi libro y mi poco capricho salen catapultados. Te columpias en el plato. Eres tan hermosa. Te quiero tanto. Pero tú tampoco eres mía. No sé por qué sigo empeñado en la segunda del singular. Le doy al volumen. Oigo tus palabras, me oigo pasar, el tren de tu vida, el único que va a pasar, lo coges, me besas, no veo las vías, aparta, no, el tren que descarrila, el tren que cruje, el tren cuyos pasajeros -todos- mueren entre nada divinos aullidos de horror. Pero tú te habías bajado antes. Por qué no me salvaste, por qué me dejaste morir allí sin morir allí con todos los demás. Responde. Bebo y grito, grito y Bebo. Bebé, decías. Respóndeme. No me queda más. Y cómo si no me quedo más. Ojalá no tuviera que pensar así.

Dos y diecinueve de una mañana que es siempre aquella mañana. Recupero la calma a base de beber terror. Se viene la madrugada. Quiero decir que eyacula (hablaba el idioma de Dios). Llaman. Se abre la puerta. Ellos. Somos los hijos de la madrugada, tus fantasmas. Hemos venido a abrirte la ventana -sabemos que las venas te da miedo- y animarte a saltar. Esta noche de octubre es una noche maravillosa para morir. Es cierto, hace muy bueno. Yo miro la ventana. Me asomo. Tres pisos abajo está la paz. Los fantasmas me hacen gestos: vamos, vamos, a qué esperas. Por cierto, yo lloro. Lloro desde la una y cuarto de la mañana que me senté delante de un ordenador que ni siquiera es mío en una habitación que tampoco es mía. Los fantasmas me quieren bien. Sólo buscan arrancarme el cáncer de Dios que se me está comiendo el alma hasta las entrañas. Saltar y morir o no saltar y seguir muriendo. Lo sé: ojalá no tuviera que pensar así.

Dos y cuarenta y siete de la mañana. Sacudo la lata de terror desesperado: ni una gota. Qué tarde es. Tarde para qué. A mis espaldas la cama de alguien que un día fue mi hermano me dice “túmbate”. Yo no quiero. Quiero saltar, saltar muy alto y estrellarme todo contra el suelo del patio. Y que no duela. Hablo de después. Pero no sé qué hacer y me dedico a esperar una señal de Dios. Dios me quiere, tiene que quererme. Me lo dijo personalmente, me juró que yo era el mesías, el ungido, que nada ni nadie hubo, había ni habría más que yo. Y yo te creí, Dios. Así que muéstrate, por favor, no me dejes saltar. Déjame que te quiera; que quiera, aunque sea a una puta hormiga. Una lata de terror vacía en el cuarto de un extraño. ¿El extraño quién es? Yo. ¿Saltamos? Ojalá no tuviera que pensar así.

Tres cero dos de otra mañana en la que no hago más que pensar así.

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El (falso) triunfo de la voluntad

grid-479620_960_720Hay mucha gente cuya inteligencia admiro y cuya bondad venero que me insiste últimamente en la capacidad quasi omnímoda de la voluntad como motor y configurador de la realidad. Desde luego, la idea de que, si uno quiere, puede (casi) todo, es enormemente sugestiva. Y lo es por varias buenas razones. En primer lugar, si eso es cierto -y para un porcentaje bien mayoritario de la sociedad actual parece serlo- no hay (casi) nada que una mente sana, motivada y convenientemente orientada no pueda lograr. Evidentemente, excluyo de aquí perturbaciones de origen fisiológico (aunque mucho se podría discutir también acerca de esto), pues es al no siempre bien delimitado ámbito de lo anímico al que se circunscriben nuestras conversaciones.

En segundo lugar, y abundando en el primer argumento, bajo la óptica de quienes ven en la voluntad -en el querer- el eje sobre el cual pivotan las emociones y los estados de ánimo, el sufrimiento ante un fracaso, una ruptura o una muerte tiene una cuarentena inevitable, sí, pero llega un momento en el que, si ese sufrimiento se prolonga, ello sucede por una mera falla de la voluntad. Es decir, se admite que el dolor es natural, faltaría más, pero se da igualmente por cierto que el dolor derivado de ese padecimiento es siempre finito. No hay pérdida ajena que suponga la pérdida propia. Nunca. Ninguna. Porque el yo -o su proyección “la voluntad”- se rebela siempre contra su autodestrucción. Y si eso no sucede, si el yo no acude en nuestro rescate y permite o hace que nos regodeemos en la desgracia y nos precipitemos en un abismo de miseria y horror, es el propio yo jugándonos una mala pasada quien está detrás de ese oscuro escenario. Y es también en ese mismo momento en que es comúnmente sostenido que hemos perdido el control del yo. Porque el yo puede ser tu mayor aliado, escucho a menudo, pero también tu peor enemigo. Bien, es una conclusión. Y difícil de no compartir, desde luego.

Por último, ya en tercer lugar, la situación de la voluntad en la cúspide de nuestra pirámide anímica implica una visión hermosamente optimista de la vida: siempre, dado que todo depende de la voluntad, hay solución. Y si no podemos decir “siempre” -emplear absolutos es garantía de error-, dejémoslo en un muy feliz casi siempre. ¿Y cómo no? Una vez eliminadas aquellas heridas o enfermedades de carácter físiológico inasequibles al aliento del alma, cualquier avatar de nuestra vida cotidiana será solventable mediante la acción reparadora de la voluntad. Y sí, estamos de acuerdo en que la voluntad no siempre se porta bien, en que a veces nos engaña, e incluso en que nos puede llegar a hacer ver como realidad lo que no es sino ficción autodestructiva; pero, en el fondo, todos sabemos que siempre podremos revertir la ecuación, tomar las riendas de nuestra voluntad desbocada y, a lomos de ella, salir del agujero negro en el que las mencionadas desilusiones, rupturas o pérdidas nos han sumido. En definitiva, date cuenta, por favor, todo depende de tu voluntad. Es decir, todo, pero que todo, depende de ti. Y yo a veces tengo la tentación de pensar: mierda, sí, cómo no has caído, todo depende de ella, de la voluntad. No ves la luz, pero no la ves porque no estás en un túnel… Sin embargo, luego pienso un poco más, y luego otro poco más, y otro poco, y entonces, de repente, se me congela todo: luz, sonrisa y voluntad.

Y se me congela por todo esto:

No descubro nada si afirmo que vivimos en una sociedad de carácter eminentemente individualista. Estoy seguro de que mis interlocutores, reales e imaginarios, están de acuerdo conmigo. Sin embargo, a menudo me pregunto si somos conscientes de lo que eso significa realmente. Una traducción concreta de ello sería la siguiente: el peso sobre el individuo, hoy, es abrumador, a menudo insoportable. Vivimos la tóxica ficción de que todos lo podemos todo, de que todo es posible si peleas lo suficientemente por ello, de que todas las puertas le estarán abiertas al que realmente desee franquearlas. Es un paraíso, el paraíso del mérito, del esfuerzo; de la voluntad, en definitiva. El paraíso del si quieres, puedes, como decía antes. Y suena bien, sí. Suena genial… Si no fuera porque todo eso es mentira, porque el paraíso es un paraíso de cartón piedra, un paraíso al que se le ven las costuras nada más arrimar un poco el ojo. ¿Y es que cuál es el reverso siniestro del “uno lo puede todo”? Pues justamente que quien no lo tiene todo es porque no lo desea lo suficiente, porque no lo pelea lo suficiente; porque su voluntad -sí, su voluntad- no es lo suficientemente fuerte. Pero bien, parece bastante evidente que eso es una patraña. Lo sabemos todos. O todos los que estamos en esto. Es la chufla del sueño americano, del capitalismo de juguete. Todo el mundo concuerda con que en el resultado final de la vida profesional o académica de una persona hay decenas de factores tal vez no tan decisivos y poderosos como la voluntad, pero decisivos y poderosos al fin y al cabo, que juegan un rol fundamental, a veces incluso superior al de la voluntad, al de la fuerza interior de cada uno, al de ese yo del que hablábamos.

No obstante, entonces, si lo sabemos todos, si todos estamos de acuerdo en que eso es propaganda de la mala cuando se trata de nuestras carreras, de nuestros trabajos, del de nuestros seres queridos que tanto luchan pero que nunca llegan, ¿qué extraña razón nos lleva a sostener que es la (falta de) voluntad la que nos impide prosperar anímica, emocional o sentimentalmente, dando por válido así el argumento antes inválido por falso y repudiado por nocivo? ¿No nos damos cuenta de que al poner el foco -ya sea único o principal- en el yo de la persona herida la estamos culpando directamente a ella de sus males, por más que su culpa se reduzca a una mala gestión del yo? ¿Tan difícil es entender que no todos -yo creo que nadie- lo podemos todo, que la autosuficiencia del yo es una falacia, que no es más que una extensión ramplona del pensamiento individualista dominante, pero que, por muy ramplona que sea, es enormemente lesiva para aquellos que un día tras otro tienen que someterse al juicio implacable de quienes creen que sus problemas se acabarán el día que ellos decidan acabar con ellos, que se quejan por amor a la queja, que el dolor no viene de fuera sino de dentro? ¿Que es todo mentira, una burla del yo “malo”? ¿Es realmente inconcebible para la sociedad moderna, la del “tú eres especial”, la del “conseguirás cuanto te propongas”, la del “si quieres puedes”, la idea de que el ser humano es débil, incompleto y a menudo incapaz de resolver por sí mismo sus propios problemas? ¿Que hay traumas y heridas que se hunden a demasiada profundidad como para que llegue batiscafo alguno, siquiera uno comandado por el mejor de los yoes, por más que esas heridas insondables no se vean ni sangren rojo? ¿Que hay fuerzas, muchas, superiores a las que un ser humano puede aspirar a derrotar en solitario? ¿Y que, a veces, por desgracia, lo destruido ya no puede volver a ser construido jamás, insistamos mucho, poco o nada? Y entonces, si todo eso lo entendemos y lo compartimos, ¿por qué seguimos pensando que ese de ahí, el que se pasa la vida arrastrando los pies por algo que pasó hace ya tanto tiempo, es responsable de su propia desgracia desde el momento en que -nosotros decimos- no quiere superarla? ¿De verdad pensamos así? ¿De verdad creemos que todo cuanto nos rodea depende de nosotros? ¿Que la complejidad del universo humano y de las relaciones humanas no son nada comparadas con la fuerza de nuestro solo yo? ¿Que nada escapa a nuestro control? ¿Que nuestras emociones o nuestros sentimientos son meros actores bajo la dirección plenipotenciaria de nuestra voluntad? No, no lo creo. Imposible. No creo que se pueda sostener en pie ni un segundo semejante argumentación. Y es que yo al menos estoy convencido de que para poder progresar con éxito en un análisis de nuestra realidad -sea la anímica o cualquier otra-, una cosa tiene que quedar bien clara, bien clara de una vez y para siempre: querer no es poder. Al menos no siempre. En realidad, casi nunca.

En cualquier caso, no quiero que de esto se colija la idea penosa de que las cosas son así porque han de ser así. Yo no lo pienso y no creo que nadie sea a estas alturas tan fatalista como para pensarlo. En este juego está involucrado el azar, que jamás deja de participar, y está desde luego la voluntad, que también puede (algunas) cosas. Están por supuesto las voluntades ajenas, y están asimismo la personalidad y la historia de cada uno, que determinan tanto o más que lo anterior. Sin embargo, tampoco debemos jamás olvidarnos de que al otro lado está también el problema y están también, en posición de firmes, sus consecuencias. Y que por desgracia, duela o no duela, se asuma o no se asuma, hay ocasiones, más de las que nos gustaría tener que enumerar, en que éste y éstas son insuperables. No pasa nada. Shit happens.

Y de ello nadie tiene la culpa. Si acaso quien pulsó el interruptor.

On writing o cómo justificarme ante mí mismo

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En un momento dado de la novela Happiness, de Will Ferguson, el protagonista, un editor, afirma con una buena dosis de mala hostia lo siguiente: “hay que saber diferenciar muy bien entre un libro y una cosa con forma de libro”. Esta frase -a primera vista una mera y ocurrente apreciación irónica sobre la literatura de mala calidad- encierra, sin embargo, varias interpretaciones más dentro de sí. O eso creo cuando cierro los ojos y pienso.

No obstante, la única que importa ahora y a la que voy a dedicar diez minutos de mi valiosísimo insomnio es la que hace referencia a la cosa en sí: el libro. Y es que si distinguir entre “libro” y “cosa con forma de libro” es una broma eficiente por autoidentificativa es porque es cierta; porque, tanto para Will Ferguson como para millones de humanos y humanoides más, el libro no es sólo continente, sino también contenido, y por lo tanto, nada cuyo contenido no esté a la altura de ese mismo continente merece llamarse así, “libro”. Ehhh. ¿Cómorl?

Tú’jcucha.

Pero veamos. ¿Es realmente así? ¿Es el libro un todo, un cuerpoyalma? O más bien, ¿es la literatura una palabra que tanto designa al objeto del que se ocupa como establece un límite mínimo de calidad para aquello contenido en dicho objeto? “Eso no es literatura, es mierda”, podemos oír cuando alguien bello y bueno habla de una novela de Ruiz Zafón, de Boris Izaguirre o de Javier Sierra. Y sí, claro, amigo bello y bueno, tú tienes razón, toda la del mundo, hombre: esas novelas no son sólo mierda, son, además… (ralenticemos ahora el ritmo de lectura)… puta mierda.

Ahora bien, ¿es esa puta mierda literatura? Por suerte sí. ¿Y libros, son esa mierda de novelas libros? Por suerte también.

Y digo “por suerte” porque el sacralizar el soporte libro y convertirlo en depositario y guardián de las esencias a la larga ha hecho más mal que bien. El libro, nos guste o no, en una sociedad de consumo no es más que otro producto de consumo. El libro no es mejor que cualquier otro soporte de cultura ni merece ningún respeto adicional en tanto que soporte. El libro, en definitiva, no es nada más -y nada menos- que uno más de los canales a disposición del emisor para comunicar algo, sea lo que sea, al receptor.

Por tanto, ¿qué se infiere -o se debería inferir- de todo esto? Que el libro, o su hermana mayor la literatura, debería estar sometido a las mismas dinámicas de mercado que el mismo resto de productos de ese mercado. Porque, ahora mismo, y por muy loco que esto suene, no lo está. O sólo lo está de manera parcial. Te lo digo yo, joder: que no. Y la culpa, en parte, reside en esa peste a naftalina que suelta todo cuanto rodea a la literatura. Que sí. Hazte caso.

Pero a ver, que no me ha quedado claro ni a mí. ¿Qué quiero decir con eso de que la literatura sólo está parcialmente sometida a las dinámicas del mercado que sí rigen sobre el resto de productos? Ya mismito me lo explico.

Cualquiera que haya tenido la suerte/desgracia de publicar un libro sabe que uno de los elementos clave del mercado encaminado a la venta de un producto es prácticamente inexistente en la industria editorial. Me refiero, clarísimo que está, a la promoción. Y he metido el adverbio ese ahí de rondón (“prácticamente”) porque, venga sí, algo se hace: se manda el libro a blogs, webs y revistas para obtener (buenas o malas) críticas; se okupa un rato una caseta de alguna feria y se firman ejemplares a viandantes previamente secuestrados o sobornados; se presenta la novela en una librería o, los que van al infierno, en algún centro comercial; e, incluso, si Dios ha sido malo y eres Julia Navarro, sacan tus novelas en coleccionables de kiosco.

Así que, como diría Matías Prats: “¡¡¡Pero esto qué es!!!”

Pues esto, Matías, es más de lo mismo y lo mismo de siempre. La industria editorial lleva toda la puta vida promocionando sus productos de la misma manera; una manera que seguramente en su momento fascinó a Guttenberg, pero que en el año 2016 da lastimita fuerte. Y eso, esa cosa rancia y esclerotizada que se conoce por “estrategia comercial” (aquí carcajada) de las editoriales, se debe en no poca medida a la consideración casi totémica del objeto-libro explicitada en la broma de Ferguson con la que comenzaba este quejío, una consideración que, en el culmen de la paradoja idiota, lleva a sus más fanáticos creyentes a desear convertirse en autores de culto a base de no vender un mísero ejemplar entre el populacho. Y es que el Dios-libro es puro, recemos al Dios-libro, el Dios-libro no quiere tus sucios eurodólares (rupias sí.) En fin.

Claro, porque, ¿cómo vamos a aplicar técnicas novedosas de venta de, por ejemplo, el mundo de las zapatillas, los coches o los videojuegos, a los libros? ¡¡¡Si son libros!!! Ay Dios, cállate, triste.

Y yo, en plan profeta, digo: ¿qué tendría de malo, por ejemplo, introducir la interactividad como medio de promoción de los libros? Y no hablo sólo para la literatura basura trans y cishipánica, sino también para la “seria”, la “buena”, si es que tales conceptos son objetivables. ¿Por qué no pegarle una buena hostia en las rodillas a la literatura, tumbarla en el suelo y hacerla así de vertical, horizontal? ¿Y aprovechar que está groggy para añadirle música, imágenes, aplicaciones… lo que sea en cada momento y para cada obra, sin prejuicios, únicamente centrados editor, publicista y autor en cómo transformar un producto cada vez más minoritario y abocado a los (como yo) frikis irredentos, en otro más atractivo y adaptado al lector que viene? O no, pero no lo descartemos de inicio. Y no jodamos con que eso costaría más dinero, porque ni siquiera las supermegaeditoriales que poseen imperios (genuflexo les saludo, señores calvos de Planeta) mueven un puto dedo. Además, siguiendo la línea anterior de las dinámicas de mercado, no se trataría más que de algo tan viejuno y añejamente capitalista como una mera inversión.

Volvamos un segundo a la mencionada interactividad y sus hipóstasis: desbloqueo de capítulos bajo x condiciones, inclusión de música en la lectura (por ejemplo, añadir hipervínculos cada vez que el autor considere que una canción o una melodía enriquecen un diálogo, escena, capítulo…), aplicaciones propias, explotación a fondo de las posibilidades de las redes sociales… En fin, todo eso, ¿despoja de valor objetivo al libro, a la literatura? ¿Los rebaja, los humilla, por así decir? ¿Los prostituye? O, como mucho, ¿valdría eso para las cosas con forma de libro, pero no para los libros? Pues sí. Seguro que para mucha gente -lectores, editores y autores- sí, dado el conservadurismo atroz de casi todos y casi todo cuanto engloba el adjetivo “literario”. Pero yo, después de un poco de pensar y de batallar contra mis propias renuencias, he llegado a la feliz conclusión de que no, que el camino no es otro sino ese: dejar de un lado prejuicios e ideas preestablecidas y aprovechar todas las otras ideas y oportunidades que el márketing moderno pone a disposición de todo dios; también de los que escribimos libros. Y no sólo para venderlos, que también (poeta urbano, depón tu soberbia, deja de recitar con cara de orgasmo chungo, y acepta unas monedillas), sino, sobre todo y ante todo, para mejorarlos.

Bien. El terreno ahí fuera es virgen. Ha sido abandonado durante centurias por las editoriales y de páramo se ha hecho vergel. Los árboles dan pan (gallego) y de los ríos mana éxtasis líquido. Y ese paraíso 2.0 busca desesperadamente colonos que expriman a muerte la riqueza infinita de su suelo.

Y eso es exactamente lo que yo voy a hacer.